04/08/2026 15:43
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El desafío de ser padres y madres de hijos adultos: nuevos roles, duelo y límites que se invierten

El desafío de ser padres y madres de hijos adultos: nuevos roles, duelo y límites que se invierten

Existe un duelo muy profundo por parte de madres y padres cuando los hijos crecen. Qué cambia en el vínculo de adulto a adulto y cómo son los nuevos roles de esos padres.

La maternidad y la paternidad suelen asociarse con la crianza de los hijos durante su infancia y su adolescencia. Sin embargo, poco se habla de cómo es ser padres y madres de hijos adultos. ¿Qué pasa con esos nuevos desafíos, el duelo por esos niños que crecieron, las inéditas identidades que se forjan y los roles que se modifican por completo?

No necesariamente tiene que ver con el famoso fenómeno del “nido vacío”, que ocurre cuando los hijos se van del hogar de origen, sino con cómo los vínculos entre madres, padres e hijos cambian cuando estos últimos llegan a la adultez.

Ivana Raschkovan, psicóloga especialista en crianza, detalló a Clarín cómo es esa suerte de metamorfosis que se atraviesa como mapadres: “El rol de las madres y los padres se transforma en cada etapa de la vida de los hijos e hijas. En los primeros años, la dependencia es absoluta; luego, a medida que crecen, van alcanzando una autonomía relativa. Y digo 'relativa' porque la independencia nunca es total: todas las personas necesitamos estar rodeadas de nuestros seres queridos”.

En esa línea, aclaró que “en la adultez, aunque ya no hay una dependencia vital, los hijos e hijas siguen necesitando la cercanía y el contacto afectivo. El vínculo se renueva: ya no ‘necesitan’ ni ‘dependen’ de la misma forma que en la infancia, pero sí eligen y disfrutan del contacto, la presencia y el acompañamiento”.

“Nos enseñan a criar niños, pero nadie nos prepara para acompañar adultos”

Para Yasmin Bellani, psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores, “ser madre o padre de un hijo adulto es uno de los desafíos evolutivos menos hablados: nos enseñan a criar niños, pero nadie nos prepara para acompañar adultos”.

Yasmin Bellani: “Ser madre o padre de un hijo adulto es uno de los desafíos evolutivos menos hablados”. Foto ilustración Adobe Stock.

La incógnita tiene que ver con la enorme diferencia que supone maternar y paternar en etapas tan distintas. “Durante muchos años creemos que nuestra función es proteger, resolver y estar siempre un paso adelante, pero llega un momento en el que el mayor acto de amor deja de ser cuidar y pasa a ser confiar”, añadió en diálogo con este medio.

La maternidad y la paternidad son roles y vínculos afectivos para toda la vida; sin embargo, el modo de ejercerlos muta por completo. La especialista aseveró que “la maternidad y la paternidad no terminan cuando los hijos crecen sino que cambian profundamente. Dejan de construirse desde la necesidad y empiezan a construirse desde el encuentro entre dos adultos que se siguen eligiendo”.

Raschkovan amplió: “En la teoría, nos vamos preparando, pero en la práctica el impacto siempre desacomoda. Deseamos y nos esforzamos mucho para que levanten vuelo, pero no siempre es fácil soltarlos. Permitir que tomen sus propias decisiones, que cometan sus propios errores y que dejen de depender de nuestro cuidado suele ser un proceso arduo y plagado de ambivalencias. Cuesta aceptar que ya no somos indispensables para su día a día”.

“No existe una escuela que enseñe a vivir”

“No existe una escuela que enseñe a vivir”, dice Charly García en Desarma y Sangra. La frase aplica perfectamente a lo que aquí sucede. A medida que los hijos crecen, en general, ni madres ni padres se preparan para lo que sigue. La especialista aseguró que desde la psicogerontología se entiende que cada transición implica reorganizar la identidad (y ésta no es la excepción).

Ivana Raschkovan: “Cuesta aceptar que ya no somos indispensables para su día a día”. Foto ilustración Adobe Stock.

“Nos damos cuenta de que nuestros hijos crecieron cuando dejan de necesitarnos como antes. Y eso moviliza mucho más de lo que solemos reconocer. Porque el crecimiento de un hijo también nos enfrenta con nuestro propio paso del tiempo; nos recuerda que nosotros también estamos entrando en una nueva etapa de la vida”, destacó Bellani.

Entonces, surgen dudas sobre esta nueva vida familiar. La psicóloga resaltó que es en ese momento cuando “aparece una pregunta muy potente: si ya no soy necesario de la misma manera, ¿quién soy ahora?”.

