25/08/2026 10:43
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Turismo

Fuera de la ruta clásica: 7 escapadas a menos de dos horas de París que pocos tienen en el radar

Fuera de la ruta clásica: 7 escapadas a menos de dos horas de París que pocos tienen en el radar

Mientras las multitudes se concentran en Versalles, este itinerario propone explorar otras joyas cercanas a la capital de Francia. Un recorrido por castillos troglodíticos, rincone

Frente a la fachada de Notre-Dame, entre selfies y empujones, un disco de bronce del tamaño de un plato pasa casi siempre inadvertido bajo los pies de los turistas. Marca el point zéro des routes de France, el sitio exacto desde el cual se calculan, oficialmente, las distancias entre París y cualquier otra ciudad del país.

Durante casi seis años esa referencia estuvo ausente: el incendio de abril de 2019 obligó a retirarla junto con buena parte del parvis, y recién en julio de 2025 los operarios volvieron a incrustarla en la piedra recién restaurada. Durante ese lapso, en sentido estricto, Francia entera quedó sin origen oficial de sus caminos.

La idea viene de lejos, casi tanto como la romana. En 1769, Luis XV firmó una carta patente para fijar ese punto de referencia, y eligió, no por casualidad, el atrio de la catedral: en la Edad Media, en ese mismo lugar se alzaba la échelle de justice, la escalera donde los condenados pedían perdón antes de la ejecución o el destierro. El lugar del castigo terminó convertido, siglos después, en el lugar de la orientación. París, como Roma antes, se pensó a sí misma como medida y destino de cualquier trayecto nacional.

La paradoja contemporánea funciona igual que en Italia. París sigue siendo el centro, aunque ahora opera sobre todo como punto de partida. Desde ese disco de bronce se abren, en apenas un par de horas de auto o de tren, caminos hacia pueblos amurallados, castillos excavados en la roca, jardines que inspiraron a los impresionistas y una ciudad bretona con calles de entramados de madera que ningún incendio logró borrar del todo.

Las escapadas clásicas, por supuesto, siguen ahí. Versalles concentra en un solo día la Galería de los Espejos, los jardines de Le Nôtre y las fuentes musicales, aunque conviene llegar apenas abre para esquivar las columnas de turistas del mediodía. Disneyland Paris, a cuarenta minutos en tren, resuelve de otro modo la escapada, con un día entero, calzado cómodo y expectativas puestas en los desfiles y en las atracciones.

Ninguna de las dos exige demasiada explicación: son, desde hace años, la respuesta automática a la pregunta de qué hacer fuera de la capital.

Existe, sin embargo, un radio más próximo, casi ignorado por el turismo apurado, donde pueblos de pintores, castillos troglodíticos y un jardín acuático conviven a menos de dos horas sin exigir reservas complejas ni planificación de meses.

Tras una mañana entre el Louvre y las vidrieras de la Sainte-Chapelle, la tarde puede transcurrir en un pueblo medieval donde el silencio solo se interrumpe por el repique de una sola campana, o en un bosque de piedra donde escaladores de todo el mundo llegan buscando la roca perfecta.

1) Provins: la ciudad de las ferias medievales

La distancia desde París es de unos 80 kilómetros hacia el sudeste, un trayecto que en auto insume alrededor de una hora y veinte minutos por la A5 o la N19, ambas hacia Seine-et-Marne. Los trenes de la línea P parten de la estación de París Gare de l'Est y llegan en algo más de una hora, con salidas cada hora durante todo el día.

Vista de las murallas de Provins. Foto Adobe Stock

La estación de Provins se ubica en la parte baja de la ciudad, y desde ahí una caminata en subida conduce hacia el recinto amurallado declarado Patrimonio Mundial por sus ferias medievales, Provins conserva casi dos kilómetros de murallas intactas, torres y un entramado de calles empedradas que en el siglo XII convocaban a mercaderes de toda Europa. Entre los siglos XII y XIV, las Foires de Champagne convirtieron a la ciudad en un cruce comercial tan relevante como cualquier puerto marítimo: telas de Flandes, especias de Oriente, cueros y metales cambiaban de manos bajo los techos de piedra de la Grange aux dîmes.

La Tour César (€5, todos los días de 10 a 18 entre fines de marzo y comienzos de noviembre, con horario reducido el resto del año) domina el perfil de la ciudad desde el siglo XII y ofrece, tras subir su escalera de piedra, una vista completa sobre el valle del Voulzie.

La Grange aux dîmes, antiguo depósito de granos convertido en escenario de mercaderes y oficios medievales, se recorre con audioguía incluida. El Pass Provins reúne el acceso a los cinco monumentos principales, incluidos los souterrains excavados bajo la ciudad, por poco más de quince euros.

Al rescate de tradiciones medievales en Provins. Foto Adobe Stock

Provins conserva, además, una tradición menos conocida: sus rosas. Introducidas, según la leyenda, por un cruzado que las trajo de Oriente Medio en el siglo XIII, dieron origen a mermeladas, licores y jabones que todavía se venden en las tiendas de la ciudad alta, y que funcionan como el mejor souvenir posible de una tarde entre torres.

