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Alicia Sornosa, periodista, recorrió 8.000 km en moto por Perú y el Amazonas y revela cuál fue el mayor peligro: “Estás varios segundos a ciegas”

Alicia Sornosa, periodista, recorrió 8.000 km en moto por Perú y el Amazonas y revela cuál fue el mayor peligro: “Estás varios segundos a ciegas”

En su paso por la región, la motociclista visitó una comunidad aislada de Jacareacanga y la zona selvática cerca de Puerto Maldonado. Polvo, barro, camiones de 25 metros y hasta 40

Alicia Sornosa creció entre motores, carreras y viajes. Su padre, periodista y piloto de automovilismo, fue quien le transmitió desde chica la fascinación por la velocidad y por recorrer nuevos lugares.

En su juventud tuvo un breve paso por las competencias de coches y, cuando tenía 23 años, ya se había lanzado a realizar expediciones en vehículos 4x4 por el desierto de Marruecos.

Pero fue sobre dos ruedas donde esta española -que siguió el periodismo al igual que su progenitor- encontró una manera de convertir esa pasión en una forma de vida. En 2011 compró una moto de trail y comenzó un viaje que cambiaría para siempre su historia: se convirtió en la primera mujer de habla hispana en dar la vuelta al mundo en moto y en solitario.

Dar la vuelta al mundo en moto, la hazaña previa de Sornosa

Desde dicho hito, las rutas la llevaron por África, Asia y América. Algunas de esas travesías estuvieron además vinculadas con la recaudación de fondos para distintas causas solidarias.

Sus experiencias quedaron plasmadas en los libros 360 grados: Una mujer, una moto y el mundo (Bandaàparte, 2017), una novela inspirada en su vuelta al mundo, y Toda aventura comienza con un sí (Anaya Trotamundos), una guía de viajes en moto que reunió consejos, experiencias y anécdotas de sus recorridos.

Sornosa está escribiendo un libro con su última aventura. Foto: Instagram

Ahora sumó otro capítulo a esa historia. Después de 40 días atravesando las carreteras selváticas de Perú y Brasil junto a su amiga Marcia Susaeta, Sornosa regresó a España con una experiencia de 8.000 kilómetros que bautizó “el Amazonas antes del asfalto”.

El recorrido le permitió observar de cerca una región de enorme riqueza natural, pero también marcada por las consecuencias de la deforestación, la minería y la ganadería intensiva, según relató en una entrevista concedida a Juan Pedro Chuet-Missé de Viajes National Geographic.

Un viaje de 8.000 kilómetros por la Amazonia

La travesía comenzó en Lima. Desde allí, Sornosa y Susaeta recorrieron el trayecto hasta Cuzco y posteriormente continuaron hacia la frontera y Manaos.

En total fueron casi 8.000 kilómetros entre la ida y la vuelta, con dos rutas diferentes. Para llegar utilizaron la BR-319 y para regresar tomaron la BR-230.

Cuando un camión pasaba, levantaba una densa nube de polvo. Foto: Instagram

El objetivo no consistía únicamente en atravesar la selva sobre una moto. La intención era registrar cómo se desarrolla la vida cotidiana en aquellos lugares antes de que las carreteras asfaltadas modifiquen definitivamente el paisaje y la dinámica de las comunidades.

“Queríamos documentar cómo es la vida antes de que llegue el asfalto a estos lugares, y también entender cómo se vive en esa parte de la Amazonia y cómo está su ecosistema”, contó Sornosa a la famosa revista estadounidense.

Qué cambia cuando llega el asfalto

La llegada de una carretera pavimentada puede transformar por completo la vida de una población aislada. Pero, según la experiencia que recogió Sornosa durante el viaje, el impacto no es necesariamente negativo.

“En general creo que es un cambio bueno, siempre que haya concienciación ambiental”, señaló.

En el sector peruano del recorrido, los habitantes le contaron que el asfaltado había permitido la llegada de materiales de construcción y de más personas, además de facilitar el acceso a servicios fundamentales como la salud y la educación.

Sornosa también observó una diferencia en la manera en que se protege la vegetación. En esas zonas, según relató, existe un mayor cuidado del entorno.

El panorama que encontró en el lado brasileño fue diferente. Allí describió una fuerte presencia de agricultura intensiva y ganadería extensiva, actividades que habían provocado un importante retroceso de la selva.

El paisaje estaba atravesado por numerosas fazendas, las grandes haciendas brasileñas, en una región donde la presión sobre el territorio convive con la actividad económica y con la necesidad de preservar el ecosistema amazónico.

La BR-319, una ruta de 1.600 kilómetros sin asfalto

Uno de los grandes desafíos del viaje fue la BR-319, la carretera que conecta Porto Velho con Manaos.

La ruta atraviesa la Amazonia y, en un tramo del recorrido, es necesario utilizar un ferry en el punto donde se encuentran el río Negro y el Amazonas.

Sornosa recorrió unos 1.600 kilómetros de una carretera que todavía no estaba completamente asfaltada. Y allí la dificultad no estaba solamente en el estado del camino.