Aunque no sea de los más populares, éste también es un duelo. Según la psicóloga, uno del que casi no se habla “porque socialmente pareciera que todo debería ser alegría”. “Claro que hay orgullo”, reconoció, “pero también hay nostalgia”.

Se termina una etapa que ocupó años; muchas veces, décadas. Cambian las rutinas, las conversaciones, la dinámica familiar y hasta la sensación de ser imprescindibles. No es un duelo por perder a un hijo. Es el duelo por despedir una manera de ser madre o padre. Y como todo duelo, necesita ser transitado, no negado”, afirmó.

Raschkovan coincidió: “Es un duelo muy real, profundo y muchas veces silenciado. Lo que llamamos el ‘nido vacío’ no es solo extrañar su presencia física en la casa; es hacer el duelo por una etapa de la vida que no va a volver. Se extraña la cotidianidad, el ruido, la vulnerabilidad de cuando eran chicos y dependían de nuestros abrazos para curar cualquier dolor”.

Más allá de esta angustia, la especialista lanzó un mensaje esperanzador: “Lo cierto es que el mejor indicador de que hemos hecho un buen trabajo como madres y padres es, justamente, que nuestros hijos ya no nos necesiten en la adultez. Si nos siguen necesitando para todo, es una señal de que algo en ese camino hacia la autonomía falló”.

“Distancia óptima”, la clave para un buen vínculo

¿Cómo saber cuánto y cómo intervenir; respetar las distancias impuesta por esos hijos y estar presentes sin invadir? Ivana Raschkovan introdujo para esto el concepto de “distancia óptima” que describió como “muy útil” para entender este proceso.

“Distancia óptima”, un concepto recomendable a medida que los hijos crecen. Foto ilustración Adobe Stock.

La psicóloga especialista en crianza explicó que “es una distancia que se va ajustando a medida que ellos y ellas crecen y desarrollan sus propias herramientas. Y para que puedan desarrollarlas, tenemos que permitir que se equivoquen, que tropiecen y que vuelvan a intentarlo. Si hacemos todo por ellos y ellas con la excusa de que ‘lo hacemos mejor’, les estamos dando un mensaje equivocado y peligroso: que no son capaces de hacerlo por sí mismos”.

En tanto, tanto en la infancia como en la adultez, recomendó dejar claro un tipo de presencia que debe estar siempre: “Es fundamental, independientemente de la edad, mostrarnos disponibles y funcionar como un puerto seguro al que siempre puedan recurrir cuando precisen ayuda”.

Hijos adultos: los nuevos roles de padres y madres

Cuando ya no hay que cuidar, alimentar ni educar, ¿qué rol le toca a esos padres y madres? Aunque las tareas cambien, hay algo que permanece intacto. “Nunca hay que dejar de ofrecer amor, escucha y disponibilidad emocional”, destacó Yasmin Bellani.

Aunque a veces cueste, es necesario aceptar que, ante hijos adultos, el papel que les toca es otro. “Hay que dejar de pedir que nos necesiten para sentirnos importantes. Los vínculos más sanos son aquellos donde existe libertad. Cuando un hijo adulto vuelve a llamar a su madre o a su padre, no porque necesita que le solucionen un problema, sino porque disfruta compartir un momento, ahí el vínculo evolucionó. Y esa es una de las mayores conquistas de una familia”, agregó la especialista.

Tanto en la infancia como en la adultez, mostrar afecto y disponibilidad con los hijos es fundamental. Foto ilustración Adobe Stock.

En ese marco, las reglas y las elecciones sobre sus propias vidas corren por cuenta de los hijos (estén o no de acuerdo esos padres). Según la psicóloga, “una de las formas más maduras de amar es aceptar que nuestros hijos tienen derecho a construir una vida diferente a la que imaginamos para ellos”.

En ese sentido, se refirió a cómo los límites, a esta altura, también pueden ser impuestos por los hijos: “Muchas veces, los padres confunden presencia con intervención permanente. Pero acompañar no significa decidir; escuchar no significa corregir y amar no significa controlar. Los hijos adultos necesitan saber que sus padres están, no que están encima. El desafío es construir vínculos donde haya confianza para acercarse, y no obligación para responder”.

Entonces, cuando esos hijos crecen, ¿qué pasa si gran parte de la identidad de una persona quedó ligada únicamente a ser madre o padre? Raschkovan enfatizó que “es ahí cuando aparece la famosa (y a veces desoladora) escena del ‘nido vacío’, especialmente si no hay otros deseos o proyectos personales en marcha”.

Al respecto, concluyó: “Lo mejor que le puede pasar a un hijo o una hija es no ser el único interés en la vida de su mamá y su papá. Cuando las personas adultas cultivan sus propios proyectos, habilitan también el camino para que sus hijos salgan a desear y a construir su propia vida”.

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