Hablar, cumplido ya el primer cuarto del siglo XXI, de una ética post tecnológica, y no anti tecnológica, no es un capricho nominalista: es una toma de posición, y esto en tanto que la inteligencia artificial supone un salto cuántico en la historia de la técnica y de las tecnologías, un salto inaudito e inédito, pero no tanto porque implique la total “rebasabilidad” del límite, su total superación, sino porque consuma la desconstrucción y derogación del concepto mismo de límite. Ya no hay frontera que transgredir: se ha abolido la noción misma de frontera.
Allí donde Marshall McLuhan, en plena sintonía con el espíritu de la Modernidad, afirmaba que los medios -las tecnologías- eran extensiones de las capacidades humanas, la posmodernidad vino a invertir la fórmula: somos las personas quienes devenimos extensiones de las tecnologías en un mundo cultural que reivindica la subjetividad absoluta y la cultura de la experiencia a cualquier precio. Ahora bien, a pesar de sus notables diferencias, ambas cosmovisiones tienen todavía en común situar a la técnica “en el mundo”, y no fuera de él, que es lo que acontece ahora con el mundo post tecnológico, aquel al que nos ha llevado -y sigue llevando la IA- en la medida en que proclama la intercambiabilidad más absoluta entre personas y tecnologías.
Es la culminación de lo que Lewis Mumford llamó la megamáquina: aquel dispositivo que ya no distingue entre engranajes de metal y engranajes de carne y hueso, acero y piel y espíritu, y que exige, para funcionar, la docilidad mortecina de todas sus piezas.
Como sagazmente afirmaba Albert Einstein, “no podemos resolver un problema desde el mismo nivel de pensamiento que contribuyó a crearlo”, y tal vez estemos cometiendo el grave error de pensar la IA, la novedad tecnológica más radical de los últimos siglos, con las precarias y limitadas categorías mentales nacidas de una teoría positivista de la ciencia, una epistemología cientificista y objetivista al más fiel estilo de Mario Bunge: una manera de ver el mundo que solo es capaz de pensar lo que ya ha definido previamente como pensable, y para la que ser real es ser cuantificable y, por lo tanto, susceptible de reducción a datos y de procesamiento algorítmico.
Es lo que Byung-Chul Han denomina datacratismo: la fe ciega en que el dato agota lo real. O, peor aún, lo que sería un maleficio todavía mayor: una manera solo técnica de ver el mundo para la que no existe nada que posea el estatuto de la indisponibilidad que impide el uso. Las personas, por ejemplo, y sin ir más lejos. Éric Sadin lo viene denunciando con su habitual lucidez: la IA aspira a erigirse en instancia de veridicción, en oráculo que dicta lo que hay que hacer, expropiándonos silenciosamente la facultad de juzgar y, con ella, también la paradójica y extraordinariamente humana dignidad de errar.
En este escenario entre eras se hace urgente, más que nunca antes en la Historia, la necesidad de (volver a) reivindicar la primacía de la ética sobre la técnica: primacía temporal, desde luego, pero sobre todo ontológica. Hans Jonas lo formuló como imperativo para la civilización tecnológica: obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana sobre la Tierra. Antes de preguntar qué puede la técnica, hay que preguntar qué debe la persona. Esa pregunta, tan antigua como Sócrates, es hoy la más nueva y la más necesaria de todas.
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