La economista Marina dal Poggetto publicó, a fines del año pasado, el libro Back to the 90s (Editorial Planeta) en el que, junto al politólogo Daniel Kerner, abordaron similitudes y diferencias del actual gobierno con la década menemista.
Según su análisis, la gran diferencia entre Milei y Menem es el mundo que enfrentó cada uno, con una similutud: la decisión de abrir la economía trae consecuencias. “Los países que intentaron normalizar y abrir sus economías pagaron costos en términos de empresas y de empleo”, dijo en Voz y Voto la directora de EcoGo.
–Se discute sobre la apertura económica. ¿Qué similitudes y qué diferencias hay entre lo que se vive hoy y los ’90 en ese plano?
–La idea del libro la empezamos a pensar a fines de 2023. Tenía que ver con que la sociedad volvía a demandar estabilidad. Esa demanda tiene algunos parecidos y muchas diferencias con el fin de los ’80 y principios de los ’90, que derivó, después de dos años de intentos de estabilización, en la Convertibilidad. Ese proceso tuvo una etapa de estabilización y auge, y luego una de depresión y caída que terminó en la crisis de 2001, en buena medida detrás de un régimen cambiario rígido. Hoy no hay régimen cambiario rígido, aunque sí se está usando el tipo de cambio como ancla. Tenés una dolarización de contratos de la economía, pero no la dolarización que existía en los ’90. Y vuelve a aparecer una discusión que estuvo cerrada durante los últimos 20 años, después de haberse quemado con fuego al final de la Convertibilidad, que es si se habilita o no el crédito en dólares para quienes no generan ingresos en esa moneda. Ahora bien, la principal diferencia con los ’90 es el mundo. En 1989 había caído el Muro de Berlín, la fragmentación posterior a la Guerra Fría empezaba a desaparecer y la “globalización” era la palabra dominante. Había un manual de buenas prácticas para países emergentes, con el Consenso de Washington, y uno de sus puntos era la apertura de la economía para abaratar costos. Argentina abrió la economía usando el ancla cambiaria. Y mientras el mundo acompañó, ese ancla fue eficaz para atraer dólares. Pero cuando el mundo se dio vuelta, el dólar se fortaleció y los esquemas de tipo de cambio fijo empezaron a colapsar, por las crisis asiática, rusa y brasileña, la Convertibilidad se volvió insostenible. Hubo salida de capitales, recesión terminal, intentos de ajuste que no llegaron a tiempo y se terminó en una crisis sistémica, con default. Hoy hay una lectura clara desde la economía estadounidense, que aparece como principal socio del Gobierno de Milei. El secretario de Comercio de Trump, Lutnick, dijo en Davos que “la globalización está muerta” y planteó la idea de relocalizar la producción, asegurar el autoabastecimiento de materias primas y acercar la producción a los mercados. A ese mundo, Argentina llega desde una economía hipercerrada, donde se intentó sostener la demanda de pesos abusando del financiamiento monetario y rompiendo el balance del Banco Central. Eso generó cuatro síntomas: inflación muy alta; distorsiones extremas de precios, con tarifas muy bajas y bienes ridículamente caros; brecha cambiaria; y una economía estancada. Durante el gobierno de Alberto Fernández, y en general en los últimos años, la lógica empresarial era que no importaba la demanda ni el costo. En una economía cerrada se podían tomar pesos baratos, comprar dólares baratos y vender en mercados protegidos. Los balances explotaban por acumulación de stocks. Eso fue antes de la llegada de Milei.
–¿Qué pasa ahora?
–Lo contrario. Se intenta abrir la economía usando el tipo de cambio como ancla, aunque la productividad sistémica no cambió. Las rutas son las mismas o peores; y la estructura tributaria sigue siendo muy alta, en parte por los impuestos provinciales. Pero además, Argentina recauda alrededor de 28 puntos del Producto. Es un nivel de evasión que genera competencia desleal y perjudica a los formales. Eso significó que empresas que venían de jugar en Disney, de golpe, pasen a competir en la jungla, con condiciones mucho más duras. Incluso aquellas con plantas en la frontera tecnológica tienen problemas de competitividad. Todo mientras China sigue aumentando exportaciones y Estados Unidos se cierra.
