Un hombre -un padre- vuelve tras veintiocho años de ausencia para buscar a su hijo y saldar unas cuentas pendientes. El tiempo apremia. Las palabras no alcanzan. El escenario: las Cataratas del Iguazú, esa explosión de fuerza y de naturaleza, justo cuando ese padre siente que ya no puede. El último gigante es una historia de perdón y redención que profundiza en ese vínculo complejo entre un padre que se fue y un hijo que debió quedarse. Y ese padre es encarnado por Oscar Martínez, emblema del cine, la televisión y el teatro de la Argentina, nacido en el día límite entre Libra y Escorpio hace setenta y seis años, radicado en España junto con su pareja, la escritora y motivadora social Marina Borensztein.
La entrevista será a la distancia, sesión de Meet mediante, y su voz grave, su seriedad y su aplomo -ya una marca registrada de este artista que fue galardonado con el premio Konex de platino y que es miembro de la Academia Argentina de Letras, mérito que se ganó por su tarea como dramaturgo- se mezclan con un tono amable y, por momentos, risueño.
Un Oscar Martínez puro, dispuesto a conversar sobre esta película que se estrena el 1 de abril en la plataforma Netflix para ciento noventa países, subtitulada en treinta idiomas y doblada a nueve idiomas más. “Una apuesta fuerte -dice-. Tengo una expectativa muy grande por saber qué es lo que va a pasar.”
-Un padre que se fue y que decide volver para buscar el perdón. ¿Por qué?
-Es un hombre que tiene un remordimiento muy grande, que no es nuevo, pero llega un momento en que por distintas razones le resulta imperioso buscar el perdón de su hijo. Sabe que se va a encontrar con rencor, con dificultades, pero de una manera muy arriesgada y sin previo aviso, se manda a esta experiencia que no sabe cómo va a terminar, pero que no será sencilla.
Es una necesidad que está más allá de los temores lógicos que puede experimentar. Tiene culpa, porque sabe que obró muy mal y está revisando toda su vida. Él tomó una decisión por culpa y por obedecer mandatos morales de orden social, más que por su verdadero deseo. La contradicción que tiene es muy frecuente. Una contradicción entre la necesidad y el deseo.
Oscar Martínez es un padre cargado de culpa en “El último gigante”, la película que se estrena este 1 de abril por Netflix. Foto: Cleo Bouza-Una contradicción muy humana.
-Conozco mujeres a las que les pasa lo mismo. En ese caso está más silenciado que en el hombre, pero también ocurre. Quizás menos, porque a la hora de terminar una relación, la mujer suele ser más valiente. Trabajamos mucho previamente con Marcos Carnevale, mientras él escribía el guion, intercambiando ideas y opiniones. También en ensayos previos y lecturas en donde estaba comprometida nuestra imaginación creadora. Y luego el rodaje, que siempre es un piletazo.
El cine no permite una larga elaboración. Las excusas no se filman. Hay que zambullirse en la historia y en la actuación, y la verdad es que no fue complicado.
-¿Cómo resultó filmar y contar una historia en un escenario como las Cataratas del Iguazú?
-Lo más complicado fue el clima de las Cataratas, que es muy cambiante y puede variar dos o tres veces en el día. Todos los días teníamos un plan A y un plan B. Si no se podía hacer el primero, íbamos con el segundo. Pero a veces, como el tiempo cambiaba en la mitad, se abandonaba para volver al plan anterior. En ese sentido, fue complicado, pero el equipo de producción trabajó muy bien y no tuvimos mayores sobresaltos.
-Un escenario imponente, ¿funciona como un personaje más?
–El trabajo del actor en cine, sea en cualquier locación, es crear intimidad donde no la hay. Así sea una escena íntima, en una habitación, hay que crear intimidad porque uno está rodeado de cables, de luces, de personas. En este caso, la historia del padre con su hijo es tan potente que se generó un contrapunto entre una situación tan íntima en medio de la grandeza del espacio. Lo que primaba en nosotros era la intensidad de esa situación que vivían los personajes, ese contraste de una historia íntima, personal y privada en un escenario tan grandilocuente.
Los silencios de un padre
Oscar Martínez dice que era feminista incluso antes de tener cuatro hijas mujeres. Pero no le gustan los fundamentalismos. Foto: Cleo BouzaLa trayectoria de Martínez es larga y está regada de hitos. Una de sus primeras películas fue La tregua (1974), nominada para los premios Oscar y considerada uno de los filmes más importantes de la cinematografía nacional. También participó de Asesinato en el Senado de la Nación, fue parte de Relatos salvajes y, más recientemente, protagonizó éxitos como El ciudadano ilustre (ganó el premio a mejor actor en el Festival de Venecia 2016) y Competencia oficial, película en la que compartió cartel con Penélope Cruz y Antonio Banderas.
