Han pasado ya varios días desde que terminaron las vacaciones, pero para algunas personas la vuelta al trabajo y a los horarios habituales todavía no acaba de sentirse como algo normal. El despertador vuelve a sonar temprano, la jornada laboral ocupa otra vez buena parte del día y la agenda recupera poco a poco sus compromisos. Sobre el papel, todo ha vuelto a su sitio. Por dentro, en cambio, pueden quedar cansancio, dificultad para concentrarse o una falta de motivación que cuesta explicar cuando el verano ya parece quedar atrás.
Marta Ramo es psicóloga, está formada en Terapia Gestalt y en distintas terapias emocionales y corporales, y es la fundadora de Siente Bonito, un centro de psicología de Barcelona que reúne a profesionales especializadas en ansiedad, mejora personal, terapia de pareja, procesos de ruptura y acompañamiento a jóvenes y adolescentes. En consulta trabaja teniendo en cuenta las emociones, los pensamientos y también las sensaciones del cuerpo. La vuelta de las vacaciones, explica, puede dejar algo más que sueño acumulado o dificultad para recuperar los horarios: también puede hacer más evidente cuánto se necesita aquello que durante unas semanas parecía tan sencillo (tiempo, descanso, libertad, compañía) y que ahora vuelve a escasear.
¿Por qué los primeros días de vuelta a la rutina pueden resultar más difíciles de lo esperado, incluso después de unas vacaciones que han servido para descansar?
Durante las vacaciones el cerebro se acostumbra a un ritmo diferente. Cambian los horarios, se duerme más o a otras horas, hay menos obligaciones y, sobre todo, se recupera una sensación de mayor libertad para decidir cómo emplear el tiempo. Cuando regresan el trabajo, los estudios, los desplazamientos y las responsabilidades, el contraste puede hacerse notar. Eso no significa necesariamente que exista un rechazo hacia la vida habitual. Sencillamente, hace falta un pequeño periodo de reajuste. Además, durante las vacaciones suele haber más espacio para actividades agradables y para descansar. Al recuperar las obligaciones, pueden percibirse inicialmente como más pesadas de lo que parecían antes. Es como si el cerebro necesitara volver a coger ritmo y reorganizarse. Por eso, durante los primeros días puede costar más concentrarse, madrugar o recuperar la sensación de productividad habitual.
¿Es normal seguir algo desubicado después de varios días de vuelta?
Sí. Puede aparecer apatía, tristeza, irritabilidad, ansiedad, falta de motivación, cansancio o cierta dificultad para concentrarse. También puede surgir una especie de ‘pereza emocional’, esa sensación de pensar: ‘No me apetece volver a nada’. Dentro de ciertos límites, son respuestas normales ante un cambio de ritmo. No hay que interpretar automáticamente unos días de desánimo o dificultad para arrancar como una señal de que algo va mal. También influye mucho cómo se llega a las vacaciones. No es lo mismo regresar después de un periodo realmente reparador que hacerlo cuando ya existían problemas laborales, personales o un cansancio acumulado.
¿En qué momento deja de ser una dificultad normal de adaptación y conviene prestar atención?
Hay que fijarse especialmente en la intensidad, la duración y el impacto que tiene ese malestar. Si pasan las semanas y la persona continúa igual o peor, o si la situación afecta de manera importante al sueño, al apetito, al trabajo, a las relaciones o a la capacidad para disfrutar de las cosas, conviene valorar qué está ocurriendo. Las vacaciones no deberían ser el único momento del año en el que una persona puede sentirse bien. Si la vuelta a la rutina provoca un malestar muy intenso o persistente, quizá haya algo más que una dificultad puntual de adaptación que merezca la pena explorar.
Las vacaciones no deberían ser el único momento del año en el que una persona puede sentirse bien. Foto: Unsplash
¿Puede ser contraproducente intentar recuperar desde el primer día el mismo rendimiento que antes de las vacaciones?
