Todo comienza con perfume: una mezcla de café recién molido, salitre atlántico y madera vieja que sube desde el río Duero hacia las cuestas del centro histórico. Oporto, en Portugal, es fragancia y caminata.
En cada subida aparece una fachada cubierta de azulejos partidos a la mitad, un balcón con macetas de geranios o un bar de cuatro mesas donde alguien toma una copa de vino a media mañana sin que a nadie le llame la atención. Hay algo en esa mezcla de decadencia elegante y orgullo discreto que los portugueses resumen en una sola palabra: saudade, y que en Oporto se siente con más intensidad que en cualquier otro rincón del país.
Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1996, el centro histórico se recorre cómodamente en dos o tres días, aunque la ciudad invita a quedarse más. Está partida en dos por el Duero: de un lado, Oporto propiamente dicho, con sus cuestas pronunciadas y el barrio de la Ribeira asomado al agua; del otro, Vila Nova de Gaia, donde envejece, con paciencia de siglos, el vino que terminó dándole nombre a todo el país.
Porque fue justamente aquí, en el asentamiento romano de Portus Cale, donde nació la palabra Portugal, y en uno de sus edificios más antiguos, la actual Casa do Infante (desde € 2,20, de 10 a 17.30, lunes cerrado), hoy convertida en Museo de la Ciudad, nació en 1394 el príncipe Enrique el Navegante, impulsor de la expansión marítima que llevaría a los portugueses hasta África y, siglos después, hasta Brasil.
Tomar algo y disfrutar del Duero en Oporto. Foto Shutterstock.
Dos orillas y un mismo vino
Cruzar el Duero es, en Oporto, casi un rito de iniciación.
El puente Dom Luís I, una estructura de hierro de doble tablero terminada en 1886 por un estudio vinculado a Gustave Eiffel, conecta ambas orillas con dos niveles: uno para el tránsito y el metro, otro, el superior, reservado a quienes caminan en busca de la vista clásica de la Ribeira.
Del otro lado empieza Vila Nova de Gaia y, con ella, el universo de las bodegas centenarias que recibe a los visitantes con una mezcla de tradición y puesta en escena.
Gente disfrutando al aire libre en Vila Nova de Gaia. Foto REUTERS/Violeta Santos Moura
Entre todas, Sandeman (desde € 23, a diario de 10 a 12.15 y de 14 a 17) es la que mejor entendió que el vino también se cuenta con teatro. Fundada en 1790 por un comerciante escocés instalado en la región, construyó su identidad alrededor de Don, esa silueta envuelta en la capa de los estudiantes portugueses y el sombrero cordobés que todavía hoy reciben a los visitantes en las naves donde los toneles de Oporto Ruby y Tawny duermen desde 1811. El recorrido termina en una cata de dos o tres vinos, y la terraza de la casa, con la Ribeira de fondo, suele ser la excusa perfecta para quedarse un rato más cuando empieza a caer el sol.
Para quien piensa sumar varios museos, bodegas y monumentos en pocos días, conviene resolver la Porto Card (desde € 6 por 24 horas) antes de salir del hotel. La tarjeta turística oficial da entrada libre a un puñado de museos municipales, entre ellos, justamente, la Casa do Infante, y descuentos de entre el 10 y el 50% en más de ciento treinta atracciones, restaurantes, cruceros y bodegas de la ciudad.
Entre azulejos, piedra y oro
El resto del casco antiguo se recorre como una sucesión de postales que premian cada subida.
Azulejos en Oporto, Portugal. Foto Shutterstock.
La Torre de los Clérigos (el ingreso a la iglesia es gratis, el pase para subir a la torre es de € 8,00, menores de 10 años, gratis, todos los días de 9 a 19, las visitas nocturnas se extienden hasta las 23), obra del arquitecto italiano Nicolau Nasoni, exige trepar 225 escalones por una escalera de caracol cada vez más angosta, pero la recompensa es una vista de 360 grados sobre los tejados rojos, el río y las bodegas de Gaia.
A pocas cuadras, el Palácio da Bolsa (€ 12, de 9 a 18.30) , antigua sede de la cámara de comercio portuense, esconde detrás de una fachada neoclásica el lujoso Salón Árabe, inspirado en la Alhambra de Granada y revestido con kilos de pan de oro.
Subiendo un poco más, la Sé, la catedral de Oporto (gratis), de raíz románica y reformas góticas y barrocas, guarda un claustro de azulejos azules (€ 3) .
Bajando hacia el centro, la estación de São Bento sorprende incluso a quien no toma ningún tren: su vestíbulo está revestido por unos veinte mil azulejos que narran, en blanco y azul, distintos episodios de la historia portuguesa.
Lello, una de las librerías más lindas del mundo.
A diez minutos a pie de ahí está otro de los símbolos de la ciudad: la Livraria Lello (€ 8, a diario de 9 a 19), una librería neogótica inaugurada en 1906, reclasificada como Monumento Nacional, que muchos señalan entre las más bellas del mundo gracias a su escalera roja en espiral y a una leyenda nunca confirmada sobre J.K. Rowling, que habría vivido en Oporto antes de escribir Harry Potter.
La fama trajo consigo filas que en temporada alta superan la hora de espera, así que conviene reservar la entrada con anticipación a través de su propio sitio web; el costo se descuenta luego en la compra de un libro, y desde ahí también se puede sumar una visita a la Fundación Lello, instalada en un antiguo monasterio de Matosinhos.
