La aceleración de la inteligencia artificial (IA) y la robótica abrió un debate urgente: qué lugar ocuparán las personas en un escenario donde los algoritmos realicen buena parte del trabajo intelectual y los robots asuman tareas manuales. Organismos internacionales ya proyectan cambios profundos en el empleo y piden anticiparse con políticas públicas y nuevas formas de organización social.
Inteligencia Artificial y empleo
La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) generativa, encabezada por herramientas como ChatGPT, instaló en la agenda global un temor recurrente: el reemplazo inminente del trabajador humano por la máquina.
Sin embargo, a tres años de esta aceleración tecnológica, las cifras macroeconómicas cuentan una historia diferente. El desempleo por ejemplo en la Unión Europea ronda el 6%, un mínimo histórico, mientras que en Estados Unidos se ubica cerca del 4,4%.
Renaud Foucart, economista de la Universidad de Lancaster, explica que el escenario apocalíptico no se ha materializado porque la tecnología, aunque vuelve obsoletas ciertas tareas, simultáneamente crea nuevas formas de trabajo, en publicaciones recientes.
Se trata de un fenómeno comparable a la introducción de los cajeros automáticos en 1967: lejos de eliminar a los empleados bancarios, redujo costos operativos y permitió abrir más sucursales, reorientando al personal hacia tareas de asesoramiento de mayor valor.
Inversión récord y transformación de perfiles
El mercado no solo resiste, sino que se expande. Un informe reciente de la Ocde y la Comisión Europea revela que la inversión en IA en la Unión Europea alcanzó -por caso- los 257 mil millones de euros solo en 2023, cumpliendo con las metas estipuladas para la década.
El dato clave para el futuro del empleo radica en el destino de esos fondos: el desarrollo de habilidades y capital humano representa el 41% de la inversión, superando incluso a la compra de equipamiento y datos.
Esto sugiere que las empresas apuestan por la adaptación de su fuerza laboral más que por el reemplazo directo. No obstante, el sector privado domina este flujo de capitales con un 73% del total, lo que plantea desafíos para la regulación pública.

La amenaza de la desigualdad y la “dualización”
Aunque el desempleo masivo no es la norma actual, el impacto de la IA no es uniforme y amenaza con profundizar las brechas sociales.
Expertos advierten que el mayor riesgo no es la falta de trabajo, sino la desigualdad. Los trabajadores y emprendedores más cualificados son quienes capturan los mayores beneficios de la productividad aumentada por la IA.
Investigaciones en países de la Ocde indican que un aumento del 10% en el stock de robots industriales se asocia con un incremento de apenas 0,42 puntos en la tasa de desempleo, pero afecta desproporcionadamente a trabajadores con menor nivel educativo.
Esta dinámica podría generar “bolsas de perdedores” en el proceso de transición, según advierte Miguel Ángel Malo, experto de la Universidad de Salamanca, en una publicación de El Mundo.
En América Latina, la preocupación central es la “dualización” de la economía: sectores modernos altamente productivos conviviendo con una productividad general débil, lo que exige gobiernos ágiles para evitar una mayor polarización del ingreso.
El horizonte 2030: las tres olas de automatización
Mirando hacia el mediano plazo, la consultora PwC pronostica que el impacto real de la automatización se sentirá con mayor fuerza a partir de la década de 2030.
El informe distingue tres etapas: la actual “ola algorítmica”; una “ola aumentada” hasta mediados de la década; y finalmente la “ola autónoma”, prevista para 2030, donde se automatizarán resoluciones de problemas en tiempo real.
Para ese entonces, sectores como el transporte y la logística podrían ver afectados hasta un 52% de sus puestos, seguidos por la manufactura (45%) y la construcción (40%).
En contraste, áreas que requieren empatía, creatividad y gestión humana, como la salud y el trabajo social, mantendrán un riesgo de automatización bajo, estimado en torno al 25%.
