El 18 de enero, los portugueses acudieron a las urnas para elegir al próximo presidente de la República entre los 11 candidatos presentados. En una de las elecciones más reñidas de la historia, el inicio de la campaña estuvo marcado por los debates en televisión y radio (noviembre), incluso antes de que el Tribunal Constitucional validara la elegibilidad de los candidatos. La dispersión de las candidaturas determinó la imprevisibilidad de los resultados electorales en la “primera vuelta”.
La excepción fue el candidato André Ventura, líder del partido Chega, de extrema derecha. Las tendencias de las encuestas de opinión pública a lo largo del mes de enero apuntaban a un resultado cómodo para disputar la “segunda vuelta”.
Luís Marques Mendes, el candidato a largo plazo, apoyado por el partido del Gobierno (PSD), fue perdiendo fuerza durante la campaña electoral, y las expectativas de victoria se fueron desvaneciendo a medida que se acercaban las elecciones.
No pasó del 9% de los votos. Gouveia e Melo, almirante en la reserva, comenzó la campaña sin una posición ideológica clara y transformó esa indefinición en un feroz ataque a su principal adversario: Marques Mendes.
El liberal Cotrim de Figueiredo galvanizó a los más escépticos del centro-derecha y fue el tercer candidato más votado en la “primera vuelta”.
Estas tres candidaturas, situadas ideológicamente en el centro-derecha, se disputaron el mismo electorado: desde los votantes con militancia partidaria declarada (partidos mayoritarios) hasta los menos explícitos, lo que tuvo como efecto la dispersión y fragmentación de los votos entre las respectivas candidaturas de esta familia ideológica.
António José Seguro partió tímidamente en esta contienda electoral, pero acabó disputando la “segunda vuelta” con André Ventura, obteniendo el 66,8 % de los votos.
Ante la dificultad de afirmarse como un “hombre de izquierdas”, prefirió adoptar una posición aglutinadora de “unir a los portugueses”, desafiando los acontecimientos disruptivos (el auge de la extrema derecha en Portugal y el rechazo de esta a determinados colectivos sociales) y apelando a la normalidad del “terreno común” democrático.
Primera y segunda vueltas
Una campaña electoral marcada en la “primera vuelta” por la saturación de los debates televisivos y radiofónicos, en la que el número de votantes indecisos aumentaba a medida que se acercaba el día de las elecciones.
La participación electoral fue una de las más altas de la historia en unas elecciones presidenciales: de los 11.009.803 votantes, el 52,3% decidió votar.
Por segunda vez en la historia democrática portuguesa, la presidencia de la República se disputó en una “segunda vuelta”: las elecciones de 1986 se disputaron entre Mário Soares (fundador del Partido Socialista, PS) y Freitas do Amaral (fundador del Centro Democrático y Social, CDS).
La campaña electoral de la “segunda vuelta” se vio marcada por un fenómeno meteorológico atípico (lluvias intensas y vientos fuertes) que causó víctimas y destrucción en algunas localidades.
Este acontecimiento determinó el curso de la campaña electoral y movilizó a los dos candidatos, António José Seguro y André Ventura, hacia las localidades afectadas.
La ineficacia y la tardía acción política del Gobierno permitieron la explotación y el aprovechamiento político por parte de André Ventura, mientras que el candidato Seguro prefirió un estilo más discreto (sin acompañamiento periodístico).
Si al inicio de la campaña electoral de esta segunda vuelta la principal preocupación era la desmovilización de los votantes, dado el resultado de la primera vuelta —António José Seguro con el 31% de los votos y André Ventura con el 23,5%—, el contexto adverso provocado por las tormentas Kristin y Leonardo amenazaba la participación de los votantes en las urnas.
António José Seguro se convirtió en el presidente de la República más votado de la historia con 3.482.481 votos, superando el resultado histórico obtenido por Mário Soares en 1991, con 3.460.365 votos. André Ventura obtuvo un 33,2% de los votos, sumando más de 400 mil votos a los obtenidos en la “primera vuelta”.
Nuevo ciclo político portugués
Estas elecciones marcan el inicio de un nuevo ciclo político en Portugal, caracterizado no sólo por la “natural” alternancia de protagonistas, sino también por una recomposición de las relaciones entre instituciones, partidos y electores.
La contundente victoria de António José Seguro, lograda en un contexto de incertidumbre social, saturación mediática y creciente polarización ideológica, representa, al mismo tiempo, un momento de continuidad democrática y un punto de ruptura con los patrones que, desde la consolidación democrática, habían estructurado el sistema político portugués, ya que el candidato André Ventura, en una segunda vuelta y como líder de Chega, introduce una nueva ecuación en la política nacional, con implicaciones que trascienden tanto este momento electoral como el contexto nacional.