–¿Cuál debería ser el paso a paso más sano de la apertura económica? ¿Cómo llevarla?
–Todos los países que intentaron normalizar y abrir sus economías pagaron costos en términos de empresas y de empleo. El salto de productividad tiene costos porque introduce competencia, y esa transición siempre es conflictiva. Argentina, además, ya pasó varias veces por este ciclo de abrir y cerrar la economía. El segundo problema es que hoy la apertura se da en un contexto donde el tipo de cambio se usa como ancla. No es una caja de conversión como la Convertibilidad, pero sí hay un esquema donde se le da cierta flexibilidad mientras se lo sigue utilizando como referencia. Se compran dólares, que era una demanda del mercado, pero se hace de una manera que permite sostener el nivel del tipo de cambio. El objetivo cambiario está asociado a la desinflación, y la apertura forma parte de ese proceso, porque lo que se busca es que bajen los precios de los bienes. El problema es que, a medida que el horizonte político se alarga, como después de las últimas elecciones, empiezan a aparecer cada vez más noticias de cierres de plantas, reestructuraciones y despidos. Al mismo tiempo, el mercado laboral muestra una suba leve del desempleo, aunque eso ocurre porque las economías de plataformas absorben parte del empleo que se destruye en el sector formal. Ese mecanismo de absorción tiene consecuencias fiscales de mediano plazo que todavía no están resueltas. ¿Qué hicieron otras economías? Siempre pongo el ejemplo de Chile, que tiene un esquema de apertura sostenido. Miguel Bein solía decir que la principal reforma estructural que hizo Chile, y esto no lo debería decir en La Voz, fue eliminar la industria automotriz. Bueno, Chile, después de un intento de usar el dólar como ancla durante la etapa de los petrodólares, en los primeros años de Pinochet, tuvo superávit fiscal, aunque también déficit de cuenta corriente que explotó cuando Estados Unidos subió la tasa de interés, del mismo modo que explotó la tablita de Martínez de Hoz. Pero en 1985, Chile lanzó un nuevo programa económico y cuando se revisa la literatura de la época, aparece con claridad que esa apertura se sostuvo como parte de una estrategia de inserción global. Eso fue acompañado con dos decisiones clave: baja de impuestos a la exportación y prioridad de un tipo de cambio alto. Acá, en cambio, se está abriendo antes de generar esas condiciones. Entre los industriales aparece la idea de “nivelame la cancha” y algo de razón tienen. En el mundo actual existen saldos exportables y estructuras productivas con un rol del Estado muy fuerte, como en China, con enorme capacidad para manejar precios. Cuando se compara la infraestructura china con la argentina, el problema de competitividad no puede explicarse solo puertas adentro de las fábricas.

-Es un problema esa situación.
-Esa es una de las discusiones centrales del libro: la tensión entre la macro, la micro y la gobernabilidad. Venimos de muchos años en los que se priorizó la micro y la gobernabilidad. Para sostener empleo y empresas se cerró la economía y se profundizaron distorsiones hasta un punto en el que se rompió la macro; y al romper la macro se afectó la gobernabilidad. Hoy el enfoque es el inverso. Se prioriza la macro y la gobernabilidad, con la baja de la inflación como objetivo central, aun a costa de la micro. Hasta ahora, Milei logró revalidarse políticamente, aumentó su caudal en el Congreso y alargó el horizonte. Sin horizonte no hay posibilidad de que la macro funcione, porque no se pueden extender los contratos de deuda en el tiempo. Pero, la micro es la contracara de la macro. Hoy, en un país federal, como Argentina, lo que se observa es una estructura partida en tres. Por un lado, sectores con ventajas comparativas asociados al RIGI, con un régimen tributario y acceso a divisas diferenciado. Por otro, la informalidad como estrategia de competitividad. Y en el medio, los sectores formales, que enfrentan infraestructura deficiente, costos logísticos altos, tasas positivas después de años de que fueran negativas y un tipo de cambio que no los protege. A favor aparece un elemento nuevo: un mundo en el que el dólar parece entrar en un proceso de reorganización global. Eso puede cambiar parte del escenario, pero no elimina las tensiones de fondo de la apertura.
