17/07/2026 04:00
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La Ilustración oscura: el pensamiento que une a Trump, Peter Thiel, Silicon Valley y las nuevas derechas

La Ilustración oscura: el pensamiento que une a Trump, Peter Thiel, Silicon Valley y las nuevas derechas

El pensador francés Arnaud Miranda analiza el resultado de la mezcla entre tradición libertaria, tecnofuturismo y el papel de la tendencia reaccionaria que atraviesa este tiempo. E

La “Ilustración oscura” es más que un concepto, es casi un universo pensado y difundido en la web por teóricos como Curtis Yarvin y Nick Land y que tuvo la capacidad de abandonar la categoría de subcultura digital para volverse la arquitectura ideológica del trumpismo. ¿También del mileísmo? Mezclando anacronismos y ciberfuturismo, estos ideólogos promueven el tecnoautoritarismo, la privatización del Estado y la abolición democrática. El filósofo francés Arnaud Miranda, autor de La Ilustración oscura. Comprender el pensamiento neorreaccionario (Les Lumières sombres. Comprendre la pensée néoréactionnaire) radiografía el ascenso de estas ideas de la mano de magnates tecnológicos publicado en español por Taurus. En las últimas décadas, explica el pensador, el ecosistema digital estadounidense engendró una contracultura radical gestada en el anonimato de blogs y foros oscuros. Bautizado por sus propios creadores como “Neorreacción” o “Ilustración oscura”, el movimiento articula una distopía a la vez arcaica y transhumanista. Sus dogmas centrales –clausurar la democracia, instaurar regímenes ejecutivos tipo CEO, restaurar jerarquías sexuales y reivindicar el determinismo biológico– han saltado de los márgenes a la agenda hegemónica. Nutridos por las finanzas de la élite de Silicon Valley, estos ideólogos han encontrado el escenario perfecto para materializar sus planes tras la reelección de Donald Trump.

Arnaud Miranda es doctor en Teoría Política asociado al Centro de Investigaciones Políticas de Sciences Po. Foto: Emmanuel Fernández.

Arnaud Miranda (Clermont-Ferrand, Francia, 1997) es doctor en Teoría Política asociado al Centro de Investigaciones Políticas de Sciences Po. Desde 2019 enseña Historia de las ideas políticas y Filosofía en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), en la Universidad de Versailles Saint-Quentin y en el Instituto Católico de París. Estuvo en Buenos Aires participando de la reciente edición de La noche de las Ideas. Sentado en el hall de un hotel porteño, Miranda explicó este concepto político, que, como un fantasma recorre el mundo.

–Muchos analistas describen el auge de las nuevas derechas como una reacción cultural frente al progresismo. Usted, en cambio, tiende a relacionarlo con transformaciones más profundas del capitalismo contemporáneo. ¿Qué aspectos de este fenómeno quedan ocultos cuando se interpreta únicamente como una “guerra cultural”?

–Este trabajo de investigación sobre las “luces oscuras” (traducción literal del título de su libro) proviene, de hecho, de una tesis doctoral dedicada al imaginario de la decadencia en el pensamiento político de los siglos XX y XXI. Y me había centrado en la forma en que las metáforas, la imagen de la decadencia, viajaban, desde un corpus reaccionario de los años 20 y 30 hasta el pensamiento, no de derecha, sino de izquierda en los años 70-80, especialmente en autores como Gilles Deleuze y Félix Guattari, y me había preguntado sobre el legado de este pensamiento de la decadencia que, evidentemente, había sido reinterpretado en un sentido no reaccionario en el pensamiento de izquierda, y cómo se ha retomado este legado en la actualidad. Consideré varias opciones, varias constelaciones ideológicas en las que la decadencia estaba presente. Pero la que me pareció más interesante, aunque estaba bastante poco estudiada, fue lo que se llama la neorreacción, y puntualmente porque Nick Land había tenido la particularidad de pasar de la izquierda hasta la extrema derecha; y esta corriente, o mejor dicho, este paso, esta trayectoria, me parecía un contrapeso interesante respecto a lo que había estudiado, es decir, la reacción retomada y revertida, remodelada por el pensamiento de izquierda y, finalmente, casi un retorno a la reacción con Nick Land haciendo el contrapeso inverso.