Estos resultados deben analizarse con más detalle, veamos: tenemos un presidente de la República procedente del Partido Socialista, elegido con el voto más significativo de la historia democrática, que coexiste con un gobierno liderado por el Partido Socialdemócrata (centro derecha), cuya legitimidad se basa en una mayoría relativa en el Parlamento, debilitada tanto por la fragmentación partidista como por la presión sistemática ejercida por Chega como tercera fuerza política.
Si, por un lado, la coexistencia entre una presidencia y un ejecutivo del PS y del PSD no es inédita (Mário Soares con Cavaco Silva, Jorge Sampaio con Durão Barroso y Santana Lopes, Aníbal Cavaco Silva con José Sócrates, o Marcelo Rebelo de Sousa con António Costa), conlleva ciertas tensiones debido al tercer partido más votado, (que basa su estrategia política en una permanente radicalización).
En realidad, la Constitución de la República Portuguesa atribuye al presidente de la República el papel de garante de la estabilidad institucional, “árbitro” del sistema y moderador de los conflictos entre los órganos de soberanía.
Sin embargo, su actuación concreta depende inevitablemente de los resultados parlamentarios propios del contexto. La elección de un presidente del PS en un momento en que el gobierno está liderado por el PSD hace que la frontera entre el ejercicio imparcial de las competencias presidenciales y la percepción pública de las alineaciones partidistas sea una línea particularmente fina.
Esta tensión es tanto mayor cuanto más se cruza la actuación del presidente con decisiones que afectan directamente a la supervivencia o al rumbo político del gobierno (patrón observado también en la presidencia saliente).
¿Una derecha conflictiva?
En este nuevo marco, es fundamental ver cómo se desarrollará la situación. Si, por un lado, esta coexistencia entre el PS y el PSD es algo habitual en la democracia portuguesa, por otro, el impacto de la validación y el refuerzo de Chega como partido capaz de llegar a una segunda vuelta en unas elecciones presidenciales y, sobre todo, si tenemos en cuenta el número efectivo de votos, generará una dinámica (incluso argumentativa) por parte de André Ventura.
Una idea que quedó en el aire la noche de las elecciones y que se alinea con una clara noción de que hay un creciente influencia del partido en el electorado, que la movilización es rápida y poco habitual.
Este último punto es particularmente relevante, sobre todo si tenemos en cuenta que el líder de Chega se proclama como el legítimo representante de la derecha portuguesa y que ha declarado su intención de modificar el texto constitucional.
Por lo tanto, en un futuro próximo, deberíamos asistir a una dinámica conflictiva aún mayor entre Chega y los otros dos partidos.
Si, por un lado, compiten con el PSD por el espacio de la derecha, siendo el PSD un gobierno en funciones ejecutivas, expuesto a errores de decisión y acción, y con una mayoría frágil en el Parlamento, hay muchos puntos en los que puede aparecer bajo una luz poco beneficiosa, a lo que no es ajena la recurrente presión extremista para que se apruebe legislación incompatible con su identidad política.
En relación con el PS, existe una clara y recurrente demonización del socialismo y ejemplos en los que la corrupción tiene fundamentos de sospecha muy sólidos. En consecuencia, es de esperar que en el pleno y en las comisiones se agudice la confrontación entre las partes, con un recurrente intento de desgaste público del Gobierno e incluso el bloqueo de iniciativas legislativas importantes para el país.
En este contexto, se espera que Chega surja como potenciador y única vía de estabilidad/inestabilidad que ese mismo partido insiste en dinamizar.
El próximo ciclo político será, por lo tanto, decisivo para determinar si Portugal seguirá siendo una democracia liberal consolidada con un sistema de partidos funcional, o si evolucionará hacia una dinámica de polarización estructural.
Posible proyecciones
Si bien lo acontecido electoralmente en Portugal no es trasladable al escenario político español sin más, algunas reflexiones contrastivas pueden ofrecerse.
En esa línea, es importante destacar que lo allí acontecido recuerda a lo sucedido tantas veces en las elecciones presidenciales de distrito único en Francia: los votantes de las fuerzas con tradición democrática apoyan a los candidatos que representan la continuidad del status quo (en detrimento de líderazgos emergentes que amenazan con fracturar o implosionar el sistema).
Este tipo de elecciones relativizan el “poder de veto” que partidos extremos (de derecha o izquierda) tienen en regímenes parlamentarios y que tan astutamente potencian desde su protagonismo en redes sociales.
Por tanto, este tipo de comicios permite arrojar mayor luz sobre los patrones integrales de cultura política de la ciudadanía y contextualizan mejor la comprensión del apoyo social real de estas opciones escoradas en los extremos ideológicos.