Sí. Siempre que sea posible, resulta más saludable plantear una transición progresiva. No siempre se puede elegir: hay trabajos y obligaciones que tienen una fecha concreta y obligan a regresar de golpe. Pero incluso en esos casos conviene no exigirse que el rendimiento sea exactamente el mismo desde el primer minuto. El problema de querer funcionar al 100% desde el primer día es que se añade una presión innecesaria a un proceso que ya implica adaptación. Si, además, el cansancio o la falta de concentración se interpretan como ‘estoy fatal’ o ‘no debería sentirme así’, aparece frustración y puede aumentar la ansiedad. Durante los primeros días es razonable funcionar quizá al 70 u 80%, recuperar poco a poco el ritmo y priorizar lo importante. No hace falta demostrar inmediatamente que la adaptación ya está completa.
Cuando la rutina ya ha vuelto y han pasado varios días, ¿qué puede ayudar a recuperar el ritmo sin convertir septiembre en una carrera?
Conviene evitar, en la medida de lo posible, que los primeros días estén completamente llenos de obligaciones y dejar cierto margen entre el regreso al trabajo y la acumulación de compromisos sociales o familiares. Ese espacio permite que el cerebro se reorganice. También ayuda recuperar los hábitos de uno en uno, en lugar de intentar cambiarlo todo al mismo tiempo. Puede ser dormir mejor, volver a hacer ejercicio o recuperar cierta organización en las comidas. Cuando se intenta recuperar diez hábitos de golpe, aumenta la posibilidad de frustrarse. Y hay algo especialmente importante: mantener pequeñas dosis de vacaciones dentro de la rutina. Reservar un rato sin obligaciones, hacer una actividad agradable o recuperar algún plan que produzca bienestar. El ocio no debería desaparecer hasta el siguiente periodo de descanso.
A veces se habla de la vuelta de vacaciones como una especie de ‘duelo’. ¿Tiene sentido utilizar esa palabra?
Puede utilizarse como metáfora, aunque evidentemente no estamos hablando de un duelo en el mismo sentido que cuando se pierde a una persona. Las vacaciones terminan y, con ellas, desaparece temporalmente una determinada forma de vivir. Muchas veces no se echa de menos únicamente dormir más o no tener obligaciones. Se echa de menos cómo se sentía la persona durante esas semanas: quizá más tranquila, más espontánea, más presente y con más tiempo para los amigos, la pareja, la familia o para sí misma. Por eso puede aparecer una sensación paradójica: ‘No quiero volver a ser quien era antes de las vacaciones’. Y ahí hay algo interesante que escuchar. Las vacaciones pueden mostrar necesidades que durante el resto del año quedan bastante relegadas.
El ocio no debería desaparecer hasta el siguiente periodo de descanso. Foto: Unsplash
¿Qué puede revelar esa sensación de echar de menos a la persona que se era durante las vacaciones?
Puede revelar qué elementos de esa vida temporalmente más libre tienen un peso real en el bienestar. Quizá haya más necesidad de descanso, de contacto con determinadas personas, de tiempo al aire libre, de espacios sin obligaciones o simplemente de hacer cosas por placer. No es posible mantener durante todo el año los mismos horarios ni el mismo nivel de libertad que durante unas vacaciones. Pero sí se pueden identificar algunos de esos elementos e intentar conservarlos. En lugar de quedarse únicamente con la tristeza porque las vacaciones han terminado, puede ser útil preguntarse qué han mostrado sobre las propias necesidades.
¿Puede servir este momento del año para revisar la rutina a la que se ha vuelto?
Puede ser un buen momento para hacerlo. Las vacaciones pueden aportar cierta distancia respecto al ritmo habitual y permitir detectar qué estaba generando agotamiento antes de marcharse. Quizá haya aparecido la necesidad de pasar más tiempo al aire libre, de ver más a determinadas personas, de descansar, de reducir reuniones o de disponer de momentos sin hacer nada. Si después de las vacaciones se recupera exactamente el mismo ritmo que estaba provocando agotamiento, es probable que dentro de unos meses vuelva a aparecer el mismo problema. La cuestión no debería ser únicamente cómo recuperar cuanto antes la rutina, sino qué han enseñado estas semanas sobre aquello que hace falta para encontrarse bien.
Pau Allué
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