Cada 11 de septiembre se celebra en la Argentina el Día del Maestro, en conmemoración de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, ocurrida en 1888. Conocido como el “padre del aula”, Sarmiento defendió una educación pública, gratuita y común como base para el desarrollo del país. Su figura permanece asociada con la construcción de escuelas y con una idea que atravesó generaciones donde la educación puede transformar una sociedad. Durante el siglo XX, esa convicción encontró continuidad en la trayectoria de otro argentino, menos conocido a escala nacional, pero protagonista de una obra extraordinaria, Nicolás Levaggi.
Levaggi nació el 17 de junio de 1920 en Villa Crespo. Cuando tenía cinco años se trasladó con su familia a Villa Devoto, donde cursó la escuela primaria en la Escuela Nº 15 Antonio Devoto. En 1940 se recibió de maestro normal nacional en la Escuela Normal de San Martín.
Su vocación apareció antes de obtener el título. Mientras estudiaba, instaló una pequeña academia en su casa para ayudar a niños con dificultades escolares y, con ese trabajo, también contribuía a la economía familiar.
En 1943 comenzó a desempeñarse como preceptor en el Liceo Militar y, tres años más tarde, regresó como docente a la Escuela Antonio Devoto, esta vez como colega de quienes habían sido sus maestros.
Sin embargo, una de las experiencias más profundas de su carrera ocurrió fuera de las aulas tradicionales. Entre 1947 y 1969 trabajó en el sistema penitenciario, principalmente con personas que no sabían leer ni escribir. En 1960 puso en funcionamiento la Escuela Especial de Adultos de la Unidad Nº 3 de Villa Devoto. Más adelante impulsó el Centro de Estudios de la Colonia Penal de Ezeiza, en la Unidad Nº 19.
El contacto cotidiano con los internos modificó su manera de entender la enseñanza. Levaggi estaba convencido de que la alfabetización no consistía solamente en transmitir conocimientos elementales. Para él, aprender a leer y escribir podía ser el comienzo de una recuperación personal y social. Por eso también promovió la enseñanza secundaria dentro de los establecimientos penitenciarios. “Ahí me di cuenta, siendo maestro de internos analfabetos, que debía ponerme a pensar en serio en rescatar para la sociedad a todos aquellos que fueran recuperables”, recordó en una entrevista publicada por la revista Gente en 1975.
Aquella experiencia fortaleció una vocación que marcaría el resto de su vida: crear escuelas allí donde hicieran falta. Durante aproximadamente cinco décadas, Levaggi pparticipó en la puesta en marcha de 48 establecimientos educativos en distintos puntos del país. Su labor comprendió jardines de infantes, escuelas primarias, secundarias, técnicas y especiales, además de centros educativos destinados a personas privadas de su libertad.
Su método comenzaba con una recorrida. Visitaba los barrios, identificaba las necesidades y buscaba un terreno adecuado. Después gestionaba su adquisición ante las autoridades, organizaba comisiones vecinales y pedía la colaboración de empresas y particulares. Solicitaba donaciones de puertas, ventanas, vidrios, cerámicos y otros materiales. En algunas oportunidades, adelantó dinero propio e incluso hipotecó su casa para evitar que las demoras administrativas detuvieran las obras.
Una de sus primeras iniciativas fue la construcción de la antigua Escuela Nº 33 de Morón, luego denominada Escuela Nº 5, en la zona de Santa Clara. Las obras comenzaron alrededor de 1958 y el establecimiento empezó a funcionar al año siguiente. En 1960 fundó la Escuela Nº 62, actual Escuela Nº 16 Almafuerte, en Villa Tesei. También encabezó la comisión que hizo posible la creación, en 1964, de la Escuela de Enseñanza Media Esteban Echeverría, la primera secundaria estatal de Hurlingham. A esas instituciones se sumaron la Escuela Técnica República del Perú y la Escuela de Educación Especial Nº 501 de Jorge Newbery.
Su trabajo se extendió más allá del oeste bonaerense. Impulsó establecimientos en localidades y provincias como Morón, Haedo, Mar del Plata, Córdoba y Santa Cruz. No buscaba permanecer al frente de cada institución, sino ponerla en marcha y avanzar hacia la siguiente necesidad.
“Cada escuela que veo que comienza a funcionar es como si me diera una potente inyección de fuerza de voluntad. Inmediatamente, ya estoy pensando en la próxima”, explicó en aquella entrevista de 1975.
La obra de Levaggi tuvo una dimensión material evidente: edificios, aulas y escuelas que todavía forman parte de sus comunidades. Pero su legado no se limita a las construcciones. Su trayectoria expresa una concepción de la educación como herramienta de inclusión, recuperación y movilidad social.
En las cárceles procuró que sus alumnos encontraran una oportunidad para reconstruir sus vidas. En los barrios trabajó para que ningún niño quedara sin escuela por falta de infraestructura. En cada proyecto reunió a vecinos, autoridades y empresas alrededor de una responsabilidad compartida.
Levaggi consideraba que su mayor virtud era la perseverancia. Quienes lo conocieron destacaron también su austeridad, su severidad como docente y una vocación de servicio que continuó después de su jubilación, en 1975.
Falleció el 14 de marzo de 2005, luego de haber dedicado su vida a la enseñanza y al trabajo comunitario.
En el Día del Maestro, el recuerdo de Sarmiento permite reconocer una tradición argentina construida por miles de educadores. Nicolás Levaggi pertenece a esa historia. Si Sarmiento convirtió la educación en una causa nacional, Levaggi llevó esa causa a una escala concreta: recorrió barrios, movilizó comunidades, abrió aulas y sostuvo que siempre era posible crear una oportunidad más. Recordarlo es también reconocer a esos ciudadanos que, lejos de buscar notoriedad, hacen de su profesión una forma de transformar la vida de los demás.
Levaggi se definía con sencillez: “Yo soy solamente un maestro”. Su obra demostró todo lo que puede significar esa palabra.
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