Cuando restan tres meses para las presidenciales en Brasil, el examen electoral más relevante en la región por el tamaño económico y político del país, parece claro que Lula da Silva aprovechará la sombra de los Estados Unidos sobre esas urnas y los manotazos del clan Bolsonaro, para posiblemente asegurarse la victoria.
Esa combinación ha permitido al líder brasileño empeñado en la reelección, que significaría su cuarto turno en el poder, correr del centro de atención un dato grave en su contra, la edad. Un rival más formado y menos desnortado que Flávio Bolsonaro, el número 3 según el nomenclador familiar que conduce el polémico ex presidente Jair Bolsonaro, le habría ya causado graves dificultades al mandatario montado en aquella razón.
También por el desgaste lógico de una presidencia en una etapa difícil de la región y el mundo, que no tuvo los logros de sus dos primeros mandatos, a comienzos de siglo, cuando el boom de los commodities mostró a Brasil superando a Gran Bretaña en poder económico y ampliando su clase media. Hoy el crecimiento baja de 3% en 2024 al 2,3% el año pasado y a entre el 1,6 y 1,8% este 2026. Todo esto con una inflación controlada al 4%, pero con tasas de interés siderales del 14,7%
Aún así, el presidente brasileño ha mejorado su performance después de resolver los diferendos con su imprevisible colega norteamericano Donald Trump. El magnate, amigo y admirador de Bolsonaro, sancionó insólitamente a la segunda economía del hemisferio en repudio al proceso por golpista que la justicia brasileña, con un enorme caudal de pruebas, dictaminó contra el ex jefe de Estado.
La eficiente diplomacia de Itamaraty logró enhebrar un primer encuentro cálido en Naciones Unidas entre los dos líderes y luego una reunión de tres horas en la Casa Blanca que acabó con cruces de elogios. El resultado fue un Lula que se mostró como un defensor eficaz de la soberanía y los derechos de Brasil, un dato valioso para los electores de centro que es el espacio donde milita realmente el mandatario.
Los Bolsonaro, que insisten con la fábula de que Lula es todavía un dirigente de izquierda, hasta comunista lo llaman, apelaron al espíritu cómplice y un tanto básico del mandatario norteamericano para que reprima a Brasil y facilitar una conveniente mudanza política. Eduardo Bolsonaro, el número dos, es un ex diputado que abandonó su banca parlamentaria y se refugió en EE.UU. donde se empeñó en esa ofensiva con el aval del canciller Marco Rubio. Hasta de invasiones de marines llegó a hablar.
Luego el propio Flávio hizo su intento con Trump y la foto, para mostrar una influencia que lo aliviara de las consecuencias de una grave denuncia de corrupción por sus lazos con el dueño preso del banco Master, la mayor estafa financiera y de corrupción en el país desde el Lava Jato.
El ex presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. Foto APEn Washington el candidato se atribuyó la gestión que llevó a Trump a designar a las mafias del narcotráfico brasileño como organizaciones terroristas. Esa decisión permitiría legalmente a EE.UU. ataques contra esas bandas con el estilo que aplicó contra lanchas sospechosas en el mar Caribe y el Pacífico cuando acosaba a Venezuela. La justificación sería la seguridad nacional. También el clan opositor ha estado promoviendo un paquete de nuevas sanciones por supuesto “empleo esclavo” y contra el sistema PIX de pagos instantáneos del Banco Central de Brasil.
Es una herramienta más eficiente y preferida por los brasileños que las tarjetas de crédito norteamericanas que se quejan de una inexistente “competencia desleal”. De esos días es una carta de Rubio a Flávio en la que le agradece su apoyo para la decisión contra las mafias narcos y la sorprendente oferta de un equipo de transición que dejaría a disposición de Estados Unidos si gana en octubre.
