La comunidad amish basa su estilo de vida en costumbres que cambiaron muy poco con el paso del tiempo. Sus miembros rechazan gran parte de la tecnología moderna, priorizan el trabajo y la familia, y entienden el matrimonio como un compromiso para toda la vida.
Fue en ese entorno donde crecieron Eli y Barbara Weaver, una pareja de Ohio que parecía compartir las mismas creencias, pero que en realidad llevaban años viviendo dos realidades completamente distintas. Mientras ella respetaba a rajatabla cada una de las normas, él hacía todo por sobrepasarlas.
Barbara y Eli se casaron en 1999 y, con el paso de los años, tuvieron cinco hijos. Para la comunidad eran una familia más, pero el matrimonio empezó a desgastarse mucho antes de que alguien lo advirtiera.
Eli nunca terminó de sentirse cómodo dentro de la vida amish. En dos oportunidades abandonó la comunidad para probar suerte en el mundo exterior, aunque siempre volvió cuando sentía que no era capaz de mantenerse lejos de ella. Cada regreso venía acompañado de promesas de cambio fugaces.
Con el tiempo, esa incomodidad dejó de ser un conflicto personal para convertirse en una doble vida. Elí tenía un celular que escondía para navegar en las apps de citas bajo el seudónimo "amish stud" (galán amish). Mantenía relaciones con distintas mujeres al mismo tiempo e incluso tuvo una hija fruto de ellas, a la que ayudaba económicamente sin que Barbara lo supiera.
Selfie que mandó Weaver en una app de citas. Foto: D. del Sheriff del Condado de Wayne
Las infidelidades eran solo una parte del problema. Con los años también aparecieron la violencia física y económica. Barbara dependía de Eli, incluso para comprar alimentos o cumplir las necesidades de sus hijos. Después del crimen, varios de ellos declararían que habían visto como su padre la empujaba y la golpeaba dentro de la casa.
Irse no era del todo una opción para ella. En la comunidad amish el divorcio prácticamente no existía y denunciar a un esposo no garantizaba protección. Un obispo reconocería más tarde que, de haber pedido ayuda, probablemente le habrían preguntando qué había hecho para provocar esa reacción.
Barbara empezó a escribir cada vez con mayor frecuencia en un diario que llevaba desde hacía años. Allí dejó registrado el deterioro del matrimonio, las infidelidades de Eli y la angustia que le provocaba ver el rotundo cambio del hombre con el que había formado una familia.
"¿Dónde está mi amigo?¿Dónde está mi esposo?", escribió después de descubrir una de las traiciones. También le confesó a su hermana, Fanny, que sospechaba que volvía a verlo con otra de sus amantes y temía que alguna quisiera dañarla.
Eli no pensaba en el divorcio como una posibilidad
Durante meses, Eli empezó a tantear a distintas mujeres con preguntas sobre venenos y formas de matar sin levantar sospechas. En algunas ocasiones habló de usar raticida. En otras llegó a fantasear con hacer explotar la casa, aún sabiendo que sus cinco hijos podrían estar adentro.
Ninguno de esos planes prosperó, pero dejaron en claro que el asesinato no fue una decisión tomada de un día para el otro. Él buscaba la manera de deshacerse de Barbara sin enfrentar las consecuencias de la separación.
La persona que terminó convirtiéndose en su cómplice fue Barbara Raber, una mujer amish con la que mantenía una relación sentimental desde hacía unos cuantos meses. Los mensajes que intercambiaban mostraban que ambos hablaban del asesinato con una naturalidad pavorosa.
Barbara Raber, amante y cómplice de Weaver. Foto: D. del Sheriff del Condado de Wayne
La madrugada del 2 de junio de 2009, mientras una tormenta caía sobre Apple Creek, Barbara Weaver dormía junto a varios de sus hijos, que esa noche se habían acomodado cerca de la habitación principal por miedo al mal tiempo.
Horas antes, Eli había regresado de un viaje de pesca, pasó unos minutos por la casa y volvió a salir rumbo al lago Erie junto a un grupo de amigos. Cuando amaneció, fueron los propios chicos quienes encontraron a su madre sobre la cama con un disparo en el pecho.
Tenía 30 años y la mataron mientras dormía
La escena descartó rápidamente la posibilidad de un robo. No había puertas forzadas, no faltaba dinero y el asesino parecía haber entrado con un único objetivo. Aún así, demostrar la culpabilidad de Eli no era sencillo.
Su viaje de pesca le daba una coartada y la prueba de residuos de disparo realizada sobre sus manos dio negativa. Durante un tiempo, la investigación pareció estancarse.
Con el avance de la causa comenzaron a aparecer los testimonios de sus amantes, conocidos y familiares. Todos coíncidian en lo mismo: un hombre que llevaba años engañando a su esposa, que hablaba abiertamente de querer deshacerse de ella y alternativas para matarla antes de encontrarse con Barbara Raber.
Los investigadores encontraron los celulares y recuperaron los mensajes que mostraban cómo ambos habían planificado el asesinato y coordinando los movimientos de aquella noche.
Encontraron mensajes de planificación del asesinato. Foto: D. correccional y de rehabilitación de Ohio.
Frente a la evidencia, Barbara Raber aceptó colaborar con la justicia y relató con detalle cómo se había planificado el homicidio. Su declaración terminó de comprometer a Eli, que en 2010 se declaró culpable para evitar un juicio por asesinato agravado y una posible condena a muerte.
El acuerdo le valió una pena de prisión perpetua sin posibilidad de condicional durante varias décadas, mientras que Raber recibió una condena menor por su participación en el crimen.
Desde la cárcel, Eli le mandaba cartas a viudas amish con la intención de comenzar nuevas relaciones sentimentales, como si el asesinato de Barbara hubiera sido solo un capítulo más de una cadena de manipulaciones.
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