Hace más de 500 años, el 31 de octubre de 1517, el monje agustino Martin Lutero llegó a las puertas de la Catedral de Wittenberg y colocó sus famosas “95 tesis”, donde cuestionaba la venta de las indulgencias y la autoridad papal. Era el comienzo de la Revolución protestante, uno de los mayores cismas en la historia del cristianismo. Mucho más cercano en el tiempo –el 25 de mayo de 1966, es decir hace medio siglo- un puñado de profesores y estudiantes chinos llegaron a la Universidad Peita, en Beijing, y colocaron el “Daziabo”, un mural firmado por el líder Mao Tse-Tung. Lo titulaban “Bombardear el cuartel general”, aludiendo a otros líderes como Deng Xiao Ping y Liu Xaoshi, Fue la señal de partida para que fanáticos y guardias rojos iniciaran otro de los períodos más oscuros de la historia china: la llamada Revolución Cultural.
En aquella época, la URSS, la mayor potencia socialista, llevaba más de una década de desmantelamiento del stalinismo: una serie de reformas que, según Mao Tse Tung, antes aliado, “conducían al camino capitalista”. Mao no quería permitirlo de ninguna manera en su territorio. Y desencadenó, desde arriba, una revolución de masas contra un amplio sector de la elite, provocando entre medio millón y dos millones de muertes. Destruyó la economía y dinamitó las instituciones, mientras promovía hasta límites inéditos el culto a su personalidad.
Fue un período muy duro para China, pero terminó generando lo que Mao temía: una serie de reformas que transformaron por completo el país. “La Revolución Cultural acabó llevando a China precisamente al lugar que quería evitar”, definió Frank Dikötter, profesor de la Universidad de California-Stanford, y autor de “La Revolución Cultural. Una historia popular”, entre otras obras de referencia.
Entrevistado hace poco en el diario El País, explicó: “Mao se veía como el Stalin de China, y al comprobar que Jruschov se convertía en líder de la URSS, entró en shock. ¿Cómo podía alguien como él desmantelar el sistema estalinista? La explicación que encontró fue que, aunque los soviéticos se hicieron con los medios de producción en 1917, permitieron continuar a la cultura capitalista, que corrompió a los soviéticos.. Y eso es lo que él quiso impedir en China, de ahí que la llamara Revolución Cultural: debía destruir y reemplazar la cultura de las clases capitalistas. Por supuesto, también era para protegerse a sí mismo. En el fondo, toda la Revolución Cultural es una cuestión de lealtad, de ver quién le es fiel”.
“A partir de 1971, Mao teme que el ejército pueda volverse contra él, así que el jefe militar, Lin Biao, muere misteriosamente y hay una purga en las fuerzas armadas. Entre los mandos en las aldeas ocurre igual. El resultado es que ya no queda nadie para decir a los campesinos qué deben hacer. Así que pasa lo que se había querido evitar: la gente de a pie toma la vía capitalista. Empiezan a desmantelar las comunas. Se llevan las herramientas a sus casas. Cultivan los campos por su cuenta… Ocurre de manera muy gradual y discreta. Pero llega un momento, después de que Deng Xiaoping vuelva al poder, en el que todos estos cambios están tan institucionalizados que al Partido no le queda otra que dar su sello de aprobación”, añadiò.
En su perfil sobre Mao y en Clarín (2025), Marcelo Cantelmi recordó que “Mao adaptó y reescribió las líneas fundacionales del comunismo y la unión del proletariado que dio vida a la Unión Soviética nacida antes. Pero lo hizo con la tensión política colocada en el campesinado y poco a poco diferenciándose del modelo de Moscú. Mao tuvo un gran mérito que fue mantener unida a esa estructura nacional. Pero su gestión acumuló gruesos errores y consecuentes fracasos. El principal, posiblemente, el programa conocido como El Gran Salto Adelante, de fines de la década del 50. Ese proyecto político y de cambios sociales profundos, se pensó como un ariete para la pronta industrialización del país y dejar atrás la economía tradicional agraria. Fue una iniciativa tan gigantesca y fallida como sus consecuencias de hambrunas, crisis social y el colapso de obras de infraestructura. El país no se industrializó, por el contrario se estancó. Su economía era minúscula comparada con la de la Unión Soviética que a inicios de la década de los ’70 significaba aproximadamente la mitad del PBI de Estados Unidos”.