Nick Land. Foto: Wikipedia

–¿Dónde se formó Nick Land?

–Ya era conocido antes de ser neorreaccionario. Era un filósofo que trabajaba en la Universidad de Warwick, sus trabajos no eran muy clásicos en el sentido literal del término, ya que había desarrollado un pensamiento muy radical. De todos modos, se impuso como una de las figuras de la filosofía de vanguardia de lo que podríamos llamar el posmarxismo. Y así, adquirió popularidad primero en la vanguardia cultural de izquierda y tuvo una influencia bastante notable en lo que en filosofía se denomina los nuevos materialismos o el muy específico realismo especulativo, que es una corriente importante de la década de 2000, y, por lo tanto, en la teoría de izquierda, no en la de derecha. Ya tenía un público, ya gozaba de notoriedad antes de dar su giro progresivo en los años 2000, pero sobre todo a partir de la década de 2010 hacia la neorreacción. Desde que es neorreaccionario, ha adquirido una popularidad un poco diferente, al ser adoptado por una parte de la extrema derecha, ya que tiene un pensamiento bastante crítico. Y no es el formato clásico del pensamiento de derecha, que es un pensamiento aceleracionista con la idea de un desarrollo sin restricciones de la tecnología y del capitalismo. Por lo tanto, tiene cierta aceptación en una especie de nicho ideológico de la extrema derecha favorable a la innovación tecnológica.

–¿Qué elementos de su pensamiento han logrado salir del círculo filosófico para influir en empresarios, tecnólogos y en sectores políticos? No sé si Trump lo ha leído…

–En cuanto a Nick Land, creo que podemos afirmar sin lugar a dudas que Trump no lo ha leído y, de hecho, es el actor más filosófico de esta. Hay un actor que es quizás el más citado, Curtis Yarvin, es muy político y, por lo tanto, se involucra más claramente en los círculos trumpistas y tiene vínculos mucho más directos con los actores del trumpismo. Nick Land es diferente. Lo citan sobre todo actores del sector tecnológico por su defensa del aceleracionismo. Lo encontramos en la bibliografía que sugiere Marc Andreessen, un multimillonario de la tecnología, fundador de Netscape y uno de los grandes inversionistas de Silicon Valley, que escribió en 2023 un manifiesto tecnooptimista que no es muy filosófico, no muy elaborado, pero que cita a Nick Land como una de sus inspiraciones. Lo que queda del pensamiento de Nick Land en Silicon Valley, es la idea de una desregulación de la innovación, de un aceleracionismo, que es un término que se retoma, pero que se retoma sin todo el aparato filosófico de Nick Land, que lo mantiene ante todo como la cuestión de la aceleración tecnológica.

Curtis Yarvin. Foto: Wikipedia

–Peter Thiel ha cuestionado abiertamente algunos principios de la democracia liberal. ¿Estamos asistiendo al surgimiento de una nueva élite política nacida en Silicon Valley, con ambiciones de gobierno propias?

–En este momento los emergentes de una nueva élite política nacida en Silicon Valley tienen sus propias ambiciones. Peter Thiel es un actor muy interesante porque es a la vez un promotor financiero de esta ideología neorreaccionaria que he estudiado, ya que financió la startup de Curtis Yarvin y le permitió penetrar en los círculos económicos y políticos cercanos al trumpismo. Thiel pretendía renovar el trumpismo. Así pues, le permitió conocer a J. D. Vance en la segunda mitad de la década de 2010, y también a Michael Anton y a Blake Masters, figuras clave de la renovación del trumpismo entre el primer y el segundo mandato. Es a la vez un promotor económico activo que financió y contribuyó a la penetración de sus ideas en la élite trumpista, pero también es un motor ideológico: Peter Thiel no es solo un empresario. Desde los años 90, ha tenido una ambición y deseo de que se le tome en serio desde el punto de vista intelectual.