Los Bolsonaro tardaron un tiempo en advertir las consecuencias de lo que estaban haciendo. Cuando despertaron, alertados posiblemente por las encuestas, se lanzaron a un estrambótico raid para pedir en Washington lo contrario a lo que habían reclamado a Trump. Flávio envió un voluminoso documento de 86 páginas al representante comercial de Estados Unidos en el cual “imploró”, según el término corrosivo que usó el portal del paulista Estadão, para que el gobierno norteamericano suspenda esas nuevas sanciones, en particular contra el PIX.
Pero en ese largo papeleo no pidió que las penalidades sean eliminadas, apenas que se posterguen hasta después de las elecciones. Es decir, no salió en defensa del país sino de que lo ayuden a ganar las elecciones, atento a que las anteriores ofensivas contra el país fortalecieron a la campaña de Lula. Sencillamente avisa que es correcto castigar a los consumidores de su país. No debe sorprender que en las encuestas el presidente haya roto un virtual empate con alrededor de siete puntos de ventaja, 49% a 42% según un reciente muestreo realizado por AtlasIntel para Bloomberg News.
“El senador demuestra que no tiene la menor consideración por el país que pretende gobernar y que la única razón de su candidatura es derrotar a Lula”, reprochó aquel diario en un editorial. Añadió una dimensión particularmente complicada: “Por extensión, Flávio invitó explícitamente a Trump a interferir en las elecciones brasileñas al vincular la imposición de aranceles con el calendario electoral (…) A cambio, ofreció a los estadounidenses una ‘búsqueda agresiva’ de acuerdos comercial, lo que implicaría abandonar el Mercosur. También prometió revisar la carga impositiva sobre las tarjetas de crédito dominadas por empresas estadounidenses, y eliminar los aranceles sobre el etanol estadounidense. Es un paquete completo de sumisión”.
Vale aclarar que Estadão no es precisamente un medio de izquierda, representa al amplio segmento centrista del país, clave en las elecciones. Una conclusión adicional es que a los Bolsonaro, el candidato incluido, parece escapárseles el dato de que Trump tiene muy mala imagen en Brasil, salvo entre minorías que no son determinantes.
Un simpatizante saluda al senador brasileño, y precandidato a la presidencia de Brasil, Flávio Bolsonaro. Foto EFEFalta bastante para las elecciones y es temerario predecir resultados. Pero es claro que el clan opositor deberá mejorar su estrategia. Una cuestión indudable es que Brasil ha venido girando a la derecha, un movimiento que acompaña Lula. La competencia real será sobre esa vereda. Ese universo de todos modos no es homogéneo. El famoso repudio en un video de Michelle, la esposa del ex mandatario derechista en el que acusa a Flávio de haberla humillado y faltado el respeto, no es solo el berrinche de una mujer que se consideraba candidateable o por lo menos con suficiente influencia para ser tenida en cuenta.
Refleja más bien por dónde se van ubicando los grandes tanques de ese espacio en Brasil. Una figura relevante es el gobernador de San Pablo, Tarcisio de Freitas, muy bien ubicado en su distrito según las encuestas (sobrepasa cómodo al postulante del PT, Fernando Haddad 46 a 30 para retener el mandato estadual), y con conocidas vinculaciones políticas con la esposa de Bolsonaro… y con Lula. Pragmático, ingeniero y militar, De Frietas ha intercambiado elogios con el presidente a despecho de la presión de sus bases. Constituye el ala crítica que difícilmente traicione, pero que seguramente no colaborará para facilitarle la campaña a Flávio.
Las encuestas dan otras pistas que no pasan por el norte mundial. Advierten que más de un tercio del país no está vinculado a ninguno de ambos bandos. Ese segmento independiente que incluye una amplia porción de 27% que no es anti uno ni anti otro, y un sector más pequeño de 10% que rechaza a ambos polos, es el que definirá en las urnas. Lo que estos electores evalúan con su voto no son planteos ideológicos, es su percepción de la economía y la capacidad de los candidatos para presentar soluciones concretas en creación de empleo, reducción de impuestos, ingresos, costo de vida y mejoras individuales. Para fortuna de Lula, es justamente ahí donde, por ahora al menos, no miran sus rivales entretenidos en su guerra fría de juguete.
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