¿Qué tienen en común una persona mayor que pierde sus ahorros en una estafa virtual, un adolescente víctima de grooming o una joven cuya imagen es manipulada mediante el mal uso de la inteligencia artificial?
A simple vista, parecen situaciones diferentes. Sin embargo, todas comparten un mismo denominador: una creciente vulnerabilidad de las personas frente a los riesgos de un mundo cada vez más digitalizado y un entorno familiar que muchas veces no posee las herramientas para acompañar el uso del ecosistema digital.
La tecnología ha transformado profundamente la manera de comunicarnos, aprender, socializar, trabajar e incluso vincularnos. La irrupción de la inteligencia artificial ha acelerado aún más estos cambios y abre oportunidades extraordinarias, pero también, plantea desafíos que continuamente se renuevan y complejizan. Las estafas digitales se perfeccionan, el ciberacoso adopta nuevas formas, los deepfakes permiten manipular imágenes y videos con una precisión cada vez más exacta, y los mecanismos de captación de niños, niñas y adolescentes encuentran nuevos espacios de actuación en estos entornos.
Frente a este escenario, resulta sesgado pensar que la vulnerabilidad depende exclusivamente de características individuales como la edad, el nivel educativo o la experiencia tecnológica. Si bien estos factores influyen, la verdadera diferencia suele estar en el conocimiento, el manejo de la virtualidad, el acceso a información confiable, la existencia de redes de apoyo y las capacidades para desenvolverse de manera segura en este mundo híbrido que hoy habitamos.
La pregunta que deberíamos hacernos no es quiénes somos vulnerables, ya que todos y cada uno lo somos en diferentes niveles, sino cuán preparados estamos como sociedad para enfrentar estos nuevos espacios que rápidamente se pueden convertir en peligros. Porque nadie está completamente exento.
Los adultos mayores pueden volverse un blanco de fraudes económicos; los adolescentes pueden sufrir situaciones de violencia digital; las familias pueden sentirse desorientadas frente a tecnologías que evolucionan más rápido que su capacidad de comprensión; e incluso los profesionales llamados a intervenir se encuentran ante problemáticas que cambian constantemente.
Por ello, uno de los grandes desafíos de este tiempo es fortalecer las capacidades de prevención y respuesta frente a las distintas manifestaciones de la violencia en los entornos digitales. Esto exige mucho más que conocimiento técnico. Requiere comprender cómo interactúan los factores sociales, familiares, culturales y tecnológicos que generan o profundizan situaciones de riesgo.
Asimismo, fortalecer a la familia y a la comunidad como factores de protección frente a estas situaciones. De la misma manera, demanda también promover una ciudadanía digital crítica, responsable y consciente de los derechos y responsabilidades que implica habitar los entornos virtuales, promoviendo siempre el bien común.
En este contexto, se plantea la necesidad de fortalecer las capacidades de quienes intervienen en estos ámbitos para identificar tempranamente situaciones de riesgo, promover acciones preventivas, brindar apoyo a las personas afectadas por violencias digitales e implementar respuestas articuladas entre organismos públicos y privados, organizaciones de la sociedad civil, instituciones educativas y la familia.
La velocidad con la que avanzan las tecnologías no debería hacernos perder de vista una verdad fundamental: detrás de cada pantalla hay una persona. Y estas personas pueden estar siendo protegidas o dañadas, incluidas o excluidas, empoderadas o vulneradas. El abordaje de estos desafíos no dependerá únicamente de la innovación tecnológica, sino de nuestra capacidad colectiva para impulsar respuestas integrales, sustentadas en el conocimiento y orientadas por políticas públicas que sitúen a las personas en el centro, promoviendo entornos digitales más seguros, inclusivos y humanos para todos.
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