El perro se detiene, olfatea una esquina, avanza unos metros y vuelve a parar. Su dueño sigue caminando con una mano en la correa y la otra pendiente del móvil. Mientras uno mira una pantalla, el otro está leyendo el entorno a través de los olores, los sonidos y todo aquello que encuentra a su paso. El paseo puede durar media hora, pero si el perro apenas tiene ocasión de detenerse y explorar, buena parte de esa experiencia se pierde.
Mariam Martínez Ortega, veterinaria de Kivet, reivindica esos momentos de atención real, sin prisas y con el teléfono apartado. “Para un perro, salir a la calle no consiste únicamente en recorrer una distancia ni en hacer ejercicio: olfatear, detenerse, explorar y relacionarse con el entorno forman parte de su manera de entender lo que ocurre a su alrededor. Dejarle ese tiempo puede cambiar por completo la calidad del paseo y, también, la forma en que su tutor aprende a observarlo y a compartir ese momento con él”, señala Martínez, en conversación con La Vanguardia.
¿Qué convierte un plan compartido en una experiencia realmente positiva para un perro o un gato?
No hace falta hacer nada extraordinario. Lo fundamental es que el plan esté pensado desde las necesidades del animal y no solo desde lo que apetece al tutor. En el caso de un perro, puede ser una ruta tranquila por un entorno natural, con tiempo para olfatear, explorar y caminar sin prisas. Para un gato, probablemente sea mejor quedarse en casa y disfrutar de una sesión de juego interactivo, respetando siempre sus tiempos. Un buen plan permite al animal sentirse seguro, participar sin miedo y retirarse si necesita descansar o si algo le incomoda. El vínculo se refuerza cuando el tutor aprende a observar y respetar lo que el animal necesita, en lugar de imponerle una experiencia pensada desde una perspectiva humana.
¿Llevar al perro a una terraza, a un evento o a cualquier otro plan significa que está disfrutando de estar allí?
No necesariamente. Un perro puede acompañarnos a muchos lugares y, sin embargo, sentirse incómodo. El ruido, el exceso de gente, el calor, los espacios reducidos o la presencia constante de desconocidos pueden generar estrés. Antes de llevarlo a uno de estos sitios conviene observar su lenguaje corporal. Jadeo excesivo sin que haga calor, evitación, tensión corporal, orejas hacia atrás, cola baja, pupilas muy dilatadas o intentos de esconderse son señales que indican que quizá no está disfrutando. Un plan bonito para nosotros no tiene por qué serlo para él.
¿Por qué es tan importante dejar que el perro olfatee durante el paseo?
Porque el olfato es una de sus principales vías para obtener información del entorno. Para un perro, salir a pasear no consiste únicamente en caminar o hacer ejercicio: también significa explorar, interpretar olores y procesar estímulos. Por eso, un paseo en el que puede detenerse, olfatear y avanzar sin prisas puede ser mucho más enriquecedor que otro más largo realizado a toda velocidad. Privarle constantemente de ese tiempo sería, de alguna manera, como llevarle a una biblioteca y prohibirle abrir los libros.
Un paseo en el que puede detenerse, olfatear y avanzar sin prisas puede ser mucho más enriquecedor que otro más largo realizado a toda velocidad. Foto: Unsplash
¿Qué papel juega el móvil durante esos momentos compartidos?
La atención que se presta al animal también forma parte del vínculo. Un paseo puede convertirse en una experiencia completamente distinta si el tutor deja de mirar la pantalla y observa lo que hace su perro: dónde se detiene, qué olfatea, qué evita o qué despierta su curiosidad. No se trata de dedicarle horas. Diez minutos de atención real, sin móvil y sin prisas, pueden tener más valor que mucho tiempo compartido de manera distraída. El animal percibe esa presencia y, además, la observación permite detectar cambios en su comportamiento que pueden pasar inadvertidos.
¿Se está intentando hacer felices a los gatos como si fueran perros?
En ocasiones, sí. Perros y gatos disfrutan de la compañía de sus tutores, pero no siempre la expresan de la misma manera. Muchos perros buscan una interacción social directa y frecuente; los gatos suelen valorar más el control sobre el entorno y sobre el contacto. Un gato puede demostrar confianza simplemente tumbándose en la misma habitación, acercándose voluntariamente o aceptando una caricia breve. No todos quieren salir a la calle, viajar o estar en brazos. Para muchos, el vínculo se construye desde la confianza, la previsibilidad y la posibilidad de decidir cuándo quieren interactuar.
El vínculo se construye desde la confianza, la previsibilidad y la posibilidad de decidir cuándo quieren interactuar. Foto: Unsplash
¿Qué pequeños momentos del día tienen más valor del que parece para reforzar esa relación?
La constancia pesa más que hacer grandes planes de forma ocasional. En un perro, un paseo corto puede convertirse en un paseo de calidad si se le permite olfatear, se evitan los tirones constantes y se incorporan algunos ejercicios sencillos y positivos. También ayudan las rutinas tranquilas al llegar a casa, un cepillado agradable o unos minutos de juego. Con un gato, diez o quince minutos de juego interactivo pueden ser suficientes para estimular conductas naturales y combatir el aburrimiento. También cuenta respetar sus descansos, ofrecerle lugares elevados o compartir un rato de presencia tranquila. No hace falta estar encima del animal para reforzar el vínculo.
La observación diaria permite detectar cambios antes de que el problema sea evidente. Foto: Unsplash
¿Qué cambios durante un paseo o una sesión de juego deberían hacer saltar las alarmas?
La observación diaria permite detectar cambios antes de que el problema sea evidente. En un perro, conviene fijarse en si camina de forma diferente, se cansa más, cojea, evita subir bordillos o pierde interés por explorar o jugar. En los gatos, pequeños cambios pueden ser especialmente significativos: dejar de saltar a lugares habituales, esconderse más, jugar menos, acicalarse en exceso o descuidar su higiene. También hay que prestar atención al apetito, la sed, el uso del arenero, el sueño o la vocalización. Los animales tienden a compensar o disimular el dolor, especialmente los gatos. Si aparece un cambio que no estaba antes, aunque parezca sutil, conviene consultarlo con el equipo veterinario.
Pau Allué
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