Una de las “máximas” de la Revolución Cultural era erradicar las “cuatro viejas”: cosas viejas, ideas viejas, costumbres viejas, hábitos viejos. Ciertamente ya habían avanzado en los años anteriores, pero aprovecharon esa nueva ola para eliminar por completo esos vestigios.
Lo que quedaban de antiguas prácticas religiosas, supersticiones, festivales, costumbres sociales como bodas y funerales tradicionales, y vestimentas ancestrales fueron violentamente atacados y reprimidos. Se destruyeron vestigios visuales de tradiciones antiguas y se desató una auténtica orgía de quema de libros antiguos y destrucción de objetos de arte.
Los jóvenes Guardias Rojos irrumpieron en hogares y destrozaron altares familiares que simbolizaban la continua veneración confuciana transmitida por generaciones. Los pocos templos, mezquitas e iglesias que aún quedaban, fueron clausurados. Incluso aquellos que se habían mantenido abiertos al turismo, como los grandes templos budistas, lamaístas y taoístas de Beijing, fueron cerrados y sus estatuas, altares y demás mobiliario fueron retirados. Y la Ciudad Prohibida estaba clausurada.
Mao Tse-Tung y Richard Nixon durante la visita del presidente de Estados Unidos a China en 1972 . AFPEn realidad, las raíces de la Revolución Cultural se remontan a principios de aquella década. China había sufrido otra catástrofe –el Gran Salto Adelante, un emprendimiento socio económico de presunta modernización- que provocó millones de muertos. Mao aceptó un papel menos activo en el gobierno y líderes más moderados, como el vice Liu Xaoshi y el premier Chou En-lai introdujeron reformas económicas basadas en los incentivos individuales, por ejemplo permitir a millones de familias cultivar su propia tierra. Hubo un crecimiento de la economía china (1962-1965) pero Mao detestaba esas reformas que iban contra los principios del marxismo.
En 1966, y después de que circularan rumores sobre el agravamiento de su salud, Mao decidió retomar el poder en plenitud, le dio más vuelo a su cuarta mujer, Jian Qing y tuvo como aliado al jefe del Ejército Popular, Lin Biao. Este promovió el libro de citas de Mao, el famoso “Pequeño Libro rojo”: exigió que todos los soldados lo leyeran y ratificaran su lealtad al Gran Timonel.
Cuando se lanzó la Revolución depuraron a figuras clave de la burocracia cultural y arrasaron con los escritores disidentes. Después que colocaran en “Daziabo” en la Universidad, los profesores de otras universidades replicaron la acción y la ola de críticas a los “reformistas” se extendió a todas las escuelas secundarias. Los líderes extremistas distribuyeron brazaletes a los escuadrones de estudiantes y los declararon «Guardias Rojos: la línea del frente de la nueva agitación revolucionaria».
Una de las agitadoras – la más relevante- fue Jian Qing, también conocida como Madame Mao: era la cuarta esposa del líder quien, hasta poco antes, la había preservado de toda intervención política. Veinte años menor que Mao, cautivó a este después de la Larga Marcha de los años 40 que lo llevaría al poder. Madame M quería intervenir en las cuestiones culturales y finalmente lo hizo, sin contemplaciones: liquidó la ópera tradicional china para reemplazarla por temas “socialistas” como la participación de los campesinos. Su discurso ante una multitud de estudiantes en la Universidad de Pekían también se señala como formal lanzamiento de la Revolución Cultural del 66.
Mao respaldó el discurso revolucionario y los ataques a las figuras de autoridad, de quienes creía que se habían vuelto “complacientes, burocráticos y antirrevolucionarios”. Los Guardias Rojos locales atacaron a cualquiera que creyeran que carecía de credenciales revolucionarias y luego se volvieron contra aquellos que simplemente no apoyaron incondicionalmente sus esfuerzos.