–A diferencia de los ’90, hoy la sociedad parece validar un esquema de ajuste. ¿Es así? ¿Qué hacen las empresas que tienen que competir en la jungla?
–El libro recorre los ’90 desde la primera transición democrática, con Alfonsín, la hiperinflación y una transición política caótica. Menem llega prometiendo revolución productiva y salariazo, con el balance del Banco Central quebrado. Tenía una cuenta de regulación monetaria desbordada, vencimientos de deuda en moneda local y un Central sin reservas. ¿Les suena? El primer programa económico intentó la receta clásica: ancla cambiaria con un ajuste fiscal más lento y una tasa de interés administrada. Ese primer programa macro terminó en una crisis terminal a fines de 1989, apenas seis meses después, y derivó en una decisión política que hoy Milei no tomó: el Plan Bonex, que implicó la confiscación de depósitos y su conversión en deuda en dólares a largo plazo.
-Eso fue una ruptura de contratos.
-Sí, así fue. La segunda etapa de normalización de la deuda fue el Plan Brady, que resolvió la deuda contraída durante el gobierno militar, y que Alfonsín se había ido pagando parcialmente con créditos del FMI que permitían cancelar compromisos externos sin que los bancos tuvieran que provisionar. Con Cavallo se normalizó la deuda flotante, la de los jubilados y con proveedores. Esa normalización permitió que Argentina volviera a colocar deuda en los mercados y refinanciarse. El Plan Bonex, implementado por Erman González, implicó además un ajuste fiscal inédito. Parte de ese ajuste fue consecuencia de la aceleración inflacionaria, pero también hubo una decisión explícita de sentarse sobre el gasto. La recapitalización del Banco Central tuvo que ver con ese ajuste, con el corte del financiamiento monetario y con la normalización de la cuenta de regulación monetaria. También fueron clave las privatizaciones que Menem pudo iniciar rápidamente gracias a la Ley de Reforma del Estado y la de Emergencia Económica, negociadas en el adelantamiento de la asunción presidencial. Hoy la gran diferencia es que Milei no rompió contratos de deuda. Ese es un punto a favor. Del otro lado, todavía no está resuelto el programa financiero. La deuda del Banco Central se trasladó al Tesoro; y el Central tiene más reservas brutas porque crecieron los depósitos y los encajes, aunque las reservas netas siguen siendo negativas. No hay acceso al crédito y los vencimientos de la deuda en pesos siguen siendo de muy corto plazo. El programa puede funcionar si se consolida la baja del riesgo país y se empieza a refinanciar la deuda en el mercado, extendiendo plazos. El principal problema es el horizonte político. La Convertibilidad resolvió parcialmente ese problema porque la transición política no puso en duda la continuidad del régimen. Y la Alianza sostuvo eso. Pero si miran las últimas elecciones, en 2019 Alberto Fernández decía que la deuda de Macri era impagable, y en 2023, desde Juntos por el Cambio se hablaba de una deuda en pesos sin pagador y de pasivos remunerados impagables. Y Milei, en campaña, llegó a decir que no se renovaran plazos fijos porque el peso era “excremento”. Por eso, en un país con elecciones cada dos años, entre las presidenciales y las legislativas, donde la democracia es una regla de juego innegociable, si cada transición pone en duda los contratos es muy difícil construir estabilidad. Chile o Uruguay logran transiciones políticas sin amenazar los contratos. En Argentina eso no ocurre. La Convertibilidad lo logró porque Menem fue reelegido inmediatamente y la transición fue prudente. Pero después el shock fue tan grande y tan recesivo que terminó en la crisis de 2001. Por eso hablamos de un loop. La política siempre manda y la gobernabilidad es parte del juego, pero si se daña demasiado la micro, en algún momento eso pasa factura. Esa es la advertencia central.