Para quienes prefieren que la ciudad se mueva en lugar de subirla a pie, hay dos clásicos que se complementan bien. El autobús turístico de paradas libres (desde € 27) recorre buena parte del centro y de Vila Nova de Gaia en circuitos de 24 o 48 horas que, en general, incluyen la entrada a una bodega; sirve, sobre todo, para ubicar la ciudad antes de perderse en ella caminando.
Las construcciones en la parte antigua de Ribeira, en Oporto. Foto Archivo
El otro imprescindible es el crucero de los Seis Puentes (desde € 18), un paseo de cincuenta minutos a bordo de un rabelo, el barco de madera que históricamente bajaba los toneles de vino desde el valle del Duero, que pasa bajo el Dom Luís I, el María Pía (obra de un ex socio de Eiffel) y otros cuatro puentes que unen ambas orillas. Sale cada media hora desde el muelle de la Ribeira o desde Gaia, y es probablemente la forma más relajada de ver la ciudad entera de un solo vistazo.
El otro Oporto, más contemporáneo, se concentra sobre la avenida Boavista, lejos del circuito de las postales clásicas.
La Fundación Serralves (€ 24) reúne en un parque de dieciocho hectáreas el principal museo de arte contemporáneo del país, una villa Art Decó de los años treinta y una pasarela elevada entre las copas de los árboles: una tarde entera, ideal para respirar verde después de tanta piedra.
A pocas cuadras, la Casa da Música (desde € 10), un bloque de hormigón y vidrio que el holandés Rem Koolhaas pensó para la capitalidad cultural europea de 2001, aunque sus puertas recién se abrieron en 2005. Funciona como sala de conciertos de las tres orquestas residentes de la ciudad y, también, como uno de los edificios más fotografiados de Oporto: las visitas guiadas a su interior suelen combinarse con entradas accesibles a alguno de sus conciertos.
Lo rico y lo cómodo
En materia de comida hay un plato que no admite discusión: la francesinha, un sándwich contundente de fiambres, salchicha y bife cubierto de queso fundido y bañado en una salsa de tomate y cerveza que cada local jura tener mejor que el de al lado.
La "francesinha", un sándwich sabroso y contundente.
Entre las versiones más respetadas está la de Café Santiago, un local con aire de antigua casa de comidas que sirve su Francesinha Santiago desde 1959 con una receta de familia que se mantiene en secreto. Conviene ir con hambre, la porción rinde fácilmente para compartir, y pedir, como manda la costumbre local, una Super Bock bien fría para acompañar.
Para alojarse, Oporto multiplicó en los últimos años sus opciones de diseño, y entre ellas hay un hotel que convirtió cada habitación en un homenaje. En Torel Avantgarde las suites llevan los nombres de figuras como Frida Kahlo, Virginia Woolf, Coco Chanel o Miles Davis, y cada espacio retoma algún gesto de su historia: desde la inventora a la que se atribuye un antecedente del wifi hasta el arquitecto cuya obra inspiró las paredes curvas de una de las suites. Tiene ununa maisonette con jardín y jacuzzi privados sobre el Duero. En 2025 sumó su primera Llave en la guía Michelin, una distinción poco habitual para un hotel boutique de esta escala.
Otro proyecto, mucho más reciente, eligió la fotografía como hilo conductor. Lenscape Coterie, primer hotel de la nueva marca portuguesa Coterie Collection, ocupa un conjunto de edificios junto a la Muralla Fernandina, a pasos del casco histórico. Sus habitaciones están pensadas alrededor de fotografías de autores portugueses contemporáneos, y los pasillos funcionan casi como una galería que va cambiando de relato piso por piso. El lobby recrea, con un sofá enmarcado por una tela blanca, la atmósfera de un estudio fotográfico. El restaurante Cucina di Toscani, inspirado en el fotógrafo italiano Oliviero Toscani, completa la propuesta con una cocina italiana sin atajos, entre pizzas de horno a la vista y una laminadora de fiambres artesanales.
Cuánto cuesta viajar a Oporto
- En avión. Desde Madrid o Barcelona, Oporto está a poco más de una hora de vuelo, y ahí radica buena parte de su atractivo para quien vive en Europa: con aerolíneas de bajo costo, un pasaje ida y vuelta puede conseguirse desde 30 o 40 euros en fechas de poca demanda, aunque en fines de semana de temporada alta el precio puede subir a 100 o 150 euros.
- Dónde dormir. El alojamiento se mueve en un rango amplio. Un hostel o apartamento bien ubicado arranca desde 60 u 80 euros la noche para dos personas; un hotel de tres o cuatro estrellas en el centro ronda entre 90 y 160 euros, y los hoteles boutique de cinco estrellas, como los mencionados más arriba, parten de 180 o 200 euros la noche en temporada media. A esto se le suma una tasa turística municipal de tres euros por persona y por noche, que se paga en efectivo al llegar al alojamiento.
- Cuánto cuesta comer. La comida sigue siendo, frente a otras capitales de Europa occidental, una ventaja. Una francesinha completa cuesta entre 9 y 15 euros; un almuerzo informal con bebida, entre 12 y 18; y una cena con vino en un restaurante de nivel medio-alto rara vez supera los 35 o 40 euros por persona.
- Cómo moverse. Además de la Porto Card, conviene tener a mano la tarjeta Andante: un viaje suelto de metro o colectivo cuesta cerca de 1,30 euros, y los abonos diarios rondan entre 4 y 7 euros según las zonas que se recorran.
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