2) Barbizon: pintura al aire libre

La distancia desde París es de unos 55 kilómetros hacia el sudeste, en el límite de la región de Seine-et-Marne. En auto, la autopista A6 con salida en Fontainebleau resuelve el trayecto en aproximadamente una hora. Los trenes parten de la estación de París Gare de Lyon rumbo a Melun o a Fontainebleau-Avon, entre media hora y cuarenta minutos de viaje, y desde cualquiera de las dos estaciones un bus local o un taxi completan el recorrido hasta el centro del pueblo en unos quince minutos.

Una villa de pintores. Foto Adobe Stock

Barbizon vive todavía a la sombra de sus pintores. En 1824 el británico John Constable dejó unos bocetos de la vecina forêt de Fontainebleau que sacudieron a la escena artística parisina, y en pocos años pintores como Théodore Rousseau y Jean-François Millet se instalaron en el pueblo para trabajar en plena naturaleza, dando origen a la escuela de Barbizon, antecesora directa del impresionismo.

El Musée départemental des peintres de Barbizon ocupa la antigua Auberge Ganne, el hospedaje donde vivieron en comunidad los artistas más pobres, algunos de los cuales pagaban sus cuentas pintando directamente sobre los muebles. Las salas conservan ese mobiliario original, y una proyección introductoria recrea el ambiente bohemio de mediados del siglo XIX. La cercana maison-atelier de Millet, sobre la Grande Rue, completa la visita con el estudio donde el pintor produjo buena parte de su obra.

En las galerías que todavía bordean la calle principal, la tradición pictórica sigue viva a pequeña escala, entre acuarelas de la forêt y óleos de encargo. Los horarios de museos y galerías suelen achicarse fuera de temporada alta, conviene confirmarlos antes de salir de París.

3) Fontainebleau: el bosque que reabre tras los incendios

A pocos minutos de Barbizon, la propia forêt (bosque) de Fontainebleau esconde uno de los templos mundiales de la escalada de bloque.

Tras los devastadores incendios de julio pasado, desde esta semana la Oficina Nacional de Bosques autorizó el acceso al macizo de Fontainebleau: más del 80% de la superficie del bosque vuelve a estar disponible para quienes buscan hacer actividades deportivas al aire libre (excepto la zona accidentada, que abarca 2.000 hectáreas).

A Fontainebleau se accede en auto por la misma A6 con salida Fontainebleau, y en tren, la estación de Bois-le-Roi o la de Fontainebleau-Avon dejan a los visitantes a un paseo de entre veinte y cuarenta minutos de los principales sectores rocosos.

El Palacio de Fontainebleau. Foto Xinhua/Wu Huiwo

Conocido entre los escaladores simplemente como Bleau, el bosque reúne más de veinte mil problemas de escalada catalogados sobre rocas de arenisca, distribuidos en sectores como Apremont, Bas Cuvier o Trois Pignons. La dificultad se identifica por colores pintados sobre la piedra, desde el circuito blanco pensado para chicos hasta los pasajes rojos reservados a escaladores expertos, y muchos de los bloques más exigentes ni siquiera están señalizados, a la espera de quien se anime a intentarlos sin ayuda.

Escalada en el bosque de Fonatinebleau. Foto Adobe Stock

Pierre Allain abrió aquí, en 1933, el primer paso calificado con el grado 5 de la escala francesa, y desde entonces generaciones de escaladores llegan con su colchoneta portátil bajo el brazo para entrenar sobre una roca que, aseguran, no tiene equivalente en ningún otro bosque de Europa. Ni siquiera hace falta escalar para disfrutar del lugar: los senderos que serpentean entre los peñascos del desierto de Apremont, bautizado así por su antiguo aspecto pelado y rocoso, alcanzan para una caminata memorable.

4) La Roche-Guyon: el castillo excavado en la roca

La distancia desde París es de unos 70 kilómetros hacia el noroeste, en pleno Vexin francés. El trayecto en auto por la autopista A13 demanda alrededor de una hora. En tren, la salida más práctica parte de la estación de París Saint-Lazare hacia Vernon, cuarenta y cinco minutos de viaje, seguidos de otros veinte en taxi o en el bus de la línea 95-11 hasta el pueblo.

El castillo troglodita de La Roche-Guyon. Foto Adobe Stock

La Roche-Guyon figura entre los pueblos más bonitos de Francia, y es el único de la región de Île-de-France con esa distinción. Su castillo, único ejemplo troglodita de los alrededores de París, combina una fortaleza medieval excavada directamente en el acantilado de caliza con un palacio dieciochesco construido a sus pies.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el mariscal Rommel instaló allí su cuartel general, atraído justamente por la protección natural que ofrecía la parte subterránea del castillo antes de que los aliados lo desalojaran.

La visita recorre las salas del palacio, la torre del homenaje del siglo XII y los túneles excavados en la roca, con vistas que se abren sobre el valle del Sena desde lo alto del donjon. La entrada general ronda los diez euros, con descuentos para mayores de sesenta y cinco años y un pequeño adicional para las visitas guiadas.