Al cine además se le suma su abundante producción en televisión (Nueve lunas, Atreverse, Alta comedia y tantos más) y éxitos teatrales como ART, además de su labor como dramaturgo en Ella en mi cabeza.
Ahora protagoniza esta película dirigida por Carnevale junto a figuras de la talla de Inés Estevez, Silvia Kutica y Luis Luque, a quienes se suma un talento joven como el de Marcos Mayer, “el hijo” en la ficción.
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Tráiler de “El último gigante”
-Entre un padre y un hijo varón suele haber mucho silencio…
-Padres que por la especificidad del rol nunca pueden mostrarse tal como son frente a los hijos, porque tienen que cumplir un papel, y quizás sólo con un amigo muy íntimo pueden ser ellos mismos, pero con un hijo deben ser el modelo que le han propuesto de padre.
En este caso es un padre que obró muy mal, pero no es ningún tonto como para no darse cuenta de que hay heridas que, aún en el caso de que cierren, dejan cicatrices notorias y grandes. Él sabe que es así, pero necesita encontrarse, llevar a cabo este perdón y lograr abrirle el corazón a ese hijo para que, dentro del rencor y del dolor, lo pueda comprender. O por lo menos que entienda que es genuino esto que le está pasando, no que asimile el pasado, pero sí que obra de buena fe.
Oscar Martínez y Matías Mayer, padre e hijo en “El último gigante”. Foto: Cleo Bouza / Netflix-En la película, las mujeres no ocupan un rol de sumisión ni de enojo, sino que acompañan y comprenden. ¿Cómo fue variando la representación del lugar de la mujer en estos últimos años?
-No puedo hablar en términos sociales, pero en el caso de esta historia, él dice: “Ya no queda nada por qué pelear”. En el punto en que está la historia, las dos mujeres obran con generosidad y grandeza, porque ambas lo han amado, y porque ya ninguno tiene treinta años. Es más encomiable la actitud del personaje de Silvia (Kutica), porque es más difícil perdonar y acompañar. Pero es verdad que ambas actúan con una enorme nobleza. Me gusta pensar que él habrá hecho algo para merecer esa nobleza.
Hay un momento en que el personaje de Inés (Estévez) le dice a su hijo que se amaron mucho, que ella se sentía segura con él, ese pasado se pone en presente de una manera conmovedora, como algo en donde no parece ser que nadie esté arrepentido de haber llevado a cabo esa experiencia. Sí se pudo haber arrepentido de no haber elegido en ese momento la pasión que vivía con esa mujer.
-Tenés hijas mujeres, tuviste tres parejas estables conocidas, ¿cómo te llevás con el nuevo lugar que tenemos los hombres en este tiempo y con el que ocupan las mujeres?
-Me llevo bien, siempre fui feminista, incluso antes de tener cuatro hijas mujeres. En el transcurso del aprendizaje que significa tener hijos, haber tenido cuatro hijas mujeres me ha enseñado mucho.
Es indudable que la postergación que tuvo la mujer es vergonzosa y llega hasta nuestro tiempo. Estoy de acuerdo, pero no me gustan los fundamentalismos ni los fanatismos en ningún ámbito. Nunca fui machista y valoro la reivindicación de la mujer. Creo que falta todavía, que para los hombres ha sido muy difícil reubicarse en esta nueva realidad vincular, pero el fundamentalismo que desacredita al hombre por pertenecer al género masculino no lo comparto, me parece excesivo, del mismo modo que aborrezco el machismo. Toda mi vida lo he abominado.
Inés Estévez y Oscar Martínez, en “El último gigante”, el filme que se estrena el 1 de abril. Foto: Cleo Bouza / NetflixUn actor entre dos mundos
Las opiniones de Oscar Martínez nunca pasan inadvertidas. Las pronuncia con el mismo aplomo que conserva durante la entrevista. Cierta seguridad al hablar. Cierta claridad para comunicar sus pensamientos. Tan distinto el hombre al personaje que encarna en la película, que se muestra culposo y vulnerable.