Pese a las directivas oficiales y el aliento de la dirección del Partido, las fuerzas locales se vieron obligadas a actuar de acuerdo con sus propias definiciones, y muchas de ellas terminaron infligiendo violencia a sus comunidades y chocando entre sí. Nadie quería ser considerado un «reaccionario», pero en ausencia de pautas oficiales para identificar a los «verdaderos comunistas», todos se convirtieron en blanco de los abusos. La gente intentó protegerse atacando a sus amigos e incluso a sus propias familias. El resultado fue una desconcertante serie de ataques y contraataques, luchas entre facciones, violencia impredecible y el colapso de la autoridad en toda China.
El caos y la violencia aumentaron en el otoño y el invierno de 1966, cuando las escuelas y universidades cerraron para que los estudiantes pudieran dedicarse a la «lucha revolucionaria». Y al mismo tiempo, se llevaron a cabo purgas en las altas esferas del Partido Comunista. A Liu Xaoshi y a otros expulsados los calificaban como “burgueses revisionistas”.
Los Guardias Rojos y otros grupos de trabajadores y campesinos aterrorizaron a millones de chinos durante el período 1966-1968. Miles de intelectuales fueron golpeados, se suicidaron o murieron a causa de sus heridas o privaciones. También, fueron encarcelados y millones enviados a trabajar en el campo para “reeducarse” trabajando entre los campesinos.
La violencia alcanzó su punto máximo a mediados del 67, las alas radicales hasta tomaron el control de las Relaciones exteriores en agosto de 1967 y comenzaron a nombrar a sus propios diplomáticos radicales para las embajadas chinas de todo el mundo. Fue en ese momento, y luego de nuevos incidentes en el verano del 68, cuando Mao y otros líderes consideraron que todo se salía de control.
El Congreso Nacional del PC designó en 1969 a Lin Biao como eventual sucesor de Mao y, como jefe del Ejército Popular, mantuvo otro enfrenamiento armado con los soviéticos en la frontera norte. Pero Lin también cayó en desgracia. A fines de 1971 –y después de que le acusaran de intentar asesinar a Mao- el propio Lin Biao se embarcó con una familia en un avión para huir del país: se estrelló en Mongolia. Lo llamaron “Renegado y traidor”, después de haberlo venerado como un héroe por más de una década.
Recién a comienzos de los 70 se normalizó la situación en colegios y universidades. Al mismo tiempo China iniciaba el sorpresivo encuentro con Occidente, que tuvo un hito con la visita del presidente estadounidense Richard Nixon en 1972. Pero Mao, para asegurarse de que la afluencia de elementos de la cultura occidental no diluyera los ideales de la Revolución Cultural, lanzó simultáneamente la campaña «Anei-Lin Biao Anti-Confucius», instando a los chinos a permanecer fieles a los valores marxistas. Su influencia no se extendería mucho más: Mao murió el 9 de septiembre de 1976 y su eventual sucesor, Chou en-lai, ocho meses antes.
Eran los únicos que podían controlar la despiadada lucha por el poder, donde el ala moderada y pragmática encarnada por Deng Xiao Ping prevaleció sobre “la banda de los cuatro”. Allí figuraba la propia Jian Qing, ahora viuda de Mao. Los acusaron de múltiples crímenes y de ser los autores intelectuales de la Revolución Cultural. Los arrestaron el 6 de octubre de 1976, fecha que considera el fin de la Revolución Cultural, cuyas políticas extremas comenzaron a revertirse. Jian Qing fue condenada a muerte, pero conmutaron esa pena y quedó en prisión perpetua: murió en 1991.
Una vez saldada aquella lucha, el Partido Comuhista chino anunció que ahora “podremos avanzar hacia la modernización socialista” pero, en la práctica, fue la mayor apertura a Occidente y la transición hacia modos capitalistas en su economía. En 1979, Deng Xio Ping se convirtió en el nuevo líder.