Pablo Biderbost y Guillermo Boscán (Universidad de Salamanca), Patrícia Calca (ISCTE-IUL) y Teresa Ruel (Universidad Lusófona, Lisboa)
El 18 de enero, los portugueses acudieron a las urnas para elegir al próximo presidente de la República entre los 11 candidatos presentados. En una de las elecciones más reñidas de la historia, el inicio de la campaña estuvo marcado por los debates en televisión y radio (noviembre), incluso antes de que el Tribunal Constitucional validara la elegibilidad de los candidatos. La dispersión de las candidaturas determinó la imprevisibilidad de los resultados electorales en la “primera vuelta”. La excepción fue el candidato André Ventura, líder del partido Chega, de extrema derecha. Las tendencias de las encuestas de opinión pública a lo largo del mes de enero apuntaban a un resultado cómodo para disputar la “segunda vuelta”. Luís Marques Mendes, el candidato a largo plazo, apoyado por el partido del Gobierno (PSD), fue perdiendo fuerza durante la campaña electoral, y las expectativas de victoria se fueron desvaneciendo a medida que se acercaban las elecciones. No pasó del 9% de los votos. Gouveia e Melo, almirante en la reserva, comenzó la campaña sin una posición ideológica clara y transformó esa indefinición en un feroz ataque a su principal adversario: Marques Mendes. El liberal Cotrim de Figueiredo galvanizó a los más escépticos del centro-derecha y fue el tercer candidato más votado en la “primera vuelta”. Estas tres candidaturas, situadas ideológicamente en el centro-derecha, se disputaron el mismo electorado: desde los votantes con militancia partidaria declarada (partidos mayoritarios) hasta los menos explícitos, lo que tuvo como efecto la dispersión y fragmentación de los votos entre las respectivas candidaturas de esta familia ideológica. António José Seguro partió tímidamente en esta contienda electoral, pero acabó disputando la “segunda vuelta” con André Ventura, obteniendo el 66,8 % de los votos. Ante la dificultad de afirmarse como un “hombre de izquierdas”, prefirió adoptar una posición aglutinadora de “unir a los portugueses”, desafiando los acontecimientos disruptivos (el auge de la extrema derecha en Portugal y el rechazo de esta a determinados colectivos sociales) y apelando a la normalidad del “terreno común” democrático. Primera y segunda vueltasUna campaña electoral marcada en la “primera vuelta” por la saturación de los debates televisivos y radiofónicos, en la que el número de votantes indecisos aumentaba a medida que se acercaba el día de las elecciones. La participación electoral fue una de las más altas de la historia en unas elecciones presidenciales: de los 11.009.803 votantes, el 52,3% decidió votar. Por segunda vez en la historia democrática portuguesa, la presidencia de la República se disputó en una “segunda vuelta”: las elecciones de 1986 se disputaron entre Mário Soares (fundador del Partido Socialista, PS) y Freitas do Amaral (fundador del Centro Democrático y Social, CDS). La campaña electoral de la “segunda vuelta” se vio marcada por un fenómeno meteorológico atípico (lluvias intensas y vientos fuertes) que causó víctimas y destrucción en algunas localidades. Este acontecimiento determinó el curso de la campaña electoral y movilizó a los dos candidatos, António José Seguro y André Ventura, hacia las localidades afectadas. La ineficacia y la tardía acción política del Gobierno permitieron la explotación y el aprovechamiento político por parte de André Ventura, mientras que el candidato Seguro prefirió un estilo más discreto (sin acompañamiento periodístico). Si al inicio de la campaña electoral de esta segunda vuelta la principal preocupación era la desmovilización de los votantes, dado el resultado de la primera vuelta —António José Seguro con el 31% de los votos y André Ventura con el 23,5%—, el contexto adverso provocado por las tormentas Kristin y Leonardo amenazaba la participación de los votantes en las urnas. António José Seguro se convirtió en el presidente de la República más votado de la historia con 3.482.481 votos, superando el resultado histórico obtenido por Mário Soares en 1991, con 3.460.365 votos. André Ventura obtuvo un 33,2% de los votos, sumando más de 400 mil votos a los obtenidos en la “primera vuelta”.Nuevo ciclo político portuguésEstas elecciones marcan el inicio de un nuevo ciclo político en Portugal, caracterizado no sólo por la “natural” alternancia de protagonistas, sino también por una recomposición de las relaciones entre instituciones, partidos y electores. La contundente victoria de António José Seguro, lograda en un contexto de incertidumbre social, saturación mediática y creciente polarización ideológica, representa, al mismo tiempo, un momento de continuidad democrática y un punto de ruptura con los patrones que, desde la consolidación democrática, habían estructurado el sistema político portugués, ya que el candidato André Ventura, en una segunda vuelta y como líder de Chega, introduce una nueva ecuación en la política nacional, con implicaciones que trascienden tanto este momento electoral como el contexto nacional. Estos