Nuevas competencias para un mercado híbrido
La premisa para los trabajadores es clara: la capacidad de aprendizaje será la habilidad determinante para conservar la empleabilidad.
Se espera un incremento en la demanda de perfiles relacionados con la tecnología de la información, ciberseguridad, robótica y análisis de datos.
Sin embargo, también se revalorizarán competencias netamente humanas. El pensamiento crítico, la inteligencia emocional y el liderazgo de equipos serán activos que las máquinas no podrán replicar fácilmente.
Como señala Pablo Urquijo, de ManpowerGroup, el desafío es maximizar los beneficios de la tecnología minimizando el daño social, entendiendo a la IA como una herramienta y no como un sustituto total.

El rol de los gobiernos y la seguridad social
Ante este panorama, la Ocde ha lanzado una convocatoria global para que los gobiernos compartan iniciativas de gobernanza en IA, buscando crear una base de evidencia que permita diseñar políticas públicas eficientes.
La discusión sobre la necesidad de fortalecer el Estado de Bienestar vuelve al centro de la escena. Expertos sugieren que será indispensable crear nuevas redes de seguridad social para transiciones laborales más frecuentes.
“El Estado de Bienestar es viable siempre y cuando tenga las coaliciones políticas que lo respalden”, afirma el catedrático Rafael Muñoz de Bustillo, subrayando la necesidad de mecanismos que distribuyan la productividad extra generada por los robots.
Informe de la Ocde
La Ocde estima que, en promedio, cerca del 28% de los puestos de trabajo en sus países miembros están en alto riesgo de automatización, a partir de la expansión de la IA y otras tecnologías emergentes.
Esta tendencia no se limita a tareas rutinarias: también alcanza ocupaciones calificadas, como finanzas, medicina o servicios legales.
En paralelo, informes recientes del propio organismo y de la Iniciativa Global sobre IA (GPAI) señalan que el despliegue de estas herramientas ya está modificando la organización del trabajo, la calidad del empleo y las necesidades de capacitación en múltiples sectores.
El escenario de largo plazo que plantean algunos expertos es claro: muchas tareas que hoy realizan personas, tanto intelectuales como físicas, podrían ser realizadas por sistemas automatizados.
En este contexto, la pregunta deja de ser si la tecnología desplazará empleos, y pasa a ser qué harán las personas cuando la productividad dependa en gran medida de algoritmos, datos y robots.
El debate ya está en la agenda de foros multilaterales y gobiernos nacionales, que analizan reformas en educación, protección social y regulación del trabajo.
Un “punto de inflexión” en el trabajo
La Ocde advierte que las economías avanzadas podrían estar “al borde de una revolución de la IA” que cambie de forma estructural el mercado laboral, al permitir automatizar tareas no rutinarias y procesar datos no estructurados.
Esa transformación no se limitaría a sectores industriales: también alcanzaría servicios profesionales, administrativos y creativos.
Los datos muestran que la adopción masiva todavía es incipiente, pero crece rápido: encuestas en países desarrollados registran un uso cada vez más extendido de herramientas de IA para sintetizar información, asistir en decisiones y automatizar procesos administrativos.

Al mismo tiempo, grupos específicos de trabajadores, sobre todo quienes tienen menos formación o desempeños rutinarios, se encuentran más expuestos a cambios bruscos.
En el corto y mediano plazo, los estudios coinciden en que la mayoría de los empleos serán “reconfigurados” antes que totalmente reemplazados.
Sin embargo, a medida que la tecnología avance, el margen para que una persona compita con algoritmos en velocidad de cálculo o con robots en fuerza y precisión será cada vez menor.
La pregunta no es si habrá empleo, sino qué entenderemos por trabajo humano cuando las máquinas puedan hacer casi todo lo que hoy consideramos productivo.
Roles humanos en un mundo automatizado
Los escenarios elaborados por equipos de la Ocde y de la comunidad internacional de expertos en IA coinciden en que ciertas funciones seguirán siendo centrales para las personas, incluso con alta automatización.
