A fines de la década pasada, el periodista Ricardo Ragendorfer conversaba con el jefe de la División de Protección Cultural de Interpol, comisario Marcelo El Haibe, cuando el investigador le dijo: “Ese libro nos ayudó a organizarnos”. “Ese libro” al que se refería es Robo y falsificación de obras de Argentina, un título publicado en 1993 que se había vuelto una leyenda inhallable durante más de 30 años.
Ricardo Ragendorf. Robo y falsificación de obras de Argentina. Editorial: Punto de encuentro.
Cualquiera que se interesaba sobre el delito vinculado al mundo del arte terminaba topándose con esa obra, con citas, con ejemplos, con párrafos, pero nunca con el libro. “Agotó su edición inicial al año de ser impreso –recuerda Ragendorfer en el prólogo–. Y la editorial Letra Buena dejó de existir unos meses después. De manera que, de tanto en tanto, aparecía algún ejemplar en las ferias de libros usados. Pero nada más”.
Hasta ahora, 33 años más tarde, porque la Editorial Del Fondo acaba de relanzarlo, justo cuando los museos son víctimas favoritas de robos, cada vez más violentos, rápidos y letales.
Ricardo Ragendorfer. Foto: Ariel Grinberg.
–A comienzos de los 90, el robo de arte no era un tema tan taquillero como ahora. Cuando releyó el libro para esta reedición, ¿qué había visto hace treinta años que permanece en el presente sobre el robo de arte?
–Ya en 1992, cuando este libro fue gestado, el robo y la falsificación de objetos artísticos competía con el tráfico de armas y de drogas por la supremacía de los negocios ilegales a nivel mundial. Y aún lo sigue haciendo. Pero, a diferencia de esos otros dos mercados, este posee una dialéctica más silenciosa. Y eso incide en que sus tramas sean más aprovechadas por la literatura y el cine que por las crónicas de la realidad. Aun así, tanto en los 90 como ahora, se mantiene la estadística de, aproximadamente, 50 mil obras de arte robadas por año en todo el mundo.
–Un punto revelador del libro es la zona gris que se establece entre el robo de arte, el mercado legal y el ilegal. ¿Cómo funciona ese territorio de intersección? O, en otros términos, ¿el legal y el ilegal son realmente dos mundos separados?
–El libro derriba algunos mitos ficcionales. Por ejemplo, existe la creencia de que los cuadros valiosos son robados por encargo para que algún magnate los disfrute en la soledad de su museo secreto. En realidad, este negocio funciona como un secuestro extorsivo, en el cual los apropiadores negocian un rescate con las agencias de seguros. En este punto, por ejemplo, convive lo legal con lo ilegal.
Ricardo Ragendorfer. Foto: Ariel Grinberg.
–Otro aspecto del libro sobre el que pone la lupa es sobre los intermediarios: ¿qué papel cumplen los marchands, anticuarios, coleccionistas, expertos y aseguradoras en esa zona gris entre lo legal y lo ilegal?
–El papel de los intermediarios en este negocio es ambiguo. Porque bien pueden ser cómplices de alguna trapisonda, al certificar, por caso, la autenticidad de algún cuadro falsificado. O al revés: ser los artífices del esclarecimiento de algún robo o falsificación.
–¿Por qué el arte resulta tan atractivo para el crimen organizado?
–Por una cuestión práctica, entre otras razones; a saber: una simple tela firmada por algún artista de renombre puede llegar a valer más que 10 toneladas de cocaína.
Programa de televisión "Historia del crimen", conducido por Ricardo Ragendorfer, Lorenzo Quinteros y Darío Villarruel.
Foto: María Kusmuk
–El libro también analiza el mundo de la falsificación, donde la Argentina, además, tiene cierto protagonismo: ¿cuánto hay de complicidad en una obra falsa que circula y qué roles son imprescindibles?
–Suele soslayarse el carácter artístico de las falsificaciones. Porque no se trata únicamente de duplicar, por ejemplo, el "Guernica", de Picasso, sino de imitar a la perfección la firma del autor, para así atribuirle obras que no le pertenecen. Es decir, colocar en el mercado un cuadro de Picasso que Picasso jamás pintó. En eso también consiste el engaño.
–¿Es el patrimonio artístico argentino víctima de las modalidades delictivas y del tiempo histórico del país? Es decir, la dictadura, las mafias, los poderosos ¿roban y falsifican en sintonía con lo que ellos mismos son o buscan en el momento en el que están activos?
–Los grandes cataclismos históricos suelen ser generosos en materia de saqueos artísticos. Lo prueba Dominique Vivant Denon durante las invasiones napoleónicas o el jerarca nazi Hermann Goering durante la Segunda Guerra Mundial. En la Argentina, una gran postal de época fue, durante la última dictadura, el robo del Museo de Bellas Artes perpetrado por agentes de la SIDE, quienes incluso torturaron a los empleados para que les dijeran cuáles eran los cuadros más valiosos.
Ricardo Ragendorfer. Foto: Ariel Grinberg.
–La última: en algún momento, un funcionario especializado de Interpol te confiesa que el libro les fue de gran ayuda. ¿En qué sentido y por qué pensás que se volvió un clásico del tema?
–En efecto, el funcionario en cuestión fue Marcelo El Haibe, director de la División de Patrimonio Histórico de Interpol. Sería poco humilde de mi parte enumerar las razones por las cuales este libro se convirtió en un clásico, algo que, por otra parte, no deja de causar mi asombro. Lo que sí puedo decir es que, dado que investigar este asunto fue para mí un viaje placentero, su resultado –o sea, este libro– es nada menos que el informe de una aventura.
Todavia no hay comentarios aprobados.