resultados deben analizarse con más detalle, veamos: tenemos un presidente de la República procedente del Partido Socialista, elegido con el voto más significativo de la historia democrática, que coexiste con un gobierno liderado por el Partido Socialdemócrata (centro derecha), cuya legitimidad se basa en una mayoría relativa en el Parlamento, debilitada tanto por la fragmentación partidista como por la presión sistemática ejercida por Chega como tercera fuerza política. Si, por un lado, la coexistencia entre una presidencia y un ejecutivo del PS y del PSD no es inédita (Mário Soares con Cavaco Silva, Jorge Sampaio con Durão Barroso y Santana Lopes, Aníbal Cavaco Silva con José Sócrates, o Marcelo Rebelo de Sousa con António Costa), conlleva ciertas tensiones debido al tercer partido más votado, (que basa su estrategia política en una permanente radicalización). En realidad, la Constitución de la República Portuguesa atribuye al presidente de la República el papel de garante de la estabilidad institucional, “árbitro” del sistema y moderador de los conflictos entre los órganos de soberanía. Sin embargo, su actuación concreta depende inevitablemente de los resultados parlamentarios propios del contexto. La elección de un presidente del PS en un momento en que el gobierno está liderado por el PSD hace que la frontera entre el ejercicio imparcial de las competencias presidenciales y la percepción pública de las alineaciones partidistas sea una línea particularmente fina. Esta tensión es tanto mayor cuanto más se cruza la actuación del presidente con decisiones que afectan directamente a la supervivencia o al rumbo político del gobierno (patrón observado también en la presidencia saliente).¿Una derecha conflictiva?En este nuevo marco, es fundamental ver cómo se desarrollará la situación. Si, por un lado, esta coexistencia entre el PS y el PSD es algo habitual en la democracia portuguesa, por otro, el impacto de la validación y el refuerzo de Chega como partido capaz de llegar a una segunda vuelta en unas elecciones presidenciales y, sobre todo, si tenemos en cuenta el número efectivo de votos, generará una dinámica (incluso argumentativa) por parte de André Ventura. Una idea que quedó en el aire la noche de las elecciones y que se alinea con una clara noción de que hay un creciente influencia del partido en el electorado, que la movilización es rápida y poco habitual. Este último punto es particularmente relevante, sobre todo si tenemos en cuenta que el líder de Chega se proclama como el legítimo representante de la derecha portuguesa y que ha declarado su intención de modificar el texto constitucional.Por lo tanto, en un futuro próximo, deberíamos asistir a una dinámica conflictiva aún mayor entre Chega y los otros dos partidos. Si, por un lado, compiten con el PSD por el espacio de la derecha, siendo el PSD un gobierno en funciones ejecutivas, expuesto a errores de decisión y acción, y con una mayoría frágil en el Parlamento, hay muchos puntos en los que puede aparecer bajo una luz poco beneficiosa, a lo que no es ajena la recurrente presión extremista para que se apruebe legislación incompatible con su identidad política. En relación con el PS, existe una clara y recurrente demonización del socialismo y ejemplos en los que la corrupción tiene fundamentos de sospecha muy sólidos. En consecuencia, es de esperar que en el pleno y en las comisiones se agudice la confrontación entre las partes, con un recurrente intento de desgaste público del Gobierno e incluso el bloqueo de iniciativas legislativas importantes para el país. En este contexto, se espera que Chega surja como potenciador y única vía de estabilidad/inestabilidad que ese mismo partido insiste en dinamizar. El próximo ciclo político será, por lo tanto, decisivo para determinar si Portugal seguirá siendo una democracia liberal consolidada con un sistema de partidos funcional, o si evolucionará hacia una dinámica de polarización estructural.Posible proyeccionesSi bien lo acontecido electoralmente en Portugal no es trasladable al escenario político español sin más, algunas reflexiones contrastivas pueden ofrecerse. En esa línea, es importante destacar que lo allí acontecido recuerda a lo sucedido tantas veces en las elecciones presidenciales de distrito único en Francia: los votantes de las fuerzas con tradición democrática apoyan a los candidatos que representan la continuidad del status quo (en detrimento de líderazgos emergentes que amenazan con fracturar o implosionar el sistema). Este tipo de elecciones relativizan el “poder de veto” que partidos extremos (de derecha o izquierda) tienen en regímenes parlamentarios y que tan astutamente potencian desde su protagonismo en redes sociales. Por tanto, este tipo de comicios permite arrojar mayor luz sobre los patrones integrales de cultura política de la ciudadanía y contextualizan mejor la comprensión del apoyo social real de estas opciones escoradas en los extremos ideológicos. Pablo Biderbost y Guillermo Boscán (Universidad de Salamanca), Patrícia Calca (ISCTE-IUL) y Teresa Ruel (Universidad Lusófona, Lisboa)
La Voz