Entre ellas se destacan la supervisión de sistemas, el diseño de políticas, la regulación, la educación, el cuidado de personas y las actividades que requieren empatía o deliberación ética.
Un responsable de políticas públicas de la Ocde lo plantea como un desplazamiento de foco: “Pasaremos menos tiempo ejecutando tareas y más tiempo decidiendo para qué se usan las máquinas”.
De acuerdo con esa visión, los humanos asumirían un rol de dirección estratégica, definición de objetivos y control de riesgos, mientras la IA y la robótica se ocupan de la mayor parte de la ejecución.
Otra área donde se espera mayor protagonismo humano es la creación de normas y marcos institucionales.
La propia Ocde impulsa principios para una IA “confiable y centrada en las personas”, orientados a evitar sesgos, proteger la privacidad y asegurar transparencia en los algoritmos que se aplican en el trabajo.
Esos lineamientos apuntan a que, aun cuando la IA pueda realizar tareas intelectuales complejas, la responsabilidad última por las decisiones relevantes para la vida de las personas siga recayendo en autoridades humanas, ya sean reguladores, jueces, directivos o profesionales de la salud.
Capacitación continua y nuevos oficios
Los informes sobre el futuro del trabajo coinciden en que la formación permanente será clave para adaptarse a un entorno donde las tareas cambian con rapidez.
Se proyecta una demanda creciente de habilidades vinculadas a la alfabetización digital, el pensamiento crítico, la resolución de problemas complejos y la coordinación entre humanos y máquinas.
La Ocde destaca que los sistemas educativos deberán actualizar contenidos y metodologías para preparar a estudiantes que convivirán con la IA desde el inicio de su vida laboral.

Eso implica, por ejemplo, enseñar a interpretar y supervisar resultados generados por algoritmos, comprender sus límites y detectar errores o sesgos.
En el mercado de trabajo ya comienzan a aparecer roles como entrenadores de modelos de IA, especialistas en ética algorítmica, diseñadores de sistemas socio-técnicos y mediadores entre equipos humanos y plataformas automatizadas.
En la medida en que la automatización avance sobre ocupaciones tradicionales, estos nuevos oficios podrían concentrar parte importante del empleo calificado.
No será un cambio de un día para el otro, pero las trayectorias profesionales se volverán más dinámicas. Muchas personas cambiarán varias veces de ocupación a lo largo de su vida, en función de cómo evolucionen la tecnología y la demanda social.
Protección social y tiempo libre
El posible desplazamiento estructural de empleos también reabre el debate sobre la protección social. La Ocde y otros organismos analizan alternativas como la ampliación de los seguros de desempleo, sistemas de capacitación financiados con fondos públicos y privados, y nuevas fórmulas de ingresos mínimos garantizados.
En escenarios de alta automatización, parte de la riqueza generada por la productividad de la IA y la robótica podría destinarse a financiar redes de seguridad más robustas, con el objetivo de evitar que amplios grupos queden excluidos del mercado laboral formal. Eso requeriría, a su vez, reformas impositivas y acuerdos políticos de largo plazo.
Otra discusión abierta apunta al uso del tiempo. Si las máquinas pueden sostener niveles elevados de producción, algunos especialistas proponen reducir la jornada laboral o adelantar la edad de retiro, de modo que las personas dispongan de más horas para el cuidado, la formación, la participación comunitaria o actividades culturales.
Según la visión de estos analistas, la automatización podría habilitar una reorganización del trabajo que priorice la calidad de vida y el desarrollo personal, siempre que existan mecanismos de distribución de los beneficios tecnológicos.
Sin estos acuerdos, advierten, es probable que aumenten las brechas entre quienes controlan las tecnologías y quienes dependen de ellas para subsistir.
Servicios esenciales y presencia humana
Aun en un contexto de fuerte automatización, los especialistas coinciden en que habrá ámbitos donde la intervención humana seguirá siendo irremplazable, en particular en tareas de seguridad, cuidado y atención directa.
