25/07/2026 23:04
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El arte de decir mucho con muy poco

El arte de decir mucho con muy poco

Franz Kafka decía sobre los famosos “Aforismos de Zürau”, que estos “golpean como un rayo; su luz es clara, pero su trueno dura toda la eternidad”.

La Real Academia Española define al aforismo como “máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”. Dicen que fue Hipócrates, el considerado padre de la medicina, quien usó por primera vez la palabra que empleamos ahora para nombrarlos. Aphorismos, del griego antiguo, significa “definición”. Cuentan que Hipócrates solía utilizarlos para resumir las reglas establecidas en la práctica médica. Con el tiempo el uso fue mutando. Para algunos, es una dosis pequeña de sabiduría encerrada en unas pocas palabras. Sentencias, pensamientos, deducciones, que alguien deja caer con la fuerza de una máxima.

Friedrich Nietzsche lo tenía muy claro: “El aforismo, la sentencia en que yo soy maestro y el primero entre los alemanes, son las formas de la eternidad; mi ambición es la de decir en diez frases lo que otro dice en un libro, lo que ningún otro dice en un libro”. Dichos breves, ambición inmensa. Franz Kafka, que publicó un libro pergeñado en la convalecencia de su tuberculosis, los famosos “Aforismos de Zürau”, sostenía que estos “golpean como un rayo; su luz es clara, pero su trueno dura toda la eternidad”. Ganadora del Pulitzer por su novela “El color púrpura”, Alice Walker afirma que son “una pequeña joya intelectual que desafía nuestra mente y nos invita a reflexionar sobre la vida y la condición humana”.

Por estas tierras, que supieron cobijar a grandes cultores del género, Alina Diaconú acaba de publicar “Luciérnagas curiosas”. Rumana de nacimiento, argentina por adopción -desembarcó en Buenos Aires con sus padres 67 años atrás- declama su gratitud eterna a sus “maestros en el género, desde Pascal hasta Cioran”. Y reflexiona (“Cerrar los ojos. Respirar. Y descubrir que la mayor plenitud es...vacío”), observa (“No paraba de hablar de sí mismo. Y eso, después de haberme asegurado -una y otra vez- que quería conocerme”), y evoca (“Córdoba y Maipú, hace años. Encuentro con Borges. Por segunda vez, y a pedido suyo, le recito el Padrenuestro en rumano, en medio del ruido infernal de la calle. Escucha sonriente. Dios es argentino, pienso”). Hay que tener mucho para decir para poder decirlo en unas pocas palabras.

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