El tránsito pesado también representaba un riesgo permanente. Por esa vía circulaban camiones tráiler de hasta 25 metros de largo, utilizados para transportar buena parte de las mercancías y también vinculados con el movimiento de la minería de oro, tanto legal como ilegal.

La presencia de estas actividades había generado además un conflicto permanente entre las áreas protegidas y los intereses relacionados con la minería y la expansión de la ganadería extensiva.

El peligro de adelantar a un camión

Uno de los mayores riesgos de la BR-319 estaba relacionado con el tránsito de camiones.

El problema no era únicamente el tamaño de los vehículos. Cuando un camión pasaba, levantaba una nube de polvo tan densa que podía eliminar completamente la visibilidad durante varios segundos.

“Adelantar a un camión, o que venga uno de frente, significa muchos segundos a ciegas por el polvo que levantan”, explicó Sornosa.

Incluso cuando circulaban juntas y utilizaban las luces de emergencia, podían perderse de vista entre ellas.

“Es muy denso, y aunque pones las luces de emergencia, de una moto a otra dejábamos de vernos”, contó.

La combinación de tierra, tránsito pesado, temperaturas extremas y falta de visibilidad convirtió esos tramos en algunos de los momentos más exigentes de toda la travesía.

La BR-230, otra dificultad y menos tráfico

Para el regreso, Sornosa y Susaeta eligieron la BR-230. Allí encontraron un escenario diferente.

La circulación de camiones era mucho menor porque buena parte del transporte pesado utilizaba la BR-319. La ruta atravesaba además el Parque Nacional del Amazonas y, de acuerdo con la experiencia de Sornosa, estaba más cuidada.

El camino permitía también acercarse a pequeñas aldeas ubicadas en plena selva. El asfalto aparecía principalmente en los accesos y las salidas de las poblaciones.

Pero que hubiera menos tráfico no significaba que el recorrido fuera sencillo.

En esta segunda parte del viaje, las dificultades estuvieron especialmente relacionadas con las características del terreno. Sornosa describió una carretera estrecha, con numerosas subidas y bajadas y sectores cuyo suelo había quedado destruido por las lluvias y la falta de mantenimiento.

Por eso, la experiencia que exigía la BR-230 era diferente a la de la ruta anterior, pero no menor.

Polvo, barro y temperaturas de hasta 40 grados

La rutina comenzaba temprano. Sornosa y su compañera se levantaban alrededor de las 5:30 o las 6 de la mañana y desayunaban abundantemente porque sabían que durante muchas horas no tendrían posibilidades de volver a comer bien.

Después llegaba la parte más exigente de la jornada. “Salíamos a luchar con el polvo, la tierra y los socavones, mirando siempre el cielo”, recordó.

La lluvia podía transformar rápidamente el camino. Cuando caía agua, algunos sectores se convertían en un barrizal prácticamente imposible de atravesar y la única alternativa era esperar.

Sin embargo, el calor hacía que las condiciones cambiaran con rapidez. Después de unas horas, el terreno podía volver a secarse. Durante el recorrido llegaron a soportar temperaturas de entre 37 y 40 grados, acompañadas por una humedad que alcanzaba el 98%.

Una comunidad indígena a la que llegaron en barco

Durante el recorrido también tuvieron contacto con comunidades de la región. Una de las visitas fue en Jacareacanga, a la que llegaron en barco.

Allí encontraron a un hombre y cuatro mujeres muy jóvenes, junto con niños pequeños. La vida cotidiana era sencilla y estaba vinculada con actividades como la cría de vacas, la pesca y algo de caza.

Sornosa también recordó una situación que le generó incomodidad. En el lugar había un mono atado con una cadena y los habitantes les pidieron dinero por permanecer allí.

La experiencia formó parte de un recorrido en el que el contacto con poblaciones aisladas permitió observar formas de vida muy diferentes a las de las ciudades y, al mismo tiempo, algunas de las tensiones que aparecen cuando el turismo llega a lugares remotos.

Una selva de biodiversidad extraordinaria

No todo fueron caminos difíciles y situaciones de riesgo. Entre los recuerdos más positivos del viaje, Sornosa destacó especialmente un lodge ubicado cerca de Puerto Maldonado.

Allí pudo internarse en la selva y observar una biodiversidad que la impresionó por su variedad.

Vio mariposas de diferentes tamaños, insectos y monos. Pero uno de los encuentros que más la impactó fue el de una ceiba de más de 2.000 años.

También destacó el paseo en canoa por los manglares de Alter do Chão, cerca de Santarém, otra de las experiencias que quedaron entre los momentos destacados del recorrido.

El próximo desafío: convertir la travesía en un libro

La aventura por Perú y Brasil no terminará con el regreso a España. Sornosa ya trabaja en su próximo proyecto editorial, un tercer libro que probablemente llevará el mismo nombre que utilizó para bautizar la expedición: Amazonia, antes del asfalto.

El material surgirá del cuaderno de bitácora que fue enviando a sus amigos mientras avanzaba por la selva. A eso se sumarán sus fotografías y dibujos, además de trabajos periodísticos y audiovisuales.

Pero el proyecto tendrá también un componente ambiental directamente relacionado con aquello que encontró durante el viaje. La intención de Sornosa es que por cada ejemplar vendido se plante un árbol.

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