Aunque en el futuro se expandan los vehículos autónomos y los sistemas de monitoreo automatizado, la planificación de los operativos, la gestión de emergencias y la comunicación con la ciudadanía seguirán requiriendo personal capacitado.
Este tipo de funciones ilustra un posible rol de las personas en un entorno altamente automatizado: supervisar sistemas, interpretar datos en tiempo real, tomar decisiones en contextos cambiantes y sostener el vínculo directo con la comunidad.
Identidad, sentido y participación
Más allá de los números, la pregunta qué harán los humanos cuando la IA y los robots absorban buena parte del trabajo abre un debate sobre identidad y sentido. Varias investigaciones señalan que el empleo no sólo provee ingresos, sino también estructura del tiempo, reconocimiento social y pertenencia.
En un escenario donde menos personas dependan del empleo formal a tiempo completo, otras esferas podrían cobrar mayor peso: el trabajo comunitario, la creación artística, el aprendizaje a lo largo de la vida y la participación en procesos deliberativos sobre cómo utilizar la tecnología y distribuir sus frutos.
En términos institucionales, esto implicaría fortalecer espacios de diálogo entre gobiernos, empresas, sindicatos, organizaciones sociales y comunidades científicas para definir reglas claras sobre el uso de la IA.
La experiencia reciente muestra que, sin estos acuerdos, el avance tecnológico puede profundizar desigualdades preexistentes.
La jefa de un organismo económico internacional advirtió en un foro reciente que la IA podría convertirse en una “ola de gran magnitud” para los mercados laborales, y subrayó que “el tiempo de prepararse es ahora”, remarcando la necesidad de combinar innovación con inclusión.
Los escenarios de alta automatización muestran que el desafío no será sólo tecnológico, sino político y social: redefinir qué entendemos por trabajo, cómo se distribuyen los beneficios de la productividad y qué lugar ocupan las personas en decisiones que cada vez más estarán mediadas por algoritmos y sistemas inteligentes.
La aceleración de la inteligencia artificial (IA) y la robótica abrió un debate urgente: qué lugar ocuparán las personas en un escenario donde los algoritmos realicen buena parte del trabajo intelectual y los robots asuman tareas manuales. Organismos internacionales ya proyectan cambios profundos en el empleo y piden anticiparse con políticas públicas y nuevas formas de organización social.Inteligencia Artificial y empleo La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) generativa, encabezada por herramientas como ChatGPT, instaló en la agenda global un temor recurrente: el reemplazo inminente del trabajador humano por la máquina.Sin embargo, a tres años de esta aceleración tecnológica, las cifras macroeconómicas cuentan una historia diferente. El desempleo por ejemplo en la Unión Europea ronda el 6%, un mínimo histórico, mientras que en Estados Unidos se ubica cerca del 4,4%.Renaud Foucart, economista de la Universidad de Lancaster, explica que el escenario apocalíptico no se ha materializado porque la tecnología, aunque vuelve obsoletas ciertas tareas, simultáneamente crea nuevas formas de trabajo, en publicaciones recientes.Se trata de un fenómeno comparable a la introducción de los cajeros automáticos en 1967: lejos de eliminar a los empleados bancarios, redujo costos operativos y permitió abrir más sucursales, reorientando al personal hacia tareas de asesoramiento de mayor valor.Inversión récord y transformación de perfilesEl mercado no solo resiste, sino que se expande. Un informe reciente de la Ocde y la Comisión Europea revela que la inversión en IA en la Unión Europea alcanzó -por caso- los 257 mil millones de euros solo en 2023, cumpliendo con las metas estipuladas para la década.El dato clave para el futuro del empleo radica en el destino de esos fondos: el desarrollo de habilidades y capital humano representa el 41% de la inversión, superando incluso a la compra de equipamiento y datos.Esto sugiere que las empresas apuestan por la adaptación de su fuerza laboral más que por el reemplazo directo. No obstante, el sector