Uno de los pueblos más lindos de Francia: La Roche-Guyon. Foto Adobe Stock

A pocos minutos en auto, la iglesia troglodita de la Annonciation, tallada por completo en la piedra del acantilado, suma una curiosidad arquitectónica que pocos itinerarios incluyen.

5) Illiers-Combray: inspiración para Proust

La distancia desde París es de unos 115 kilómetros hacia el sudoeste, cerca de Chartres. En auto, las autopistas A10 y A11 resuelven el trayecto en una hora y cuarto. En tren, desde la estación de Montparnasse, el viaje exige un cambio en Chartres y demanda entre una hora y media y dos horas, según la combinación.

Illiers, apenas un pueblo agrícola del Eure-et-Loir hasta mediados del siglo XX, sumó oficialmente el nombre Combray en 1971, en homenaje al lugar donde Marcel Proust pasaba sus veranos de infancia y que rebautizó como escenario ficticio de "En busca del tiempo perdido". Pocas localidades francesas deben tanto de su identidad actual a una sola novela.

Marcel Proust, autor de En busca del tiempo perdido. Foto: archivo Clarín.

La Maison de tante Léonie, residencia real de los tíos del escritor, funciona hoy como museo y conserva la habitación donde, según cuenta la ficción, una taza de tilo y una madeleine desataron el mecanismo de la memoria involuntaria que atraviesa toda la obra.

Caminar después por las callecitas del pueblo, casi sin cambios desde la época en que Proust las visitaba de chico, funciona como una rareza literaria que ningún otro destino cercano a París puede ofrecer.

Casa museo de Claude Monet en Giverny. Foto Adobe Stock

6) Giverny: el jardín que pintó Monet

La distancia desde París es de unos 75 kilómetros hacia el noroeste, ya sobre el límite con Normandía. En auto, la autopista A13 acerca el pueblo en unos cincuenta minutos. Los trenes regionales parten de la estación de Saint-Lazare hacia Vernon-Giverny en aproximadamente cincuenta minutos, y desde ahí un bus lanzadera sincronizado con los arribos completa en quince minutos el tramo final, aunque también existe una vía verde de cinco kilómetros para quienes prefieren caminar o alquilar una bicicleta a la salida de la estación.

Un retrato del pintor impresionista francés Claude Monet en su jardín en Giverny (Francia). Foto EFE/Fundación Claude Monet Giverny

Claude Monet vivió en Giverny durante cuarenta y tres años, desde 1883 hasta su muerte en 1926, y transformó el terreno frente a su casa en el jardín que después pintaría una y otra vez. La finca se organiza en dos sectores bien diferenciados: el Clos Normand, un despliegue de flores estructurado en hileras de color frente a la fachada rosa y verde de la casa, y el jardín acuático del otro lado del camino, con el célebre puente japonés, los sauces llorones y los nenúfares que protagonizan buena parte de la serie de Les Nymphéas.

Una de las salas interiores de la casa museo de Claude Monet en Giverny. Foto Adobe Stock

La Fondation Claude Monet abre de abril a octubre, todos los días de 9:30 a 18, con entradas desde doce euros. Conviene llegar temprano: el jardín se llena rápido en las mañanas de primavera, cuando las flores están en su mejor momento, y las fotos sin gente de por medio se vuelven casi imposibles pasado el mediodía.

7) Rennes: al rescate de las casas con entramado de madera

La distancia desde París ronda los 350 kilómetros hacia el oeste, pero el TGV reduce el trayecto a poco más de una hora y media, con salidas frecuentes desde la estación de Montparnasse durante todo el día. Es, de los siete destinos, el único que exige tren para hacerlo eficiente, aunque en auto el mismo recorrido supera las tres horas y media.

Las casas con entramado de madera de Rennes. Foto Adobe Stock

Rennes concentra en su casco histórico una de las colecciones de casas con entramado de madera mejor conservadas de Francia, muchas de origen medieval y renacentista, con fachadas de colores que sobrevivieron al incendio que en 1720 destruyó buena parte de la ciudad vieja. La Place du Champ-Jacquet y la Rue du Chapitre concentran los ejemplos más fotografiados, aunque alcanza con perderse sin rumbo por las callecitas adoquinadas del centro para encontrar media docena más.

El Parlamento de Bretaña, palacio construido entre 1618 y 1709 para albergar a la corte de justicia regional, y la catedral de Saint-Pierre, con su fachada neoclásica y su retablo flamenco, completan el recorrido monumental.

Iglesia de Nuestra Señora de Saint Melaine en Rennes. Foto Adobe Stock

Los sábados, el mercado de la Place des Lices, el segundo más grande de Francia, reúne productores de toda la región bretona, y funciona como el mejor lugar para probar la galette-saucisse, la especialidad callejera que ningún visitante de Rennes debería dejar pasar: una salchicha envuelta en una galette de trigo sarraceno, comida de pie, sin cubiertos, tal como la preparan desde hace generaciones.

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