Acaso la mayor similitud entre el actor y su creación sea que los dos buscan (y encuentran) algo que está lejos de su lugar de origen: Oscar, viviendo en Madrid; Julián, yendo a recuperar a un hijo a las Cataratas del Iguazú. Las emociones trasplantadas en tierras distintas. “Todo el tiempo”, responde cuando le pregunto si siente que vive con un pie en España y otro en Argentina.
-Parecen dos mundos distintos: un país con un gobierno progresista y el otro conservador en un contexto de polarización global. ¿Cómo te las arreglás para mantener el equilibrio?
–La polarización es una catástrofe. Tanto de un lado como del otro nos obligan al fanatismo. No me anoto en esa. Padezco mucho el momento actual. Hay líderes muy nocivos que nos ponen en peligro a todos y en una situación ante la cual es muy difícil pararse.
Creo que es importante no perder la lucidez y comprender que esto que está ocurriendo es una tragedia para la humanidad. Yo no puedo empatizar con una gestión que estigmatiza la palabra “cultura” y a todos los que de un modo u otro trabajamos en ella. Está muy lindo hablar a favor de la libertad, pero antes de decir “viva la libertad” yo diría “viva la escuela pública, obligatoria, laica y gratuita que hizo grande a nuestro país”.
-¿Uno de nuestros mayores problemas es el deterioro de la educación?
-Sin instrucción no hay libertad, porque no hay discernimiento. Lo que está pasando en los Estados Unidos: toda la inteligencia norteamericana, las mentes más lúcidas, están horrorizadas con lo que ocurre; pero hay una enorme porción de gente que ha votado a este señor (N. de R.: Donald Trump) y que todavía está a su favor. Eso es ignorancia, lisa y llanamente.
Oscar Martínez: “Antes de decir ‘viva la libertad’ yo diría ‘viva la escuela pública, obligatoria, laica y gratuita que hizo grande a nuestro país’”. Foto: Cleo Bouza-¿Creés que esa ignorancia es buscada o es un efecto colateral no deseado?
-No sabría decirte, creo que en algunos casos puntuales sí por supuesto que se alimenta eso. En otros, puede ser un efecto colateral o que viene con el combo. Aquí en España, si bien es cierto que hay un gobierno de centro izquierda, hay también bastante polarización y no se sabe qué puede pasar en las próximas elecciones. Pero claro, el clima que se vive aquí es muy diferente, porque la gente no tiene las necesidades que hay en la Argentina, hay una especie de bienestar general que está por encima de la gestión de una administración determinada.
-¿Cuánto suma la experiencia vital en un actor?
–Nada de lo humano le es ajeno a un actor. Obviamente que todas sus experiencias personales son de una enorme utilidad. Sí creo que no tener hijos, por ejemplo, es algo muy difícil de incorporar como actor si tenés que actuar de padre. El grado de conciencia que despierta y el amor único que sentís por un hijo, que no se parece a ningún otro, eso no se puede inventar. Es muy importante haberlo vivido para poder construirlo en la ficción.
-Hablamos de esto en un contexto de baja de natalidad mundial, ¿qué sentís que está pasando?
-Viene de la mano de varias cosas. Por un lado, la mujer ya no concibe su autorrealización solamente teniendo hijos, quiere vivir experiencias profesionales importantes que limitan la posibilidad de ser madres. También tiene que ver con la manera en que se está distribuyendo el dinero en el mundo. Una pareja joven tiene que preguntárselo muy bien porque son no menos de veinte años de los cuales tenés que hacerte cargo no solo emocionalmente, sino económicamente, como por ejemplo el tema de la vivienda. También tristemente tiene que ver con el momento oscuro que está viviendo el planeta, el poco optimismo que hay, la falta de esperanza. Y seguro que debe haber muchas otras causas.
-¿Extrañás el siglo XX?
-Hay ciertas cosas que sí y otras que no, pero no soy nostálgico. No voy hacia atrás ni pienso que todo tiempo pasado fue mejor. Siempre pienso que lo mejor todavía no ocurrió. Esto que pasa en la película con este padre, por ejemplo, ahora sería más difícil. Ya no es tan fácil ser infiel. Ese tipo de “travesuras”, hoy, con los móviles, es muy difícil. Antes se podía mentir más fácil, por lo menos en ciertas cosas. A la vez, hoy con las redes no sabés qué es verdad y qué es mentira. Todo el tiempo estás dudando si algo es verdad o es mentira, si es Inteligencia Artificial o no. Pero en cuanto a las vidas personales, había zonas infranqueables. Ahora ya no queda ninguna.