privado domina este flujo de capitales con un 73% del total, lo que plantea desafíos para la regulación pública.La amenaza de la desigualdad y la “dualización”Aunque el desempleo masivo no es la norma actual, el impacto de la IA no es uniforme y amenaza con profundizar las brechas sociales.Expertos advierten que el mayor riesgo no es la falta de trabajo, sino la desigualdad. Los trabajadores y emprendedores más cualificados son quienes capturan los mayores beneficios de la productividad aumentada por la IA.Investigaciones en países de la Ocde indican que un aumento del 10% en el stock de robots industriales se asocia con un incremento de apenas 0,42 puntos en la tasa de desempleo, pero afecta desproporcionadamente a trabajadores con menor nivel educativo.Esta dinámica podría generar “bolsas de perdedores” en el proceso de transición, según advierte Miguel Ángel Malo, experto de la Universidad de Salamanca, en una publicación de El Mundo.En América Latina, la preocupación central es la “dualización” de la economía: sectores modernos altamente productivos conviviendo con una productividad general débil, lo que exige gobiernos ágiles para evitar una mayor polarización del ingreso.El horizonte 2030: las tres olas de automatizaciónMirando hacia el mediano plazo, la consultora PwC pronostica que el impacto real de la automatización se sentirá con mayor fuerza a partir de la década de 2030.El informe distingue tres etapas: la actual “ola algorítmica”; una “ola aumentada” hasta mediados de la década; y finalmente la “ola autónoma”, prevista para 2030, donde se automatizarán resoluciones de problemas en tiempo real.Para ese entonces, sectores como el transporte y la logística podrían ver afectados hasta un 52% de sus puestos, seguidos por la manufactura (45%) y la construcción (40%).En contraste, áreas que requieren empatía, creatividad y gestión humana, como la salud y el trabajo social, mantendrán un riesgo de automatización bajo, estimado en torno al 25%.Nuevas competencias para un mercado híbridoLa premisa para los trabajadores es clara: la capacidad de aprendizaje será la habilidad determinante para conservar la empleabilidad.Se espera un incremento en la demanda de perfiles relacionados con la tecnología de la información, ciberseguridad, robótica y análisis de datos.Sin embargo, también se revalorizarán competencias netamente humanas. El pensamiento crítico, la inteligencia emocional y el liderazgo de equipos serán activos que las máquinas no podrán replicar fácilmente.Como señala Pablo Urquijo, de ManpowerGroup, el desafío es maximizar los beneficios de la tecnología minimizando el daño social, entendiendo a la IA como una herramienta y no como un sustituto total.El rol de los gobiernos y la seguridad socialAnte este panorama, la Ocde ha lanzado una convocatoria global para que los gobiernos compartan iniciativas de gobernanza en IA, buscando crear una base de evidencia que permita diseñar políticas públicas eficientes.La discusión sobre la necesidad de fortalecer el Estado de Bienestar vuelve al centro de la escena. Expertos sugieren que será indispensable crear nuevas redes de seguridad social para transiciones laborales más frecuentes.“El Estado de Bienestar es viable siempre y cuando tenga las coaliciones políticas que lo respalden”, afirma el catedrático Rafael Muñoz de Bustillo, subrayando la necesidad de mecanismos que distribuyan la productividad extra generada por los robots.Informe de la OcdeLa Ocde estima que, en promedio, cerca del 28% de los puestos de trabajo en sus países miembros están en alto riesgo de automatización, a partir de la expansión de la IA y otras tecnologías emergentes.Esta tendencia no se limita a tareas rutinarias: también alcanza ocupaciones calificadas, como finanzas, medicina o servicios legales.En paralelo, informes recientes del propio organismo y de la Iniciativa Global sobre IA (GPAI) señalan que el despliegue de estas herramientas ya está modificando la organización del trabajo, la calidad del empleo y las necesidades de capacitación en múltiples sectores.El escenario de largo plazo que plantean algunos expertos es claro: muchas tareas