La economista Marina dal Poggetto publicó, a fines del año pasado, el libro Back to the 90s (Editorial Planeta) en el que, junto al politólogo Daniel Kerner, abordaron similitudes y diferencias del actual gobierno con la década menemista. Según su análisis, la gran diferencia entre Milei y Menem es el mundo que enfrentó cada uno, con una similutud: la decisión de abrir la economía trae consecuencias. “Los países que intentaron normalizar y abrir sus economías pagaron costos en términos de empresas y de empleo”, dijo en Voz y Voto la directora de EcoGo.–Se discute sobre la apertura económica. ¿Qué similitudes y qué diferencias hay entre lo que se vive hoy y los ’90 en ese plano?–La idea del libro la empezamos a pensar a fines de 2023. Tenía que ver con que la sociedad volvía a demandar estabilidad. Esa demanda tiene algunos parecidos y muchas diferencias con el fin de los ’80 y principios de los ’90, que derivó, después de dos años de intentos de estabilización, en la Convertibilidad. Ese proceso tuvo una etapa de estabilización y auge, y luego una de depresión y caída que terminó en la crisis de 2001, en buena medida detrás de un régimen cambiario rígido. Hoy no hay régimen cambiario rígido, aunque sí se está usando el tipo de cambio como ancla. Tenés una dolarización de contratos de la economía, pero no la dolarización que existía en los ’90. Y vuelve a aparecer una discusión que estuvo cerrada durante los últimos 20 años, después de haberse quemado con fuego al final de la Convertibilidad, que es si se habilita o no el crédito en dólares para quienes no generan ingresos en esa moneda. Ahora bien, la principal diferencia con los ’90 es el mundo. En 1989 había caído el Muro de Berlín, la fragmentación posterior a la Guerra Fría empezaba a desaparecer y la “globalización” era la palabra dominante. Había un manual de buenas prácticas para países emergentes, con el Consenso de Washington, y uno de sus puntos era la apertura de la economía para abaratar costos. Argentina abrió la economía usando el ancla cambiaria. Y mientras el mundo acompañó, ese ancla fue eficaz para atraer dólares. Pero cuando el mundo se dio vuelta, el dólar se fortaleció y los esquemas de tipo de cambio fijo empezaron a colapsar, por las crisis asiática, rusa y brasileña, la Convertibilidad se volvió insostenible. Hubo salida de capitales, recesión terminal, intentos de ajuste que no llegaron a tiempo y se terminó en una crisis sistémica, con default. Hoy hay una lectura clara desde la economía estadounidense, que aparece como principal socio del Gobierno de Milei. El secretario de Comercio de Trump, Lutnick, dijo en Davos que “la globalización está muerta” y planteó la idea de relocalizar la producción, asegurar el autoabastecimiento de materias primas y acercar la producción a los mercados. A ese mundo, Argentina llega desde una economía hipercerrada, donde se intentó sostener la demanda de pesos abusando del financiamiento monetario y rompiendo el balance del Banco Central. Eso generó cuatro síntomas: inflación muy alta; distorsiones extremas de precios, con tarifas muy bajas y bienes ridículamente caros; brecha cambiaria; y una economía estancada. Durante el gobierno de Alberto Fernández, y en general en los últimos años, la lógica empresarial era que no importaba la demanda ni el costo. En una economía cerrada se podían tomar pesos baratos, comprar dólares baratos y vender en mercados protegidos. Los balances explotaban por acumulación de stocks. Eso fue antes de la llegada de Milei. –¿Qué pasa ahora?–Lo contrario. Se intenta abrir la economía usando el tipo de cambio como ancla, aunque la productividad sistémica no cambió. Las rutas son las mismas o peores; y la estructura tributaria sigue siendo muy alta, en parte por los impuestos provinciales. Pero además, Argentina recauda alrededor de 28 puntos del Producto. Es un nivel de evasión que genera competencia desleal y perjudica a los formales. Eso significó que empresas que venían de jugar en Disney, de golpe, pasen a competir en la jungla, con condiciones mucho más duras. Incluso aquellas con plantas en la frontera tecnológica tienen problemas de competitividad. Todo mientras China sigue aumentando exportaciones y Estados Unidos se cierra.