Enrique Rojas construye una definición de mujer madura que se aparta de lo puramente biográfico o estético. En la frase difundida en un artículo de la revista Clara, el especialista dice que es “aquella que ha hecho las paces con su pasado, que ha sabido perdonar y perdonarse, y que mira al futuro con ilusión”.
No habla de edad, ni de experiencia acumulada sin más, sino de un trabajo interior. La madurez, en su planteo, no sería tanto el paso del tiempo como la forma en que una persona consigue ordenarlo dentro de sí.
Lo primero que llama la atención es esa expresión, “hacer las paces con su pasado”. No se trata de borrarlo ni de idealizarlo, sino de dejar de pelearse constantemente con lo que fue.
En su discurso habitual como psiquiatra especializado en el abordaje clínico de la depresión, la ansiedad y los trastornos de la personalidad, esa idea tiene bastante sentido: una vida emocional más estable no nace de no haber sufrido, sino de integrar la experiencia sin quedar atrapado en ella. Aquí la madurez aparece como reconciliación, no como dureza.
El segundo concepto es todavía más exigente: “ha sabido perdonar y perdonarse”. Ese doble movimiento importa mucho. No basta con liberar resentimientos hacia otros; también hay que salir del castigo propio.
Enrique Rojas, psiquiatra.
Las versiones difundidas del mismo contenido resumen esa idea con otra formulación muy cercana: “Perdonarse, dejar atrás la culpa y seguir”. Esa ampliación ayuda a entender que Rojas no está hablando de indulgencia ingenua, sino de dejar de vivir bajo el peso permanente de la culpa.
La tercera parte de la frase completa el retrato: “mira al futuro con ilusión”. Ese remate es clave porque evita que la madurez quede reducida a balance o aceptación resignada. Para Rojas, una persona madura no solo se reconcilia con lo que vivió; también conserva proyecto, deseo y apertura hacia lo que viene. La ilusión, en ese marco, no es ingenuidad, sino vitalidad psíquica.
A su vez, esa filosofía se encuadra dentro de una de sus teorías más conocidas: la necesidad de que cabeza y corazón trabajen en sintonía: "La felicidad es un equilibrio dinámico entre la cabeza y el corazón. Una persona feliz ha logrado que la razón y el sentimiento bailen la misma melodía".
"La felicidad de la mujer moderna no se encuentra en el éxito profesional aislado, que a menudo se convierte en un desierto afectivo si no hay con quién compartirlo", explica en El hombre de hoy.
Por eso sus palabras cobran tanta fuerza. Rojas no define la madurez femenina desde fuera, por apariencia o por rol, sino desde una arquitectura emocional muy concreta: paz con el pasado, perdón hacia otros y hacia una misma, y capacidad de seguir mirando adelante.
Hay algo muy clásico en esa visión, pero también bastante útil. En vez de presentar la madurez como pérdida o cierre, la plantea como una forma más serena y más libre de habitar la propia historia.
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