–¿En qué rama libertaria se encuentra?

–Escribió su primer libro en los años 90, y siempre ha mantenido una especie de producción ideológica, teórica. Su evolución es bastante significativa desde lo que en EE. UU. se llama paleolibertarismo, una forma de libertarismo conservador del que también viene Milei, ya que el pensador principal del paleolibertarismo es Murray Rothbard, el referente de esta rama muy conservadora del libertarismo. Peter Thiel proviene de ahí y ha seguido una trayectoria intelectual que lo ha llevado progresivamente a lo que se llama un poslibertarismo, una salida del libertarismo, el ideal de los libertarios. Para Rothbard y Peter Thiel en los años 90, el ideal era el salir del Estado, crear comunidades alternativas, independientes para salir del Estado y de la democracia en particular, que se considera como el enemigo potencial del libertarismo. Pero existe la idea de que no se trata de derrocar la democracia, sino de salir de la democracia. Y a partir de la década de 2010, vemos que algo cambia, no solo en Peter Thiel. Se trata de considerar que el libertarismo concebido como tal es demasiado utópico, que no es lo suficientemente pragmático y que, en lugar de hacer sus movimientos en relación con el Estado, se trata de tomar el control del Estado.

Peter Thiel sale de la Casa Rosada luego de reunirse con Milei, el 23 de abril de 2026. Foto: REUTERS/Matias Baglietto

–¿En qué se destaca Curtis Yarvin?

–Teoriza sobre cuáles son los fundamentos de la neorreacción, pero también lo encontramos en Peter Thiel en los textos que escribió a finales de la década de 2000, en particular en uno titulado The Education of a Libertarian, en el que afirma que ya no cree que la democracia y la libertad sean compatibles; en otras palabras, que existe la opción de esas sesiones, pero también que, si queremos un régimen de libertad aquí mismo, hay que derrocar la democracia. Él desarrolló un pensamiento inspirado no en René Girard o Leo Strauss, si no en Carl Schmidt. Era la figura teórica más importante para Peter Thiel. Schmidt era un autor reaccionario que estuvo afiliado al partido nazi. Y, por lo tanto, para entender a Peter Thiel, hay una especie de trayectoria de salida del libertarismo y de, aunque pueda parecer contradictorio, una conquista del Estado, para cambiarlo desde dentro, desmantelarlo, para reducirlo a su mínimo y para privatizarlo. Y eso es lo que resulta muy interesante de una figura como Peter Thiel: mezcla su proyecto económico, político e ideológico de manera completamente entrelazada. Palantir es un buen ejemplo de ello. Es a la vez una empresa que genera ganancias y que tiene un objetivo ideológico y político, ya que se trata de parasitar al Estado para privatizar sus funciones esenciales, como la vigilancia y el control tanto del territorio interno como para participar en operaciones militares. Esto resulta esencial para la vigilancia necesaria para llevar a cabo ciertas operaciones militares, como fue el caso en Irán.

–¿Las posibilidades de Palantir son infinitas?

Palantir no es simplemente una empresa, es también un proyecto ideológico y político y, de hecho, han publicado un manifiesto en X, en nombre de la empresa matriz, donde se manifiesta esta visión del mundo. Hay un proyecto que es la condensación de todas estas cosas. Peter Thiel es muy interesante, porque no es el mayor teórico de esta constelación, pero sí es quien la promueve de manera más eficaz.

Protesta en Berlín contra TRump y Palantir en septiembre de 2025. Foto: REUTERS/Fabrizio Bensch

–Compró una casa en Buenos Aires.

–Sí, claro, y Peter tiene la vocación de exportar un poco este modelo; fue a Europa, hizo una gira dando conferencias para desarrollar su pensamiento, vino a Argentina, donde tiene un vínculo bastante importante con el gobierno actual. Así que hay una voluntad de difundir sus ideas; no es simplemente un pensamiento estadounidense, tiene vocación de tener una influencia mucho más amplia. Eso está claro. Este proyecto no es únicamente estadounidense.