–¿Cuál debería ser el paso a paso más sano de la apertura económica? ¿Cómo llevarla?–Todos los países que intentaron normalizar y abrir sus economías pagaron costos en términos de empresas y de empleo. El salto de productividad tiene costos porque introduce competencia, y esa transición siempre es conflictiva. Argentina, además, ya pasó varias veces por este ciclo de abrir y cerrar la economía. El segundo problema es que hoy la apertura se da en un contexto donde el tipo de cambio se usa como ancla. No es una caja de conversión como la Convertibilidad, pero sí hay un esquema donde se le da cierta flexibilidad mientras se lo sigue utilizando como referencia. Se compran dólares, que era una demanda del mercado, pero se hace de una manera que permite sostener el nivel del tipo de cambio. El objetivo cambiario está asociado a la desinflación, y la apertura forma parte de ese proceso, porque lo que se busca es que bajen los precios de los bienes. El problema es que, a medida que el horizonte político se alarga, como después de las últimas elecciones, empiezan a aparecer cada vez más noticias de cierres de plantas, reestructuraciones y despidos. Al mismo tiempo, el mercado laboral muestra una suba leve del desempleo, aunque eso ocurre porque las economías de plataformas absorben parte del empleo que se destruye en el sector formal. Ese mecanismo de absorción tiene consecuencias fiscales de mediano plazo que todavía no están resueltas. ¿Qué hicieron otras economías? Siempre pongo el ejemplo de Chile, que tiene un esquema de apertura sostenido. Miguel Bein solía decir que la principal reforma estructural que hizo Chile, y esto no lo debería decir en La Voz, fue eliminar la industria automotriz. Bueno, Chile, después de un intento de usar el dólar como ancla durante la etapa de los petrodólares, en los primeros años de Pinochet, tuvo superávit fiscal, aunque también déficit de cuenta corriente que explotó cuando Estados Unidos subió la tasa de interés, del mismo modo que explotó la tablita de Martínez de Hoz. Pero en 1985, Chile lanzó un nuevo programa económico y cuando se revisa la literatura de la época, aparece con claridad que esa apertura se sostuvo como parte de una estrategia de inserción global. Eso fue acompañado con dos decisiones clave: baja de impuestos a la exportación y prioridad de un tipo de cambio alto. Acá, en cambio, se está abriendo antes de generar esas condiciones. Entre los industriales aparece la idea de “nivelame la cancha” y algo de razón tienen. En el mundo actual existen saldos exportables y estructuras productivas con un rol del Estado muy fuerte, como en China, con enorme capacidad para manejar precios. Cuando se compara la infraestructura china con la argentina, el problema de competitividad no puede explicarse solo puertas adentro de las fábricas. -Es un problema esa situación.-Esa es una de las discusiones centrales del libro: la tensión entre la macro, la micro y la gobernabilidad. Venimos de muchos años en los que se priorizó la micro y la gobernabilidad. Para sostener empleo y empresas se cerró la economía y se profundizaron distorsiones hasta un punto en el que se rompió la macro; y al romper la macro se afectó la gobernabilidad. Hoy el enfoque es el inverso. Se prioriza la macro y la gobernabilidad, con la baja de la inflación como objetivo central, aun a costa de la micro. Hasta ahora, Milei logró revalidarse políticamente, aumentó su caudal en el Congreso y alargó el horizonte. Sin horizonte no hay posibilidad de que la macro funcione, porque no se pueden extender los contratos de deuda en el tiempo. Pero, la micro es la contracara de la macro. Hoy, en un país federal, como Argentina, lo que se observa es una estructura partida en tres. Por un lado, sectores con ventajas comparativas asociados al RIGI, con un régimen tributario y acceso a divisas diferenciado. Por otro, la informalidad como estrategia de competitividad. Y en el medio, los sectores formales, que enfrentan infraestructura deficiente, costos logísticos altos, tasas positivas después de años de que fueran negativas y un tipo de cambio que no los protege. A favor aparece un elemento nuevo: un mundo en el que el dólar parece entrar en un proceso de reorganización global. Eso puede cambiar parte del escenario, pero no elimina las tensiones de fondo de la apertura.