La Argentina vuelve a abrirse a los mercados del mundo, pero necesita que la clase dirigente dé señales claras de que quiere transitar este camino. De lo contrario, el país va a pasar de una economía cerrada signada por el atraso, la pobreza y la inflación a otra economía abierta pero marcada por el cierre de industrias, por el empleo informal y por la falta de confianza.
Un reciente informe del Ieral, de la Fundación Mediterránea, muestra que el PIB creció 2% entre el tercer trimestre de 2023 y el mismo período de 2025, con subas de 9% en la importación, de 31% en las exportaciones y de 4% en el consumo privado; en cambio, el consumo público bajó 3%.
Según la consultora Empiria, con datos de 2024 del Banco Mundial, la suma de importaciones y exportaciones argentinas representó ese año el 28% del PIB, por debajo de las principales economías latinoamericanas. Brasil sumó el 32%; Uruguay, el 52%, y Paraguay, el 77%.
En 2025, la gestión mileísta profundizó la apertura. De hecho, las estimaciones privadas coinciden en que el año terminó con las importaciones en un nivel casi récord, de U$S 75.600 millones, según el consultor en comercio exterior Gustavo Scarpetta, pero debajo del pico registrado en 2022, cuando llegaron a U$S 76.162 millones.
Sin embargo, la importación en Argentina todavía es baja: representó el 16% del PIB (en la década del ‘90 era de 17%), cuando en Colombia, en Uruguay y en Chile osciló en los últimos años entre el 20% y el 45%, según datos de Abeceb.
La industria nacional en baja
Esta limitada apertura importadora ya ha generado varios problemas para la industria nacional, porque lo que ha crecido mayormente es el ingreso de bienes de consumo, con los cuales es difícil competir para el fabricante argentino.
Entre noviembre de 2023 y octubre de 2025, advierte el Ieral, la actividad industrial bajó 5,1%, con caídas de 37,2% en la elaboración de productos textiles; de 23,7% en productos de caucho y plástico; de 20,6% en los de metal, y de 15,8% en el sector automotor.
Sólo quedaron en positivo industrias como la refinación de petróleo (4,9%); alimentos y bebidas (4,3%), y productos químicos (1,4%).
Si la industria decreció, ¿qué sostuvo levemente hacia arriba a la economía? Principalmente la actividad financiera, que se ubicó 27% por encima de noviembre de 2023; la minería (16,6%), y el agro (11,6%).
Faltan inversión y confianza
Para que la apertura llegue a buen puerto, se necesita una industria nacional más competitiva (más allá de que algunos productos deban dejar de producirse en el país porque es más conveniente importarlos). Para mejorar competitividad y productividad, hace falta inversión, y esto es lo que está faltando en el país.
De hecho, según el Ieral, la inversión fue el componente más volátil en los primeros dos años de Milei, acumulando una caída de 9% entre el tercer trimestre de 2023 y el mismo período de 2025.
Invertir en Argentina es casi un acto de fe. Por eso es revelador el último índice de confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT); en diciembre se ubicó en 2,46 puntos, 0,1% menos que en noviembre.
Es cierto que supera en 4,3% el nivel de confianza de diciembre de 2017, cuando el gobierno de Mauricio Macri terminaba su segundo año, y también es 73,2% mayor que el de diciembre de 2021, el mismo período de la gestión de Alberto Fernández.
Pero Javier Milei asumió la presidencia, en diciembre de 2023, con un ICG de 2,86 puntos, lo que implica que en dos años la confianza cayó 14%, aun con la inflación en baja, la victoria en la elección legislativa y algunos otros logros en materia macroeconómica.
La sociedad espera cambios estructurales (reforma laboral, baja de la presión fiscal, inversión en infraestructura, etcétera), pero advierte que dependen de acuerdos más amplios, difíciles de conseguir en esta coyuntura.
La competitividad requiere inversión, que a su vez depende de la confianza. Puede sonar un poco ingenuo, pero más que nunca se necesita una dirigencia que pase a un segundo plano ciertas diferencias políticas y concilie un mismo rumbo en lo económico. Si uno repasa la Argentina de las últimas tres décadas, la dirigencia ha mostrado más diferencias en sus ideas económicas que en sus prácticas políticas, y el resultado quedó a la vista.