que hoy realizan personas, tanto intelectuales como físicas, podrían ser realizadas por sistemas automatizados.En este contexto, la pregunta deja de ser si la tecnología desplazará empleos, y pasa a ser qué harán las personas cuando la productividad dependa en gran medida de algoritmos, datos y robots. El debate ya está en la agenda de foros multilaterales y gobiernos nacionales, que analizan reformas en educación, protección social y regulación del trabajo.Un “punto de inflexión” en el trabajoLa Ocde advierte que las economías avanzadas podrían estar “al borde de una revolución de la IA” que cambie de forma estructural el mercado laboral, al permitir automatizar tareas no rutinarias y procesar datos no estructurados.Esa transformación no se limitaría a sectores industriales: también alcanzaría servicios profesionales, administrativos y creativos.Los datos muestran que la adopción masiva todavía es incipiente, pero crece rápido: encuestas en países desarrollados registran un uso cada vez más extendido de herramientas de IA para sintetizar información, asistir en decisiones y automatizar procesos administrativos.Al mismo tiempo, grupos específicos de trabajadores, sobre todo quienes tienen menos formación o desempeños rutinarios, se encuentran más expuestos a cambios bruscos.En el corto y mediano plazo, los estudios coinciden en que la mayoría de los empleos serán “reconfigurados” antes que totalmente reemplazados.Sin embargo, a medida que la tecnología avance, el margen para que una persona compita con algoritmos en velocidad de cálculo o con robots en fuerza y precisión será cada vez menor.La pregunta no es si habrá empleo, sino qué entenderemos por trabajo humano cuando las máquinas puedan hacer casi todo lo que hoy consideramos productivo.Roles humanos en un mundo automatizadoLos escenarios elaborados por equipos de la Ocde y de la comunidad internacional de expertos en IA coinciden en que ciertas funciones seguirán siendo centrales para las personas, incluso con alta automatización.Entre ellas se destacan la supervisión de sistemas, el diseño de políticas, la regulación, la educación, el cuidado de personas y las actividades que requieren empatía o deliberación ética.Un responsable de políticas públicas de la Ocde lo plantea como un desplazamiento de foco: “Pasaremos menos tiempo ejecutando tareas y más tiempo decidiendo para qué se usan las máquinas”. De acuerdo con esa visión, los humanos asumirían un rol de dirección estratégica, definición de objetivos y control de riesgos, mientras la IA y la robótica se ocupan de la mayor parte de la ejecución.Otra área donde se espera mayor protagonismo humano es la creación de normas y marcos institucionales. La propia Ocde impulsa principios para una IA “confiable y centrada en las personas”, orientados a evitar sesgos, proteger la privacidad y asegurar transparencia en los algoritmos que se aplican en el trabajo.Esos lineamientos apuntan a que, aun cuando la IA pueda realizar tareas intelectuales complejas, la responsabilidad última por las decisiones relevantes para la vida de las personas siga recayendo en autoridades humanas, ya sean reguladores, jueces, directivos o profesionales de la salud.Capacitación continua y nuevos oficiosLos informes sobre el futuro del trabajo coinciden en que la formación permanente será clave para adaptarse a un entorno donde las tareas cambian con rapidez.Se proyecta una demanda creciente de habilidades vinculadas a la alfabetización digital, el pensamiento crítico, la resolución de problemas complejos y la coordinación entre humanos y máquinas.La Ocde destaca que los sistemas educativos deberán actualizar contenidos y metodologías para preparar a estudiantes que convivirán con la IA desde el inicio de su vida laboral.Eso implica, por ejemplo, enseñar a interpretar y supervisar resultados generados por algoritmos, comprender sus límites y detectar errores o sesgos.En el mercado de trabajo ya comienzan a aparecer roles como entrenadores de modelos de IA, especialistas en ética algorítmica, diseñadores de sistemas socio-técnicos y mediadores entre equipos humanos y plataformas automatizadas.En la