–¿Y cuál es tu hipótesis sobre el auge de las nuevas derechas? ¿Se trata de una reacción cultural frente al “wokismo» o de una nueva cara del capitalismo?

–Tal como lo han planteado los actores, son ambas cosas. Lo interesante es, de hecho, que esta constelación ideológica también se aplica a otras formas de la derecha, que se presentan como una contracultura digital. Jarvin, Land y todos los demás productores de ideas son actores que actúan en Internet ante todo, son personas que a finales de la década de 2000 escribían blogs y luego pasaron a las redes sociales. Estas ideas surgieron en Internet como contracultura, presentándose como focos de resistencia frente a una ideología que sería dominante. Y por lo tanto, que en ese entonces no se llamaba “wokismo”, pero que se asimilaba a una forma de progresismo democrático, universal, igualitario, etcétera. Así que es cierto que se definen literalmente en contra de esa ideología, pero también en su forma, la idea de que hay que escribir bajo seudónimo, hay que usar otro tipo de lenguaje que no sea el académico, mucho más irónico, impregnado de cultura pop, haciendo uso del humor, del trolling, etcétera, precisamente porque se trata de desarrollar una contracultura frente a esa ideología progresista.

California Silicon Valley Foto del sitio San Francisco Bay University

–Una ideología en crisis...

–No se puede decir que sea el progresismo el que simplemente haya provocado el surgimiento de este control cultural. Eso sería, evidentemente, demasiado simplista y confiar en la forma en que ellos mismos presentan esta posición. Es un poco más complicado que eso y que, evidentemente, hay una dimensión mucho más amplia que podemos llamar una forma de reflujo liberal en sentido general. Es algo que han estudiado numerosos investigadores, que muestra que, desde la década de 2000, asistimos a una transformación geopolítica del ideal liberal que consistía en concebir el orden internacional como evidentemente imperfecto, pero destinado a ser multilateral, un orden de paz en el que la democracia debía ser la forma ideal de todos los gobiernos.

Evidentemente, eso no significa que fuera lo que realmente ocurría, pero era el horizonte presentado y defendido, en particular, por las grandes potencias, incluidos los EE. UU. Nos encontramos ante una clara ruptura en este plano, tenemos un retroceso de esa idea y una imposición progresiva de los modelos iliberales y, en particular, de la forma de imperio en los discursos. Es decir, por un lado, EE. UU. se presenta como un imperio liberal en respuesta a lo que percibe como una construcción imperial por parte de China. Así pues, estamos asistiendo al paso de un mundo liberal hacia, progresivamente, un mundo ilegal. Mientras, en el seno mismo de las democracias liberales, en una tendencia a volver sobre este legado o este ideal liberal.

Los gigantes tecnológicos que han dado un giro hacia la derecha no se derrumbarán, en mi opinión, el día que Trump pierda las elecciones: seguirán ahí, han derribado barreras que permanecerán destruidas. Y por eso creo que hay una perdurabilidad de este movimiento liberal que nos espera en el futuro, aunque Orbán haya perdido, aunque Trump pueda salir debilitado de las próximas elecciones de mitad de mandato y tal vez pierda las próximas elecciones. La cuestión es que el equilibrio de estos movimientos no es evidente, pero, por otro lado, la perdurabilidad del iliberalismo parece ser, de todos modos, una nueva realidad de nuestra época. Una de las razones principales es el hecho de que la mayoría de las potencias admiten prácticamente en su discurso que, efectivamente, estamos viviendo una ruptura histórica y que la democracia liberal es, en cierto modo, parte del pasado.

Mientras las potencias acepten este relato, no veo cómo el liberalismo no podría seguir teniendo un buen futuro por delante. Y uno de los elementos principales, por ejemplo en Estados Unidos, es la confrontación con China, con la idea de que China, por ser liberal, es más eficaz y que la democracia es demasiado lenta, incierta y, por lo tanto, hay que encontrar formas más eficaces. Y mientras persista este discurso, creo que el liberalismo seguirá siendo una opción viable.

