11/10/2026 08:04
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Luces amarillas en el crecimiento de la economía

Luces amarillas en el crecimiento de la economía

El Banco Mundial redujo su previsión para 2026 a 2, 1%, después de haber calculado 4% en enero y revisado a 3, 6% en junio. Entre enero y julio la actividad acumuló un crecimiento

La economía argentina volvió a encontrarse con una escena conocida: los indicadores que parecían anunciar una recuperación vigorosa comenzaron a perder fuerza antes de que la mejora llegara a la mayoría de los hogares y las empresas. No hay una nueva crisis a la vista, pero tampoco el despegue que se imaginaba a comienzos de año. El problema no es que la economía no crezca. Es que crece poco, de manera desigual y con una base todavía demasiado frágil.

El Banco Mundial redujo su previsión para 2026 al 2,1%, después de haber calculado un 4% en enero y un 3,6% en junio. La revisión no es una cuestión menor: indica que el rebote posterior a la recesión perdió velocidad y que la estabilización, por sí sola, no generó todavía un ciclo amplio de inversión, empleo y consumo.

Entre enero y julio, la actividad acumuló un crecimiento interanual de 1,7%, impulsado principalmente por agricultura, minería, petróleo y gas, mientras la industria manufacturera se mantuvo por debajo de niveles anteriores. Esa concentración explica por qué las cifras agregadas pueden ser positivas sin que la mejora resulte evidente en el empleo o en los ingresos de una parte importante de la población.

El equilibrio fiscal, la menor emisión y la acumulación de reservas alejaron los escenarios extremos que condicionaron a la Argentina durante años. Son avances necesarios y, sobre todo, difíciles de reemplazar. Pero el orden macroeconómico no se convierte automáticamente en ventas, salarios o nuevos puestos de trabajo. Entre una cosa y la otra existe un puente llamado confianza, y ese puente requiere tiempo, crédito y reglas duraderas.

Las familias continúan administrando sus gastos con cautela. Las empresas que dependen del mercado interno encuentran una demanda débil y márgenes estrechos. También creció la mora de forma preocupante. Y los inversores, aun cuando reconocen la mejora de las cuentas públicas, exigen una rentabilidad alta para compensar décadas de volatilidad. La estabilidad comenzó a reconstruirse; la memoria de las crisis, en cambio, todavía pesa sobre cada decisión.

El dato de julio resumió ese freno: la actividad cayó 1,4% interanual y 2,9% frente al mes anterior, aunque la tendencia-ciclo mostró una suba leve del 0,2%. Una medición mensual no define por sí sola el rumbo de la economía, pero confirma que la recuperación perdió homogeneidad y que varios sectores siguen sin encontrar un impulso sostenido.

El mapa productivo muestra dos realidades. Por un lado, el agro, la energía y la minería expanden su producción, atraen capital y generan dólares. Por otro, ramas industriales, la construcción, el comercio y muchas pequeñas y medianas empresas soportan costos elevados, competencia importada y un consumo que no termina de afirmarse. La economía exportadora empuja; la economía doméstica avanza con dificultad.

Esta misma situación se refleja en las fusiones y adquisiciones (M&A por sus siglas en inglés) de las empresas. Al igual que en años anteriores, las industrias que resultaron motores fueron gas y petróleo, minería, energía y agroindustria. Algunas de las razones que lo explican: son sectores que cuentan con marcos claros y previsibles, la Argentina presenta importantes ventajas competitivas en dichos sectores y además son fuertes generadores de divisas exportadoras.

"Algunas fueron la adquisición de Prisma por parte e VISA, la compra de Equinor Argentina por parte de YPF y Vista, la adquisición de Mastellone Hnos por parte de Arcor y Danone y la compra de Raizen Argentina por parte de Mercuria", dice F&G Advisors.

Durante décadas, cada expansión argentina chocó con la falta de divisas. Cuando aumentaban el consumo y la producción, subían también las importaciones de insumos y maquinaria. Sin dólares suficientes, el crecimiento terminaba en devaluación, controles y recesión. Hoy el frente externo ofrece una oportunidad distinta: la energía y la minería se sumaron al agro como fuentes crecientes de exportaciones. En otras palabras, son los motores de la nueva economía.

En agosto, las exportaciones alcanzaron US$ 8.883 millones y la balanza comercial registró un superávit de US$ 2.187 millones, el trigésimo tercer resultado positivo consecutivo. Para todo 2026 se proyecta un récord exportador de US$ 102.000 millones. La restricción externa se afloja, pero los dólares todavía deben transformarse en infraestructura, proveedores locales, empleo y tecnología para arrastrar al resto de la economía.

Así, la Argentina puede exhibir mejores números fiscales y, al mismo tiempo, seguir siendo un país caro para financiar un proyecto de largo plazo. La inversión requiere estabilidad monetaria, previsibilidad regulatoria, un sistema tributario menos distorsivo, infraestructura y crédito. Si las reglas parecen transitorias, las decisiones empresarias también lo serán.

En otras palabras, la economía argentina no está detenida, pero todavía no construyó un mecanismo de crecimiento capaz de sostenerse y distribuir sus beneficios. El dilema es si ésto es posible o si las distorsiones seguirán cada vez más marcadas.

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