07/08/2026 21:19
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De Gutenberg a YouTube: nadie mató a nadie

De Gutenberg a YouTube: nadie mató a nadie

La premisa "la televisión está muerta" comete un error tan viejo como el estudio de los medios: confunde el aparato con la forma cultural que vive en él.

La imprenta no enterró a la palabra: la multiplicó. La televisión no asesinó al cine, ni este al teatro. Y hoy las plataformas no ejecutaron a la televisión: la absorbieron, y ambas conviven en un acelerado proceso de convergencia. Es una historia de crímenes fallidos, donde las que sí murieron —y se fueron al cielo o, más probablemente, al infierno— son las tecnologías de distribución.

El 1° de agosto de 1981, MTV inauguró sus transmisiones con una canción de pegadizo estribillo: "Video Killed the Radio Star" —"el video mató a la estrella de la radio"—, que explicaba: "las imágenes llegaron y te rompieron el corazón" por si no quedaba claro. En ese contexto, era el acta fundacional de una era que, con algo de soberbia, se percibía bailando sobre los restos de la anterior.

La pobre víctima, sin embargo, sobrevivió: la radio todavía se escucha en los autos, vive a pata suelta en la industria del podcast y hasta converge con imágenes en YouTube. En cambio, la MTV, la portavoz mortuoria de la radio, conoció una justicia poética, como veremos después.

Es que el obituario mediático es un estereotipo muy instalado: "la televisión está muerta", se repite, muchas veces, incluso desde el propio prime time de los canales de aire. Aunque nunca es fácil ir contra una creencia generalizada, vale decirlo: los medios no mueren. Mutan, se mudan, cambian de cauce.

Marshall McLuhan explicó el fenómeno con una fábula. No sabemos quién descubrió el agua, decía, pero seguro no fue un pez. Quien está inmerso en el medio es el peor ubicado para verlo: le falta la distancia del diagnóstico. Los protagonistas del ecosistema audiovisual nadan en esas aguas; desde adentro, la sensación de que la laguna se seca es comprensible. Sólo que el agua —y el negocio— cambian de cauce.

La premisa "la televisión está muerta" comete un error tan viejo como el estudio de los medios: confunde el aparato con la forma cultural que vive en él. El profesor canadiense lo advirtió: el contenido de todo medio es siempre otro medio. La palabra es el contenido de la escritura; la escritura, del libro que salió de la imprenta de Gutenberg; el cine, de la televisión. La imprenta no enterró a la palabra: la multiplicó. Ese es el patrón que se repite desde hace cinco siglos.

Bajo esa lógica, las plataformas absorbieron a la televisión, que es casi lo contrario de asesinarla. Netflix, YouTube y Twitch incorporan su gramática —el episodio, la temporada, el vivo— como la televisión había incorporado al cine y este al teatro. La televisión es más que un electrodoméstico: es una etapa del largo proceso de mediatización, y los procesos no se apagan con un control remoto. Cambia el soporte; pero la producción de sentido continúa.

Para McLuhan, la obsolescencia equivalía a la pérdida de monopolio antes que a la extinción. El medio destronado se refugia en un nicho o asciende a forma artística. Le pasó al vinilo, que sobrevivió al CD. Le pasó al cine, que la televisión iba a enterrar y respondió con el cinemascope y el evento cinematográfico; quienes hayan ido a ver Odisea pueden confirmarlo. La historia de los medios no registra muchos asesinatos consumados. Mueren, sí, las tecnologías de distribución —el tubo de rayos catódicos, el videoclub, la grilla horaria—; el medio como ecosistema cultural muta, evoluciona.

Jay Bolter y Richard Grusin llamaron "re-mediación" a ese proceso: cada medio nuevo refacciona a los anteriores, y los viejos se re-median para sobrevivir. La televisión adoptó el zócalo dinámico, el scroll y hasta el hashtag; las plataformas imitan la grilla con estrenos semanales y transmisiones en vivo. Nadie mata a nadie: se contaminan, se absorben, se copian y traducen.

