Hoy, que murió el Indio Solari, habría que hacerle caso para siempre. Ya lo dijo y lo cantó: “Tu aliento vas a proteger”, en “Ya nadie va a escuchar tu remera”.
Va a haber muchas, muchísimas notas sobre uno de los fenómenos más grandes —o al menos más incomprensibles— de la música argentina: un grupo, y después un solista, capaz de llevar medio millón de personas a Olavarría, una ciudad de menos de 150 mil habitantes. Más gente que ciudad: todavía cuesta imaginarlo.
Felipe Pigna despidió al Indio Solari y mostró el alcance cultural de una figura que había salido del rock.Pero tal vez el exceso de palabras pueda corregirse escuchando.Al Indio y a Los Redondos, claro. Y también a algo más que eso: a las entrevistas a cuentagotas que daba el Mister, porque sólo “cacareaba cuando ponía un huevo”, como le gustaba decir. Es decir: hablaba cuando tenía algo para decir, cuando estaba por sacar un disco, cuando tocaba en vivo, cuando valía la pena. Y a veces hablaba de música.
Tal vez nunca sean demasiadas las palabras. HastaFelipe Pigna, el historiador más popular de la Argentina, lloró por la muerte del Indio. Que lo llore Pigna también arma una imagen argentina: un historiador popular despidiendo a un músico que empezó como secreto y terminó como patrimonio sentimental de varias generaciones.
Un Indio más cerca de Bowie que de Clapton
En una entrevista con Clarín, antes de la presentación de un disco solista. Solari dice una frase para escucharlo mejor: “A mí siempre me interesaron más los David Bowie que los Eric Clapton de esta vida”.
La frase tiene algo de provocadora. Es juguetona y mentirosa: Clapton cambió muchas veces, de The Yardbirds a Cream, de Slowhand a su yunta con Wynton Marsalis. Pero es una pista. El Indio nos hablaba ahí de sonidos, de samplers, de computadoras, de texturas.
Los Redondos construyeron uno de los fenómenos más difíciles de explicar de la música argentina.No quería trabajar de clásico el Indio, no le gustaban en todo caso los trajes Armani del Clapton de los 80. No quería hacer siempre de sí mismo. En esa diferencia entre Bowie y Clapton aparece una parte de su oído: interesado en la mutación, él, una cabeza redonda, calva y brillante, en las máscaras y el riesgo. Ch ch ch changes, como decía el camaleón del rock.
Es que justamente por eso Los Redondos no fueron “nada más” que una banda de rock. En sus canciones y en las del Indio había escenas, personajes, frases oblicuas, climas nocturnos y noir (¿no es acaso “Ella debe estar tan linda” un policial negro contado y cantado en 4 minutos?), una manera de construir mundos sin explicarlos del todo. Sin explicarlos para nada.
El Indio cantaba tangos, como ninguno
Los Redondos, y también algunas canciones del Indio como solista, muchas veces comienzan con una larga vuelta instrumental. Algo propio del tango: la música prepara la escena antes de que aparezca la voz.
El Indio no ahorraba elogios ni guiños cuando hablaba de música argentina, pero tampoco regalaba indulgencia. Alguna vez dijo que muchos rockeros nacionales hacían “boleros rápidos”. Hasta siendo malicioso era original y sobrio.
En ese perfume tanguero también estaba su gusto por el nuevo tango. Elogiaba a La Chicana, que después devolvió ese gesto con una versión delicada y hermosa de “El tesoro de los inocentes”. También rescataba, cuando le preguntaban por el nuevo rock argentino, a Pequeña Orquesta Reincidentes: “esa cosa medio Nick Cave que tienen”.
Sergio Pujol, historiador de la cultura argentina, llegó a señalar una afinidad posible entre el sonido de ciertos quintetos renovadores del tango y Los Redondos: músicas perfectas, ajustadas y expansivas al mismo tiempo.
¿Hay tango en la música de Los Redondos? ¿Hay una influencia directa de Manzi o de Expósito? No, nada, ninguna. Y, sin embargo, uno podría decir que su clima nocturno pertenece también a lo mejor de la música ciudadana porteña. Un perfume no literal en canciones como “Ropa sucia”, inevitablemente canyengue.
Los Redondos después del Indio
Para más de una generación, la separación de Los Redondos fue incomprensible. Como la caída del Muro de Berlín o el derrumbe de la URSS para cierto progresismo. Como mirar una foto de los Beatles y saber que Lennon y McCartney ya no iban a volver a juntarse o acaso como aceptar que la Selección del 86 no iba a volver a salir a la cancha.
Ahora la muerte del Indio Solari cierra incluso esa fantasía. Ya no existe la chance, jamás, de que Los Redondos vuelvan a juntarse.
Cuando le preguntaban por música, el Indio, tan reluctante a la exposición, “abría hilo”: Tom Petty, Los Lobos, John Mellencamp, Arctic Monkeys, el Álbum Blanco de los Beatles y hasta Jacques Brel.
Los Lobos, sobre todo, merecen un rato aparte. Pueden darle placer a un oído ricotero: una banda de raíz chicana, rock, tex-mex, blues y canción popular, capaz de sonar de barrio y de ruta al mismo tiempo. En Los Lobos también hay, como en el Indio, fiesta y sombra, densidad sonora y baile.
Y una pista por el lado del jazz: Juan Cruz de Urquiza tocó la trompeta en canciones del Indio y Los Redondos y después hizo un trabajo notable sobre la música de Charly García. El último bondi a Finisterre puede llevarte, entonces, al jazz.
“Los Redondos me gustan, tienen swing”, decía Javier Martínez, fundador de Manal. Una frase que lo explica todo.
El Indio escuchaba con swing. Los Redondos tenían swing. Y por eso, incluso después de Los Redondos y el Indio, hay música para seguir buscándolos.