La Argentina vuelve a abrirse a los mercados del mundo, pero necesita que la clase dirigente dé señales claras de que quiere transitar este camino. De lo contrario, el país va a pasar de una economía cerrada signada por el atraso, la pobreza y la inflación a otra economía abierta pero marcada por el cierre de industrias, por el empleo informal y por la falta de confianza.Un reciente informe del Ieral, de la Fundación Mediterránea, muestra que el PIB creció 2% entre el tercer trimestre de 2023 y el mismo período de 2025, con subas de 9% en la importación, de 31% en las exportaciones y de 4% en el consumo privado; en cambio, el consumo público bajó 3%.Según la consultora Empiria, con datos de 2024 del Banco Mundial, la suma de importaciones y exportaciones argentinas representó ese año el 28% del PIB, por debajo de las principales economías latinoamericanas. Brasil sumó el 32%; Uruguay, el 52%, y Paraguay, el 77%.En 2025, la gestión mileísta profundizó la apertura. De hecho, las estimaciones privadas coinciden en que el año terminó con las importaciones en un nivel casi récord, de U$S 75.600 millones, según el consultor en comercio exterior Gustavo Scarpetta, pero debajo del pico registrado en 2022, cuando llegaron a U$S 76.162 millones. Sin embargo, la importación en Argentina todavía es baja: representó el 16% del PIB (en la década del ‘90 era de 17%), cuando en Colombia, en Uruguay y en Chile osciló en los últimos años entre el 20% y el 45%, según datos de Abeceb.La industria nacional en bajaEsta limitada apertura importadora ya ha generado varios problemas para la industria nacional, porque lo que ha crecido mayormente es el ingreso de bienes de consumo, con los cuales es difícil competir para el fabricante argentino.Entre noviembre de 2023 y octubre de 2025, advierte el Ieral, la actividad industrial bajó 5,1%, con caídas de 37,2% en la elaboración de productos textiles; de 23,7% en productos de caucho y plástico; de 20,6% en los de metal, y de 15,8% en el sector automotor.Sólo quedaron en positivo industrias como la refinación de petróleo (4,9%); alimentos y bebidas (4,3%), y productos químicos (1,4%).Si la industria decreció, ¿qué sostuvo levemente hacia arriba a la economía? Principalmente la actividad financiera, que se ubicó 27% por encima de noviembre de 2023; la minería (16,6%), y el agro (11,6%).Faltan inversión y confianzaPara que la apertura llegue a buen puerto, se necesita una industria nacional más competitiva (más allá de que algunos productos deban dejar de producirse en el país porque es más conveniente importarlos). Para mejorar competitividad y productividad, hace falta inversión, y esto es lo que está faltando en el país.De hecho, según el Ieral, la inversión fue el componente más volátil en los primeros dos años de Milei, acumulando una caída de 9% entre el tercer trimestre de 2023 y el mismo período de 2025.Invertir en Argentina es casi un acto de fe. Por eso es revelador el último índice de confianza en el Gobierno (ICG) de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT); en diciembre se ubicó en 2,46 puntos, 0,1% menos que en noviembre. Es cierto que supera en 4,3% el nivel de confianza de diciembre de 2017, cuando el gobierno de Mauricio Macri terminaba su segundo año, y también es 73,2% mayor que el de diciembre de 2021, el mismo período de la gestión de Alberto Fernández. Pero Javier Milei asumió la presidencia, en diciembre de 2023, con un ICG de 2,86 puntos, lo que implica que en dos años la confianza cayó 14%, aun con la inflación en baja, la victoria en la elección legislativa y algunos otros logros en materia macroeconómica.La sociedad espera cambios estructurales (reforma laboral, baja de la presión fiscal, inversión en infraestructura, etcétera), pero advierte que dependen de acuerdos más amplios, difíciles de conseguir en esta coyuntura.La competitividad requiere inversión, que a su vez depende de la confianza. Puede sonar un poco ingenuo, pero más que nunca se necesita una dirigencia que pase a un segundo plano ciertas diferencias políticas y concilie un mismo rumbo en lo económico. Si uno repasa la Argentina de las últimas tres décadas, la dirigencia ha mostrado más diferencias en sus ideas económicas que en sus prácticas políticas, y el resultado quedó a la vista.La Voz