La mutación evolutiva avanza, sobre todo, por hibridación. El noticiero se fragmenta en reels y el informativo se cruza con el humor en el infotainment. El late night vive en clips más que en su emisión nocturna. El panelismo político migró al streaming con escenografía, conductor y tanda intactos. El reality se funde con el documental; el fútbol oficial convive con los streamers que lo relatan en paralelo. Cada formato es hoy un injerto de varios anteriores.

Oscar Steimberg enseñaba a distinguir entre géneros y formatos, que también hoy ya se hibridan en todas las plataformas. Los géneros —la ficción, el informativo, el entretenimiento— son categorías culturales que se transponen de un soporte a otro con sus reglas y expectativas a cuestas. Los formatos son el empaque: la unidad que se licencia, se exporta y se clona.

Gran Hermano o MasterChef circularon por el mundo antes y después de las plataformas, y hoy las propias plataformas compran, producen y subastan formatos nacidos en la pantalla chica. La industria que iba a enterrar a la televisión comercia, sobre todo, mercadería televisiva, y hasta alberga a sus figuras. Asimismo, más de un influencer ejecuta por Instagram las lógicas que popularizaron los noteros de la TV de los noventa.

Umberto Eco distinguió la paleotelevisión, que hablaba del mundo, de la neotelevisión, que hablaba de sí misma; Carlos Scolari agregó la hipertelevisión: pantallas múltiples y audiencias que producen y editan.

Los canales de streaming argentinos —Luzu, Olga, Gelatina— operan como herederos directos de esa línea: lo que sobrevive en ellos no es la vieja televisión en su literalidad, sino su gramática de la co-presencia y el relato coral. Un televidente de 1985 reconocería el formato de inmediato: conductores en vivo, escenografía, una rutina pautada, tanda, invitados y bloques temáticos. Que se transmita por YouTube sólo detalla el soporte; la identidad está en el formato. La generación que cree en la muerte de la TV, la está continuando.

La televisión tradicional, mientras tanto, se atrincheró donde ninguna plataforma, por ahora, le hace sombra: el acontecimiento en vivo. El mundial, la elección, el debate presidencial, la catástrofe. Todo lo que exige simultaneidad sigue siendo suyo. Dejó de ser el medio del flujo permanente para convertirse en el mayor medio del rito colectivo.

El error de los sepultureros es triple: ontológico, porque confunde el aparato con la forma; histórico, porque raramente un medio mató a otro; y ecológico, porque diagnostica extinción donde hay adaptación y especialización.

A la televisión le pasó lo que le pasó a cada medio desde Gutenberg: perder el trono, re-mediarse y reaparecer como contenido del medio que vino a enterrarla.

Para terminar, falta recordar la justicia poética que recibió la portavoz de la muerte de la radio en los tempranos ochenta. El 31 de diciembre de 2025, MTV apagó sus últimos canales de música en el Reino Unido, Europa, Australia y Brasil. Para despedirse, la cadena eligió emitir: "Video Killed the Radio Star", el mismo tema con el que se habían burlado de la radio. La inteligente ironía buscada o no, resultó una admisión de cuánto habían cambiado la industria y los medios.

Pero atención: no murió el videoclip, que vive en YouTube y TikTok y se mira en todas las pantallas, hasta en el televisor inteligente del living; murió la tecnología que lo distribuía: el canal de 24 horas, la grilla, la espera, lo que representaban también Much Music y Rock&Pop TV.

Ojo que la canción tuvo algo de verdad: hubo un muerto, sí, pero no fue la radio; fue el modelo tecnológico de distribución de la MTV, la que tuvo que adaptarse a producir series y películas. Mientras tanto, la radio, la televisión y hasta el videoclip, siguen vivos por todos los dispositivos y pantallas.

En el análisis de los medios, la teoría de la evolución es también un hecho.

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