–A diferencia de los ’90, hoy la sociedad parece validar un esquema de ajuste. ¿Es así? ¿Qué hacen las empresas que tienen que competir en la jungla?–El libro recorre los ’90 desde la primera transición democrática, con Alfonsín, la hiperinflación y una transición política caótica. Menem llega prometiendo revolución productiva y salariazo, con el balance del Banco Central quebrado. Tenía una cuenta de regulación monetaria desbordada, vencimientos de deuda en moneda local y un Central sin reservas. ¿Les suena? El primer programa económico intentó la receta clásica: ancla cambiaria con un ajuste fiscal más lento y una tasa de interés administrada. Ese primer programa macro terminó en una crisis terminal a fines de 1989, apenas seis meses después, y derivó en una decisión política que hoy Milei no tomó: el Plan Bonex, que implicó la confiscación de depósitos y su conversión en deuda en dólares a largo plazo.-Eso fue una ruptura de contratos. -Sí, así fue. La segunda etapa de normalización de la deuda fue el Plan Brady, que resolvió la deuda contraída durante el gobierno militar, y que Alfonsín se había ido pagando parcialmente con créditos del FMI que permitían cancelar compromisos externos sin que los bancos tuvieran que provisionar. Con Cavallo se normalizó la deuda flotante, la de los jubilados y con proveedores. Esa normalización permitió que Argentina volviera a colocar deuda en los mercados y refinanciarse. El Plan Bonex, implementado por Erman González, implicó además un ajuste fiscal inédito. Parte de ese ajuste fue consecuencia de la aceleración inflacionaria, pero también hubo una decisión explícita de sentarse sobre el gasto. La recapitalización del Banco Central tuvo que ver con ese ajuste, con el corte del financiamiento monetario y con la normalización de la cuenta de regulación monetaria. También fueron clave las privatizaciones que Menem pudo iniciar rápidamente gracias a la Ley de Reforma del Estado y la de Emergencia Económica, negociadas en el adelantamiento de la asunción presidencial. Hoy la gran diferencia es que Milei no rompió contratos de deuda. Ese es un punto a favor. Del otro lado, todavía no está resuelto el programa financiero. La deuda del Banco Central se trasladó al Tesoro; y el Central tiene más reservas brutas porque crecieron los depósitos y los encajes, aunque las reservas netas siguen siendo negativas. No hay acceso al crédito y los vencimientos de la deuda en pesos siguen siendo de muy corto plazo. El programa puede funcionar si se consolida la baja del riesgo país y se empieza a refinanciar la deuda en el mercado, extendiendo plazos. El principal problema es el horizonte político. La Convertibilidad resolvió parcialmente ese problema porque la transición política no puso en duda la continuidad del régimen. Y la Alianza sostuvo eso. Pero si miran las últimas elecciones, en 2019 Alberto Fernández decía que la deuda de Macri era impagable, y en 2023, desde Juntos por el Cambio se hablaba de una deuda en pesos sin pagador y de pasivos remunerados impagables. Y Milei, en campaña, llegó a decir que no se renovaran plazos fijos porque el peso era “excremento”. Por eso, en un país con elecciones cada dos años, entre las presidenciales y las legislativas, donde la democracia es una regla de juego innegociable, si cada transición pone en duda los contratos es muy difícil construir estabilidad. Chile o Uruguay logran transiciones políticas sin amenazar los contratos. En Argentina eso no ocurre. La Convertibilidad lo logró porque Menem fue reelegido inmediatamente y la transición fue prudente. Pero después el shock fue tan grande y tan recesivo que terminó en la crisis de 2001. Por eso hablamos de un loop. La política siempre manda y la gobernabilidad es parte del juego, pero si se daña demasiado la micro, en algún momento eso pasa factura. Esa es la advertencia central.La Voz