medida en que la automatización avance sobre ocupaciones tradicionales, estos nuevos oficios podrían concentrar parte importante del empleo calificado.No será un cambio de un día para el otro, pero las trayectorias profesionales se volverán más dinámicas. Muchas personas cambiarán varias veces de ocupación a lo largo de su vida, en función de cómo evolucionen la tecnología y la demanda social.Protección social y tiempo libreEl posible desplazamiento estructural de empleos también reabre el debate sobre la protección social. La Ocde y otros organismos analizan alternativas como la ampliación de los seguros de desempleo, sistemas de capacitación financiados con fondos públicos y privados, y nuevas fórmulas de ingresos mínimos garantizados.En escenarios de alta automatización, parte de la riqueza generada por la productividad de la IA y la robótica podría destinarse a financiar redes de seguridad más robustas, con el objetivo de evitar que amplios grupos queden excluidos del mercado laboral formal. Eso requeriría, a su vez, reformas impositivas y acuerdos políticos de largo plazo.Otra discusión abierta apunta al uso del tiempo. Si las máquinas pueden sostener niveles elevados de producción, algunos especialistas proponen reducir la jornada laboral o adelantar la edad de retiro, de modo que las personas dispongan de más horas para el cuidado, la formación, la participación comunitaria o actividades culturales.Según la visión de estos analistas, la automatización podría habilitar una reorganización del trabajo que priorice la calidad de vida y el desarrollo personal, siempre que existan mecanismos de distribución de los beneficios tecnológicos. Sin estos acuerdos, advierten, es probable que aumenten las brechas entre quienes controlan las tecnologías y quienes dependen de ellas para subsistir.Servicios esenciales y presencia humanaAun en un contexto de fuerte automatización, los especialistas coinciden en que habrá ámbitos donde la intervención humana seguirá siendo irremplazable, en particular en tareas de seguridad, cuidado y atención directa.Aunque en el futuro se expandan los vehículos autónomos y los sistemas de monitoreo automatizado, la planificación de los operativos, la gestión de emergencias y la comunicación con la ciudadanía seguirán requiriendo personal capacitado. Este tipo de funciones ilustra un posible rol de las personas en un entorno altamente automatizado: supervisar sistemas, interpretar datos en tiempo real, tomar decisiones en contextos cambiantes y sostener el vínculo directo con la comunidad.Identidad, sentido y participaciónMás allá de los números, la pregunta qué harán los humanos cuando la IA y los robots absorban buena parte del trabajo abre un debate sobre identidad y sentido. Varias investigaciones señalan que el empleo no sólo provee ingresos, sino también estructura del tiempo, reconocimiento social y pertenencia.En un escenario donde menos personas dependan del empleo formal a tiempo completo, otras esferas podrían cobrar mayor peso: el trabajo comunitario, la creación artística, el aprendizaje a lo largo de la vida y la participación en procesos deliberativos sobre cómo utilizar la tecnología y distribuir sus frutos.En términos institucionales, esto implicaría fortalecer espacios de diálogo entre gobiernos, empresas, sindicatos, organizaciones sociales y comunidades científicas para definir reglas claras sobre el uso de la IA. La experiencia reciente muestra que, sin estos acuerdos, el avance tecnológico puede profundizar desigualdades preexistentes.La jefa de un organismo económico internacional advirtió en un foro reciente que la IA podría convertirse en una “ola de gran magnitud” para los mercados laborales, y subrayó que “el tiempo de prepararse es ahora”, remarcando la necesidad de combinar innovación con inclusión.Los escenarios de alta automatización muestran que el desafío no será sólo tecnológico, sino político y social: redefinir qué entendemos por trabajo, cómo se distribuyen los beneficios de la productividad y qué lugar ocupan las personas en decisiones que cada vez más estarán mediadas por algoritmos y sistemas inteligentes.La Voz
