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Qué son los microduelos, las pérdidas que nadie llora

Qué son los microduelos, las pérdidas que nadie llora

Es un término utilizado en psicología para describir aquellas pérdidas pequeñas y silenciosas que, aunque no sean tan evidentes o dramáticas como la muerte de un ser querido, puede

Hay duelos que no tienen nombre y por eso cuesta reconocerlos.

Se aprende a llorar la muerte de alguien querido, a darle su tiempo y su ritual, pero muchas veces no se aprende a llorar otras cosas que se van sin avisar o por cambios, como una amistad que se enfría de a poco, el cuerpo que ya no responde como antes, la casa de la infancia que se vende, el trabajo que soñábamos y no llegó.

A esas pérdidas pequeñas y calladas la psicología las bautizó microduelos.

Una particularidad es que rara vez son reconocidos como tales, ni por quien los atraviesa ni por quienes lo rodean. Nadie manda flores cuando se termina una amistad de 20 años por puro desgaste o cuando se acepta que ciertos sueños laborales no van a cumplirse.

Sin embargo, la mente no distingue demasiado entre una pérdida grande y una pequeña ya que ambas requieren el mismo trabajo interno, el mismo proceso de soltar algo que ocupaba un lugar y aprender a vivir con ese lugar vacío.

El problema es que, si no son reconocidos, estos duelos suelen quedar sin procesar y se acumulan.

La mente no distingue demasiado entre una pérdida grande y una pequeña. / Foto: ilustración Shutterstock.

Y una acumulación de pérdidas no lloradas puede manifestarse de maneras que no se expresan como tristeza sino por irritabilidad sin motivo aparente, cansancio que no se explica por pocas horas de sueño, una sensación difusa de insatisfacción que tiñe todo sin que podamos señalar una causa concreta.

Muchas consultas que empiezan como “no sé qué me pasa” terminan siendo, en el fondo, duelos pequeños que nunca tuvieron su espacio.

Por qué cuesta nombrar a estas pérdidas

Hay algo particularmente común que es la dificultad para nombrar estas pérdidas menores. En general nuestra cultura tiende a valorar la fortaleza y a desconfiar de la queja, sobre todo cuando el motivo parece “no ser para tanto”.

Decimos “no es nada” de cosas que sí son algo, y esa negación, lejos de proteger, termina prolongando el malestar.

Vale la pena entonces hacer un ejercicio simple, como es preguntarse de vez en cuando, qué perdimos últimamente que no lloramos.

Un microduelo puede ser la ilusión de un proyecto que quedó en el archivo. / Foto ilustración Shutterstock.

No hace falta que sea una pérdida dramática dado que puede ser el vínculo con un hermano que se fue distanciando, la ilusión de un proyecto que quedó en el cajón, la energía física que se tenía a los 30 y ya no se tiene a los 50, el deseo sexual que se va apagando.

Nombrar esa pérdida, aunque sea para uno mismo, ya es un primer paso. Y ponerle palabras a lo que se fue es empezar a darle el lugar que necesita para ser procesado.

No todo cambio es un duelo

Esto no significa vivir lamentándose de todo lo que cambia, porque el cambio es constitutivo de la vida y no todo cambio es un duelo.

Se trata más bien de desarrollar una sensibilidad hacia las propias pérdidas, por chicas que parezcan, y de permitirse sentir lo que haya que sentir sin apurar el trámite ni exigirse una alegría que todavía no llegó.

Los duelos, grandes o pequeños, no se resuelven por fuerza de voluntad, se resuelven dándoles tiempo y reconocimiento.

Al final, aprender a identificar los microduelos es también aprender a tratarse a uno mismo con más comprensión y compasión. Cada pequeña pérdida que se atraviesa y se elabora deja a uno, paradójicamente, un poco más fortalecidos para las próximas.

Y quizás ese sea uno de los aprendizajes más útiles que deja el paso del tiempo, que no hace falta que algo sea enorme para llamarse duelo, ni que ese duelo sea visible para los demás para que sea real.

E.M.

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