Perros robóticos con cabezas de silicona inspiradas en Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y otros, en la instalación artística interactiva «Beeple. Regular Animals» del artista Beeple (Mike Winkelmann), en la Neue Nationalgalerie de Berlín, Alemania, el 30 de abril de 2026. REUTERS/Lisi Niesner

–La extrema derecha del siglo XX apelaba a mitos nacionales y tradiciones históricas. Parte de la nueva derecha del siglo XXI parece fascinada por la innovación tecnológica, la inteligencia artificial y el futurismo empresarial. ¿Qué cambió en la imaginación política de la reacción?

–Hay algo que ha surgido con esta corriente neorreaccionaria, y es esa fusión, en efecto, entre la tradición reaccionaria más clásica, que es fundamentalmente desigualitaria, que defiende una soberanía muy fuerte al afirmar que el conflicto es ineludible en la sociedad humana y que, por lo tanto, se necesita una autoridad para ponerlo en orden, y suman un rechazo muy fuerte a la democracia. Eso es típico del pensamiento reaccionario y no es nada nuevo. En cambio, lo que sí es nuevo es, por un lado, la herencia libertaria, esa fusión entre la reacción antidemocrática y el libertarismo, que fue preparada por el paleolibertarismo y demás, pero que no existía.

Eso es una novedad y el segundo elemento es no solo un tecno-optimismo, sino un verdadero futurismo, es decir, la idea de que no solo hay que servirse de la técnica, sino que la técnica nos proyecta hacia un futuro nuevo, una especie de reconquista del futuro por parte de pensamientos reaccionarios. Eso es relativamente nuevo, si miramos la historia del siglo XX, algunas ramas del fascismo ya tenían ese elemento tecnofuturista, pero no tenían esa dimensión libertaria que ha surgido. Es muy ambiguo, porque hay un uso estatal de estas plataformas, por cierto, a veces con fines de lucha o incluso de guerra informacional. En cambio, lo que he visto surgir es una nueva forma de producción ideológica. Se trata de una corriente, la neorreacción, que se formó de manera completamente descentralizada con personas que no eran ni intelectuales reconocidos, ni personas que se expresaran en los periódicos, ni escribieran libros.

Nick Land es una excepción porque antes escribía libros, pero se convirtió en bloguero. Pero la mayoría de los demás autores son personas que se mantuvieron incluso bajo seudónimos. Hoy conocemos a los más famosos, que son aquellos que han sido doxados o que han aceptado intentar revelar su nombre. Pero la mayoría, cientos de blogueros, siguen siendo desconocidos y utilizan seudónimos. El desarrollo de su doctrina comienza con los primeros textos de Yarvin alrededor de 2007, pero se intensifica en 2012-2013.

Fiesta en la Embajada de Estados Unidos para celebrar los 250 años independencia. Cuadro Javier Milei y Donald Trump. Foto: Maxi Failla

–¿Cómo entra Milei en este mapa?

–El mileísmo no es una réplica del trumpismo, no funciona así. Sin embargo, desde el punto de vista ideológico, hay ideas y métodos de expresión de esa producción ideológica que son bastante similares y que, de hecho, circulan. Y sobre la dimensión libertaria, encontramos ciertos elementos. No digo que Milei sea un neorreaccionario, creo que, como tal, no lo es, no ha leído a esos autores, pero hay ciertos elementos, sobre todo en torno a Santiago Caputo, a veces el estilo de Las fuerzas del cielo, ciertos elementos que están muy cerca de la neorreacción. Es decir, de esa fusión entre un libertarismo y un imaginario auténticamente reaccionario y antidemocrático. Eso existe en Argentina y lo que es particular aquí y que no se encuentra, por ejemplo, en Europa, es que hay una circulación de estas ideas cercanas al gobierno.

