Por Eduardo Leguizamón*
Durante los últimos cien años la agricultura protagonizó una de las transformaciones más extraordinarias de la historia. Gracias a la mecanización, la genética, la protección de cultivos, la fertilización, la agricultura de precisión y, más recientemente, la inteligencia artificial, logró un objetivo que parecía inalcanzable: alimentar a una población mundial en constante crecimiento utilizando cada vez menos mano de obra y una superficie agrícola relativamente estable. Fue un éxito científico, tecnológico y productivo de dimensiones históricas.
Sin embargo, ese mismo modelo enfrenta hoy desafíos que hace apenas unas décadas apenas imaginábamos. La degradación de los suelos, la pérdida de biodiversidad, la aparición de malezas resistentes y nuevas plagas, la contaminación de recursos hídricos, las crecientes exigencias ambientales de los mercados internacionales y, quizás el fenómeno más preocupante de todos, una creciente desconfianza entre la sociedad urbana y quienes producen los alimentos.
El reciente fallo judicial de Pergamino no debería interpretarse únicamente como un conflicto vinculado al uso de agroquímicos. Tampoco los juicios sobre glifosato en Estados Unidos, las nuevas regulaciones europeas o las crecientes demandas de trazabilidad y sustentabilidad pueden analizarse como hechos aislados.
Todos ellos parecen expresar una misma realidad. La agricultura ya no enfrenta solamente un desafío tecnológico sino cultural.
Durante décadas aprendimos a producir más, hoy necesitamos aprender a producir mejor.
No porque producir más haya sido un error. Muy por el contrario. El paradigma que transformó la agricultura durante el siglo XX permitió garantizar alimentos para miles de millones de personas y sostuvo el desarrollo económico de numerosos países.
Pero los problemas que hoy debemos resolver son diferentes. La agricultura ya no sólo debe producir alimentos; debe conservar el suelo, proteger el agua, reducir emisiones, preservar biodiversidad, responder a consumidores cada vez más informados, mantener rentabilidad y sostener la confianza de la sociedad.
Nunca antes se le habían exigido tantos objetivos simultáneamente.
Sin embargo, seguimos administrando sistemas biológicos extraordinariamente complejos con un paradigma concebido cuando el desafío principal era únicamente aumentar la producción.
Quizás haya llegado el momento de una nueva evolución. No una revolución contra la agricultura moderna sino una evolución de la agricultura moderna, capaz de integrar la extraordinaria capacidad tecnológica desarrollada durante el último siglo con los procesos ecológicos que hacen posible la productividad de largo plazo.
En ese nuevo escenario, el suelo deja de ser solamente un soporte físico para convertirse en un ecosistema vivo. La biodiversidad deja de verse como una restricción para comenzar a entenderse como infraestructura productiva. El paisaje deja de ser el espacio que rodea al lote para transformarse en parte del propio sistema agrícola.
No se trata de producir menos. Se trata de producir con mayor inteligencia ecológica.
La buena noticia es que esta transición ya comenzó. Numerosas universidades, organismos científicos, empresas agroalimentarias y plataformas internacionales trabajan en salud del suelo, biodiversidad, agricultura regenerativa, innovación tecnológica y nuevas formas de producción sostenible.
Quizás el próximo paso no consista en crear nuevas iniciativas aisladas, sino en integrar las que ya existen bajo una visión común. Una visión capaz de reconciliar producción, naturaleza y sociedad.
Argentina posee condiciones excepcionales para contribuir a esa conversación. Cuenta con investigadores reconocidos internacionalmente, productores altamente innovadores, empresas competitivas y una larga tradición de desarrollo tecnológico.
Tal vez haya llegado el momento de aprovechar esas fortalezas para impulsar una nueva etapa.
No una agricultura contra la naturaleza. Tampoco naturaleza contra la agricultura sino una agricultura que vuelva a reconocer en la naturaleza su principal aliada.
Este artículo no pretende ofrecer respuestas definitivas sino formular una pregunta que probablemente definirá buena parte del futuro de la producción de alimentos durante las próximas décadas:
¿Podemos construir modelos agrícolas capaces de aumentar simultáneamente la productividad, la resiliencia de los sistemas, la confianza de la sociedad y la conservación del capital natural?
Creo que esa es la conversación que vale la pena comenzar.
*El autor es ex Investigador del CONICET, Profesor de la Universidad Nacional de Rosario y especialista en Ecología de Malezas y Sistemas Agrícolas.
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