Venía de colaborar en la confección del discurso “inspiracional” para ejecutivos y trabajadores de la planta láctea El Tero, transmitir el entusiasmo por el nuevo lanzamiento: postres y snacks infantiles. Flanes, dulce de leche recreativo, barritas de queso individuales, chocolatadas escolares con personajes propios, caramelos de leche de sabores inesperados.
Era un reposicionamiento de la marca.
Mossen incluso sugirió un producto, pero nadie le había preguntado. La gerenta de marketing, en medio de una estancia interminable, era de una belleza campera y salvaje. Ese pantalón de jean le quedaba como a ninguna citadina.
En el regreso, Mossen había pinchado goma a la vera de la ruta, un paraje más desolado que el Paraíso, carente de personas y referencias. Un desierto verde. La llanura de la nada.
Para Mossen cambiar una rueda era como rendir un curso de física cuántica o explicar la teoría de la relatividad. No hubiera podido emitir una letra al respecto. Tampoco sobre el “algoritmo”. Pero mucho menos cambiar una rueda. Como si se burlaran, dos teros intercambiaban graznidos agresivos.
-Tampoco yo quiero estar acá -murmuró-.
Miró a su alrededor. No había ni autos. Las rutas estaban en buen estado, quizás porque nadie las usaba. Por qué no aparecerá la gerenta de marketing, se preguntó. Una yegua perdida, blanca, presuntuosa, cruzó el campo vacío y los teros hicieron silencio. Es la soledad, barruntó.
Pronto oscurecería. Mossen pensó en las historias de náufragos que había leído a la largo de su vida, en los famosos supervivientes de los Andes, en que nadie lo esperaba.
“Si sobrevivo a esta pinchadura de goma, quizá pueda pasar el resto de mi adultez dando charlas al respecto, en vez de escribir el discurso inspiracional de la nueva línea El Tero”.
Fidel Castro había tronado discursos entre estimulantes y admonitorios, para que los cañeros “voluntarios” cubanos (casi todos los adultos de la isla), superaran los 10 millones de toneladas de azúcar en la zafra de 1970.
Fracasó.
Repentinamente, literalmente del horizonte, apareció un paisano. En rigor, su vestimenta era más urbana que de peón.
Salió de una casilla en la que, increíblemente, Mossen no había reparado. Su capacidad de observación se limitaba a aquello que le llamaba la atención.
-¿Cambiamos la rueda? -preguntó retóricamente el aparecido.
La cambiará usted, pensó Mossen. Pero solo respondió con una gratitud aparatosa:
-Gracias a Dios. Gracias, señor. Le agradezco de todo corazón.
-¿Tiene el cricket? -desmereció la efusión el señor-.
-Debo tenerlo -replicó Mossen-. No sabía bien lo que era. Recordaba cierta cantidad de metales en una bolsa negra de tela, en el baúl del auto. El primer milagro de su vida adulta había sido aprender a manejar. Le extendió al señor el atado de herramientas.
Mientras buscaba la rueda de auxilio -Mossen no hubiera podido hallarla-, el buen samaritano comandó:
-Vaya buscando una piedra para poner debajo.
Mossen miró a su alrededor, los teros observaban como las urracas parlanchinas, o dos cotorras de Inodoro Pereyra, curiosamente en silencio. Mossen descubrió que había levantado una torta descomunal de bosta de vaca. La arrojó lejos con asco.
-Venga acá -le dijo el señor. Mossen acudió maloliente-.
-Mire -siguió el hombre providencial-. Allá, donde se pone el sol, hay un tronco medio suelto. Tráigalo. No se pinche con el alambre de púa.
Mossen obedeció.
-Ahora ayúdeme a levantar el carro.
Mossen se colocó donde le indicaba, alzando la carrocería con sus manos en forma de cuenco. Para su gran sorpresa, el vehículo se elevó.
-Si no tiene para hacerme un mate... -dijo el hombre-, quédese ahí y espere.
-¿Nunca aprendió a cambiar una rueda? -agregó-.
-Me sería más fácil cambiar de sexo -respondió Mossen-.
El hombre dejó escapar una risa cansada.
-Un hombre debe saber cambiar una rueda.
-Un hombre, sí -insistió Mossen-.
En mucho menos tiempo de lo que Mossen hubiera esperado, la rueda estaba cambiada. La vida, lista para seguir su curso.
-No sé cómo agradecerle -dijo Mossen-. Una vez, hace quince años, se me salió el brazo de lugar. Estuve como una hora con el brazo columpiando, con un dolor inenarrable. Cuando el doctor reconectó mi brazo con el hombro, sentí la mayor gratitud que haya conocido. Esta es la segunda en esa escala.
-Pero a mí me puede pagar -apuntó el hombre-. Y mucho menos que a la obra social. Mi madre, que afronta sus peores días, vive acá a cincuenta kilómetros, en Parque Pacheco. Si me lleva, quedamos a mano. Lo desvío un buen tramo...
-Faltaba más -dijo Mossen, con un patético tono gauchesco.
Inopinadamente, se preguntó si el desconocido no sería un asesino serial, y finalmente el cambio de rueda concluiría con su cuerpo sin vida en la lontananza. Repleto de hormigas, olisqueado por un toro rumiante. ¿Quién lo encontraría? La gerenta de marketing. Las abejas ya habrían hecho un panal en su tórax perforado. Le habrían arrancado el riñón, o el hígado. Nunca sabía cuál era cual. Mucho menos el “bazo”.
¿Para qué carajo le había hecho todos esos chistes sobre su hombría? No saber cambiar una rueda no reducía su virilidad.
Sabía muchas otras cosas, como por ejemplo... Prefirió concentrarse en el camino. Y en que su benefactor no lo asesinara. Si confeccionaba con la suficiente potencia un discurso inspiracional telepático, quizás el Hannibal Lecter pampeano lo dejara pasar. Después de todo, sólo le había cambiado una rueda. Para las personas normales, eso era algo de todos los días.
No le podía pedir una libra de carne a cambio.
Pero le pidió otra cosa.
-A mi madre no le queda mucho tiempo. No sé si lo sabe o no. Probablemente no. Yo viví durante décadas en otra parte. Mi padre falleció sin que asistiera. Pero ahora nos reencontramos. Le dije que tengo un hijo. Un nieto para ella, y para mi padre, era el sueño de su vida. Más para mi padre. Pero a ella la aliviaría que mi padre, desde el cielo, supiera que finalmente tuve un hijo, que ellos tienen un nieto. O ascender llevándole la noticia. Son muy creyentes, como se dará cuenta. Lo que le quiero pedir, es que se haga pasar por mi hijo. Será una visita breve.
-Me puede tutear -acotó Mossen, como si tuviera algo que ver. Y agregó sin dudar:
-Claro, claro.
-Gracias -suspiró el hombre-. Dios me lo puso en el camino.
-Baruj Ashem -se le escapó a Mossen-.
-Mis padres pertenecen al Dios del Vendaval- detalló el hombre.
Mossen asintió sin saber de qué le hablaba. Había oscurecido y quería llegar entero.
Continuará...
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