Entre los popes tecnológicos más influyentes en el mundo de hoy, Bill Gates fue el primero en destacar la importancia de la energía nuclear en la transición a un escenario de cero emisiones netas de gases de efecto invernadero (GEI).
Allá por el 2006, cuando todavía la globalización estaba en auge y el cambio climático se había convertido en una preocupación prioritaria, en el World Economic Forum planteó la restricción de las intermitencias y el consecuente bajo factor de carga de las energías renovables (solar y eólica) y la necesidad de contar con una fuente de energía limpia, constante y de base (baseload power).
En el 2008 fundó TerraPower, una empresa de innovación enfocada en diseñar reactores de próxima generación, más seguros y eficientes que los convencionales. Dividió aguas entre los ambientalistas, con quienes compartía la urgencia de un cambio del paradigma energético que dejara atrás la dependencia fósil, pero al mismo tiempo se diferenciaba rescatando una fuente que los verdes rechazaban por su “legado tóxico” (residuos radioactivos), el historial de accidentes, los elevados costos y largos tiempos de construcción, y el impacto ambiental de la minería de uranio y el uso del agua.
El fundador de Microsoft redobló la apuesta. Ya en un mundo en transición a una globalización regionalizada, con el conflicto hegemónico Estados Unidos/China en plena evolución, y lanzada la carrera por el dominio de la inteligencia artificial, en el 2021, Gates publicó su libro How to Avoid a Climate Disaster donde reitera con firmeza que: “Ninguna otra fuente limpia es tan confiable, y ninguna otra fuente confiable es tan limpia como la energía nuclear”.
La “edad de oro” de la energía nuclear para usos civiles se da en la década de los 70 del siglo pasado, cuando el conflicto petrolero en Medio Oriente en 1973 -embargo petrolero- cuadruplicó el precio del barril de petróleo. La energía nuclear pasó a ser vista de inmediato como la máxima garantía de independencia y seguridad energética. Entre 1974 y 1985 hubo un despliegue masivo de plantas nucleares con desarrollos liderados por Francia, Estados Unidos, la Unión Soviética y Europa del Este.
La expansión se detuvo a finales de los 80 del siglo pasado por el aumento de los costos (sobre todo financieros) y los accidentes en Three Mile Island (EE. UU., 1979) y, de forma devastadora, la catástrofe de Chernóbil (Unión Soviética, 1986). El renacimiento nuclear de los años 2000 tuvo un nuevo freno (“pausa nuclear”) con el accidente de Fukushima, Japón (2011). Alemania aceleró su plan de “apagón nuclear” (Atomausstieg), Japón detuvo todos sus reactores para revisiones de seguridad que tomaron años, y los países en desarrollo congelaron temporalmente sus licitaciones para reevaluar la resiliencia de los reactores ante desastres naturales.
Cuando el otro pope de las tecnologías de vanguardia Elon Musk preavisó que el mundo iba a una era de “sequía energética” azuzada por la voraz demanda de electricidad requerida por los centros de datos de la IA, otra vez se revaloriza el rol de la energía nuclear, pero en esta oportunidad no son las grandes plantas las que imponen su atractivo de mercado, sino los reactores modulares pequeños (SMR) sumada a la extensión de la vida útil de las plantas existentes (hay 417 operativas y 77 en fase activa de construcción).
La Argentina terminó la construcción de Atucha II, extendió la vida útil de la Central de Embalse y ahora se ocupa de extender la de Atucha I con el know how y el liderazgo de profesionales locales. Cuenta con una trayectoria de más de 70 años en el sector nuclear, consolidada a través de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CONEA), la empresa estatal Nucleoeléctrica Argentina (NA-SA) y la empresa de tecnología INVAP. A diferencia de otros países que solo operan centrales compradas “llave en mano”, el ecosistema argentino se caracteriza por desarrollar, fabricar y exportar productos de altísimo valor agregado. Fabrica y exporta reactores nucleares de investigación y producción, tiene centros de referencia en medicina nuclear y radiofármacos y ha desarrollado capacidad industrial para desarrollar sus propios insumos.
Pero la Argentina fue uno de los países pioneros en subirse a la tendencia global al desarrollo de los pequeños reactores modulares (SMR), diseñados para abastecer de electricidad a zonas aisladas, polos mineros o plantas de desalinización y, ahora, centros de datos de la IA.
Cuando el INVAP obtuvo la licencia en Estados Unidos para desarrollar un reactor modular, el especialista argentino Alfredo Caro, fue uno de los primeros en señalar que el proyecto podría convertirse en un game changer para el ecosistema nuclear argentino. Advirtió sobre otros desarrollos del mundo en competencia, y planteó como futuro deseable que el reactor se construyera en la Argentina. Meitner Energy, la compañía conformada entre capitales estadounidenses e INVAP para completar el desarrollo del reactor ACR-300, presentó una iniciativa privada por US$ 1200 millones para construir su primera unidad en la Argentina.
La intención es poder calificar el proyecto al Súper RIGI, el régimen de incentivos para inversiones en nuevas actividades económicas que todavía debe ser aprobado por el Congreso. El ACR-300 es un reactor SMR de 300 MW de potencia eléctrica que en la industria se considera de tercera generación plus (generación III+).
De concretarse el proyecto, la industria nuclear argentina entra a competir en punta con la industria nuclear mundial, con el potencial de una producción en serie para la exportación que dinamizará un circuito de alta especialización y valor agregado con la consiguiente reactivación de complejos industriales asociados.
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