Trump e Infantino son impresentables. Pero los nuestros son peores.

Para entender el episodio Trump-Infantino, y la suspensión postergada del goleador estadounidense Balogun, hay que retroceder 44 años hasta el Mundial de España 1982.

El 21 de junio de aquel año, en Valladolid, Francia ganaba 3-1 a Kuwait y Giresse marcó el cuarto gol ante la pasividad de los defensores, que reclamaron por el sonido de un silbato. El árbitro soviético Miroslav Stupar ignoró la protesta, pero unos minutos después se encontró en el campo de juego con el jeque Fahid Al-Ahmad, presidente de la Federación kuwaití y hermano del Emir de ese país, amenazando con retirar al equipo si no se anulaba el gol.

La presión funcionó, Stupar anuló el gol y Kuwait terminó el partido (perdió 4-1).

Un hilo une al jeque con Trump. Y aunque el escenario es el fútbol, la cuestión de fondo es el poder. Las maneras de entenderlo y ejercerlo. Trump lo entiende como un Emir. Nada queda fuera de sus deseos y sus caprichos, y no necesita justificaciones razonables, le alcanza con creer que “entiende mucho de deportes”.

Si Trump intentó por todos los medios revertir el resultado de la elección presidencial de 2020 que perdió con Biden, ¿cómo esperar que tenga un filtro que lo inhiba de intervenir en la anulación de una tarjeta roja de un deporte que ni siquiera conoce?

Pero el problema no es Trump, sino quienes tienen que ponerle límites. En 2020, los sistemas judicial y electoral estadounidense, los dirigentes del propio partido Republicano y el Congreso impidieron que avanzara y consagraron a Biden.

Esta vez no hubo dique que lo frenara: Infantino cedió al primer llamado y la FIFA buscó argumentos en la letra chica de sus reglamentos para intentar una justificación.

Ahí aparece una nueva pregunta, ¿qué esperar de Infantino? ¿Convicciones? ¿Respeto por los reglamentos? Es el mismo que le entregó un Mundial a Putin para que blanqueara su imagen internacional. Más aún, es el que se abraza con Chiqui Tapia en cada reunión de la FIFA, y avala con su mutismo y su prescindencia la corrupción en la AFA y el enriquecimiento obsceno de sus dirigentes.

Es el paraguas internacional bajo el cual Tapia y Toviggino vulneraron no un reglamento, sino todos, degradando como nunca antes al fútbol argentino.

Nada puede sorprender en un país en el que se inventó un campeón y se entregó una Copa en un escritorio. La conclusión es una sola. Trump e Infantino son indefendibles. Pero los nuestros son peores.

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