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La nueva historia de Marcelo Birmajer: El cuadrilátero

La nueva historia de Marcelo Birmajer: El cuadrilátero

Una obra teatral sobre boxeo, un viejo púgil reencontrado luego de muchos años. Y la historia de la última pelea y un nombre.

Comencé a escribir los cuentos de esta sección en octubre de 2010. Desde entonces, publiqué ininterrumpidamente un relato por semana.

Supongamos que son mil y un cuentos. No quiero recurrir a la calculadora. Mil y uno, más que una cuenta exacta, es una matemática de la imprecisión: una cifra inacabada y viva.

Borges, cuyo célebre verso da origen al título de esta sección, explica en este sentido el título Mil y una noches.

De entre esos mil y uno, una vez debí recurrir a mi hijo Simón. Por motivos que no vienen al caso, no relacionados con el tiempo pero sí con la oportunidad, para ese sábado necesitaba una historia, y Simón había escrito una extraordinaria.

Le di un par de vueltas, rebasé algún borde y la publiqué con el título La partida, el 23 de septiembre de 2016, incluyendo a Simón en el cuento con un guiño. Fue el cuento que más comentarios tuvo de todos los que he publicado a lo largo de estos más que dieciséis años.

Luego Simón lo publicó en su libro Encuentros -en el que alternan relatos con Rodrigo Díaz Aran-. Y yo continué narrándolo en mi show, citando su autoría.

Es la historia de un padre y un hijo que juegan al ajedrez desde tiempos inmemoriales. Vale la hipérbole o metáfora porque, en la trama, el padre está perdiendo la memoria.

Todo esto viene a cuento porque el pasado viernes fui a ver al teatro Kairós la obra Yo era el campeón, un drama de boxeo y amor. Había leído el texto, conmovido. Es un libreto de Simón, dirigido también por Rocío Sabín. Las actuaciones me sellaron a mi butaca como presenciando la batalla del hombre contra el destino, que es casi toda pelea humana. Desde Osvaldo Laport en Campeones hasta el Rocky de Stallone.

Cuando yo tenía diez años, en un viaje a Córdoba con mi padre, no sé cómo trabó conversación con un boxeador, en el micro que nos llevaba de Córdoba Capital a La Falda.

El pugilista nunca había llegado a campeón, pero sí a cobrar cierto renombre. Ésta sería su última pelea. Boxeaba en Córdoba, pero no recuerdo exáctamente en qué ciudad o qué estadio. Podríamos decir que nos hicimos amigos, los tres. Nos invitó a verlo.

El combate no fue favorable a nuestro púgil. El rival quizás fuera quince años más joven. Es una de las pocas peleas de box que presencié en mi vida, y probablemente la causa de que fueran pocas. El retador lo masacró. No voy a decir que la sangre llegó a mi butaca, pero nunca se fue de mi memoria.

Tampoco puedo precisar cómo fue que volvimos a verlo.

No sé si fue en La Falda o en Córdoba Capital. Pero lo reencontramos, todo abollado. Solo he visto otra cara así en un boxeador: la de Ringo Bonavena, en la tapa supongo que de El Gráfico, tras el match con Alí.

Le pregunté ingenuamente si estaba bien.

-Perfecto -me dijo-. ¿Cómo te llamabas vos?

Mi padre y el boxeador se rieron. Pero esa misma noche, en el hotel de La Falda, mientras llegaba el carrito con los postres, me animé a preguntarle a mi padre si aquel de nuestro amigo el boxeador había sido un chiste, y su respuesta afirmativa no me resultó convincente.

-Fue su última pelea -agregó mi padre-. Tiene el resto de su vida para recuperarse.

Quizá lo inverosímil no haya sido cruzarme treinta años después con Hugo, el boxeador de Córdoba -no es cordobés-, sino que el reencuentro fue casual y no por redes sociales.

Lo reconocí en una peña, en el año 2005, y desde entonces, aunque nunca estoy seguro de si él me reconoció a mí, mantuvimos aleatoriamente contacto.

Por supuesto lo invité a ver la obra.

Sobre el escenario se despliega la historia de una batalla despareja, como dije: la del hombre contra sus expectativas. El desencuentro entre nuestras mayores aptitudes y la única oportunidad. La última pelea.

Durante la función, se transitan distintos estados emocionales. Nos sorprendemos riendo, nos quedamos pensando, nos representamos noches propias con reminiscencias de la que sucede en escena.

Pero el final tiene algo elegíaco.

Entre silencios, luces y gestos, sentí la conexión con la ficción que probablemente me haya hecho subir al ring de este oficio la primera vez que escribí un cuento: la osadía de plantar una emoción perdurable en un baldío sin reglas. Lanzar al ruedo una historia que empieza, se desarrolla y termina, como una forma de desafío contra el caos. Acá, pensé, donde sólo hay un escenario y actores, algo pasó. El actor protagónico, que interpreta al boxeador que pudo haber sido, deja a su personaje flotando en la penumbra, incluso cuando ya no hay más texto, después de los saludos y los aplausos.

A la salida, busqué a Hugo. Tomaba una cerveza y miraba el aire invernal, reflexivo. Aunque su rostro octogenario sólo revelaba algunas cicatrices de medio siglo atrás, por un instante me pareció asomar a aquel campo facial segado despiadadamente, el de la noche de su última derrota. La de la mayoría de los seres vivos.

-Me quedé ahí arriba -me dijo, y podía estar refiriéndose a más de un cuadrilátero-.

-¿Te acordaste de mi nombre? -pregunté de pronto-.

Se terminó la cerveza, la encestó a la perfección de lateral en un tacho de los grises y replicó:

-Me acordé del mío.

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