Nosotros, en Europa, tenemos receptores de estas ideas, pero que no están vinculados a partidos de gobierno. En todo caso, por ahora, podría suceder en Francia próximamente, pero no son ideologías cercanas al gobierno. Así que creo que esa es una particularidad, la mezcla entre libertarismo y una forma de imaginario reaccionario. Eso es lo que me parece que es la particularidad y lo que resuena con ciertas partes del trumpismo. Pero la analogía se detiene en el momento en que también hay que tomar en cuenta el mileísmo como una crítica al peronismo y no solo al Estado en sentido amplio. No quiero decir que sea lo mismo.

Desde 2019, Miranda enseña Historia de las ideas políticas y Filosofía en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), en la Universidad de Versailles Saint-Quentin y en el Instituto Católico de París. Foto: Emmanuel Fernández.

–Las nuevas derechas suelen acusar a las universidades, los medios de comunicación y las instituciones culturales de formar parte de una élite alejada de la sociedad. ¿Cómo interpreta esa disputa por la legitimidad del conocimiento y quién cree que está ganando esa batalla cultural?

–Es curioso, es una interpretación de la nueva derecha, especialmente europea, y en particular de Alain de Benoist, quien retoma a Antonio Gramsci para crear un gramscismo de derecha, y descubrí que él había escrito un libro sobre el tema, así que esa expresión me llamó la atención. Esta cuestión es que sí, hay algo bastante notable en este imaginario neorreaccionario, y es la idea de que existe lo que Yarvin, por ejemplo, llama “la catedral”. Es decir, lo que mantiene a la democracia liberal corrompida no es un complejo militar-industrial, como se decía a veces antes, sino un complejo académico-mediático. Así que habría una élite intelectual académica que produciría una ideología –el progresismo, el universalismo, el igualitarismo– difundida por los medios de comunicación y que, por lo tanto, controlaría la opinión pública y, dado que estamos en democracia, los responsables políticos no podrían ir en contra de esta ideología.

Casi existe la idea de que, mecánicamente, las universidades y los medios de comunicación bloquean cualquier cambio político importante. Y lo que dice Yarvin es que la única forma de cambiar las cosas es, en primer lugar, hacer estallar ese bloqueo que es “la catedral”. Es una visión muy irónica ya que es casi una religión. Y lo interesante es que el ataque se puede interpretar como una forma básica de populismo que, por así decirlo, juega con un resentimiento que existe y que probablemente es compartido por una parte de la población frente a una élite que se considera desconectada. Se puede interpretar así, pero también se puede ver como una apuesta estratégica para derribar efectivamente los contrapoderes que la extrema derecha reconoce como verdaderos contrapoderes.

Arnaud Miranda participó de La noche de las ideas en Buenos Aires, 2026.. Foto: Emmanuel Fernández.

Y, en cualquier caso, creo que ambas lecturas deben tenerse en cuenta conjuntamente, es decir, que no se trata simplemente de un elemento del discurso, sino también de un elemento estratégico de destrucción de los contrapoderes que impiden, o al menos que son reconocidos por estos actores como obstáculos que impiden, la transformación política. Lo interesante es que casi se podría decir que estos actores se toman muy en serio el papel de los medios de comunicación y los intelectuales, ya que los ven como objetivos prioritarios. Incluso más de lo que los propios intelectuales y los medios se toman en serio a sí mismos como verdaderos contrapoderes. Es bastante curioso. Y la cuestión de si están ganando la batalla cultural. La pregunta es: ¿en qué nivel se sitúa esta batalla? ¿Se sitúa en la opinión pública o se sitúa en la resistencia efectiva de ciertos focos de contradiscurso? En la opinión pública, creo que hay un verdadero giro hacia la derecha, al menos en Estados Unidos, en Argentina, también tengo esa impresión. Europa está viviendo un verdadero giro hacia la derecha de la opinión pública y, por lo tanto, hay una verdadera victoria de la derecha. En cambio, en cuanto a la destrucción de las universidades y los medios de comunicación, se han asestado golpes, pero aún se conserva ese espacio de contrapoder o, en todo caso, ese espacio intelectual que no está alineado con el gobierno. Así que la batalla en ese sentido no ha terminado del todo, ya que no ha habido una destrucción total de la universidad y los medios de comunicación.

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