De La familia Ingalls a La casa de la pradera: el juego de las diferencias entre la original y la nueva serie de Netflix

“Rich Valley, free land” (“tierra gratis”), lee Charles Ingalls (Luke Bracey) en la nueva versión de la serie La familia Ingalls, ahora titulada La casa de la pradera, que se estrena este jueves en Netflix. ¿Qué cambia en esta remake (la original fue para la televisión de los ‘70 y ‘80) diseñada para el streaming? ¿Es tan profunda como la otra? ¿O distinta? “Ya casi llegamos, Laura”, le sonríe Charles a su hija menor (Alice Halsey): se dirigen a Kansas en busca de tierra para construir su casa junto a Caroline (Crosby Fitzgerald) y a Mary (Skywalker Hughes): entre el neowestern, lo idílico y la crudeza, los Ingalls buscan su identidad en esta epopeya familiar.

Es cierto: van demasiado bien vestidos para ser colonos que atravesaron un arduo viaje, desde los bosques de Wisconsin hasta las praderas de Kansas, al oeste, donde está el pueblo de Independence (ya no se llama Walnut Grove).

Charles toca el violín para entretener a sus hijas, aunque aquí no fuma pipa y parece un modelo más que un trabajador golondrina. Laura Ingalls no tiene los dientes de conejo que mostraba Melissa Gilbert; su hermana Mary no posee la mirada prístina de la original Melissa Sue Anderson y la actriz que hace de Caroline es pelirroja y en su rostro no está la tranquilidad que transmitía Karen Grassle desde la primera temporada de La familia Ingalls, en 1974.

La original se puede ver en sesiones maratónicas de los fines de semana por El Trece.

Aunque los nuevos personajes tienen sus propias identidades. Charles es el sostén emocional y moral de su familia; Caroline se muestra casi siempre preocupada por el futuro, por la subsistencia y por la casa de madera que tienen pensado construir. Laura es más seria, pero igual de pícara que la original, y Mary es menos angelical. Avanza la carreta de los Ingalls rumbo a las soñadas tierras de Kansas, y al cruzar un río los caballos se mancan entre las piedras del fondo. ¿Sobrevivirán?

Charles salta al agua para tirar de los animales y lo imita el perro Jack, que rápidamente desaparece. Enseguida ocurre otro cambio respecto de la serie original: es Caroline la que toma las riendas y se ensangrienta las manos, mientras la carreta se ladea peligrosamente. Pero la unión de los Ingalls los hará prevalecer. Aunque con la tensión, el drama y el ritmo de una serie de esta época: estos Ingalls son más actuales.

Los Ingalls 2026 tienen fe en el futuro y, superadas las pruebas difíciles, no dejan de sonreír. Ser colonos es una aventura demasiado seductora para dejarla pasar, aunque en el transcurso de la serie se revelará por qué decidieron dejar Wisconsin, algo en lo que no ponía el foco la ficción de los años ‘70. Y luego del peligro del agua se verá otro gran cambio en La casa de la pradera: por la tensión, Caroline vomitará detrás de un árbol -algo impensado de ver en la ficción previa- y Charles la consolará.

El sueño americano se consigue con tierras y trabajo: la nueva serie comenzó en forma algo idílica, aunque luego se permitió desplegar crudas escenas que la primera familia Ingalls jamás se habría permitido mostrar. Y que en cada episodio se vea sangre es un notorio cambio respecto de la ficción original.

También, ver a Charles y a Caroline besarse los diferencia de las puritanas formas de la serie de Michael Landon, que hizo furor entre 1974 y 1983 en la NBC. Bajo los códigos físicos y emocionales de las ficciones del siglo XXI, La casa de la pradera adapta los relatos de Laura Ingalls Wilder (del que toma su título la serie: “Little House on the Prairie”). Y triunfa lejos de la imitación.

“¿Dónde queda la oficina de tierras?”, pregunta Charles cuando la familia llega a Independence. “Aquí no hay oficina de tierras todavía. Usted podría hablar con Eli James en el Hotel Judson para reclamar una parcela”. ¿Quién le contestó a Charles? El doctor George Tann (Jocko Sims), que tiene una particularidad que no se veía en La familia Ingalls: es negro. En la ficción madre, los afroamericanos ocupaban lugares muy subalternos -la Guerra de Secesión estaba muy fresca todavía- y era impensado ver a un doctor negro atendiendo a pacientes blancos en el pueblo. Eso cambia notoriamente en la historia de Netflix.

Charles irá a preguntar por las tierras al hotel, pero tiene una preocupación más que atender: todas las parcelas libres no pertenecen al Estado -aún-, sino a la nación indígena Osage, con la que los Ingalls, y otros pioneros, tendrán que convivir. Lo llamativo es que, en La casa de la pradera, a diferencia de en la serie original, los indios no viven en chozas sino en casas como las de los blancos; visten como ellos y, si bien entre sí hablan en su lengua, con los blancos manejan el inglés con soltura. Otra visión de los pueblos originarios del norte de América, lejos de la negación o invisibilización de la historia original.

“Tú eres de la comunidad Osage -le dice Charles a un vecino, cuya hija, Águila buena, se hará amiga de Laura-. ¿No te molesta que me instale en tus tierras?”. Y el otro le contesta: “No tiene sentido ser enemigo de quienes tomarán la tierra de todos modos. Prefiero ser parte del futuro de este país”. Un cambio notorio. Toda serie refleja la época en la que fue hecha, no sólo la que narra. Y La casa de la pradera -con una temporada de ocho episodios-, con sus cambios, expresa la evolución actual de la sociedad. Así, estos nuevos pioneros, pensados con los ojos del siglo XXI, pueden avanzar.

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