"La Polinesia es uno de los lugares más bellos que conocimos, y es perfecto para la vida a bordo. Los chicos van a una escuela junto al mar y en el camino con el bote ¡siempre vemos delfines! Estamos aprendiendo francés, danza tahitiana y podemos navegar con huéspedes hasta Bora Bora, por ejemplo, que es un destinazo”.
Así describe su vida al otro lado del mundo Constanza Coll, la cronista de viajes que vive en un barco desde hace ocho años con su pareja Juan Manuel Dordal, sus hijos Ulises y Renata y la perrita Lula.
Al mirar hacia atrás, estaba lleno de señales que indicaban que esta familia argentina iba a cruzar el océano y llegar algún día a la Polinesia. De hecho, el primer velero que navegaron Coni y Juan en el Río de la Plata se llamaba Tangaroa, como el dios polinesio del mar.
Con el tiempo, con una embarcación más grande y dos hijos criados a bordo, las corrientes y los vientos se alinearon para que cruzaran el Canal de Panamá hacia el Pacífico y navegaran sin escalas durante 28 días hasta Fatu Hiva, en las islas Marquesas de la Polinesia Francesa.
Pero esta gran aventura viajera comenzó cuando Ulises tenía dos años y soltaron amarras en Buenos Aires para navegar hacia Brasil, sin más objetivos que buscar un estilo de vida más libre y en contacto con la naturaleza.
¿De qué iban a vivir? ¿Cómo iban a resolver la educación de su hijo? Esas y otras preocupaciones iban a encontrar respuestas en la medida en que sumaban millas por la costa brasileña.
Coni, Juan, Ulises, Renata y la perrita Lula, la familia navegante. Foto El Barco Amarillo
En diálogo con Clarín, Constanza Coll recuerda aquellos días: “Ulises usaba pañales y yo estaba convencida de que la cronista que hasta entonces reportaba y sacaba fotos para Lonely Planet no se iba a quedar en casa. Ya no me subiría a más aviones ni me hospedaría en hoteles como invitada, pero viviría de viaje con mi familia, sin metas comerciales o profesionales ni límites de tiempo”.
Así fue como se lanzaron a navegar la cara este de Sudamérica en un pequeño velero pintado de color amarillo, a una velocidad promedio de 4 nudos. Y decidieron tener un segundo hijo en el mar: “Hicimos casi 2 mil millas con Renata en la panza y nació a término en Río de Janeiro, cuando apenas empezaba la pandemia”.
Si bien Coni siguió escribiendo para diarios y revistas, empezó a contar su historia en las redes sociales sin hacer demasiado caso a los algoritmos o la publicidad, y El Barco Amarillo fue creciendo de forma orgánica. Gracias a las redes, empezaron a recibir huéspedes a bordo, y cuando llegó la pandemia en 2020, ella escribió su primer libro, El Barco Amarillo.
Las Casas Coral, en Ilha Grande, Río de Janeiro. Foto El Barco Amarillo
“Me acuerdo de que una señora le dijo a mi panza de 8 meses que el mundo no estaba para traer hijos. Frente a ese tipo de ideas y preconceptos, sentí la necesidad de escribir un libro”, cuenta. En ese momento vivían en Ilha Grande, Río de Janeiro, donde construyeron casas de vidrio y madera, respetuosas del medio ambiente y con criterios que habían absorbido en cinco años de vida en el mar.
“Otra vez -remarca-, lejos de las predicciones de la mayoría, que sentenciaban nuestro regreso definitivo a la tierra, dejamos las casas en alquiler para costear más millas en el mar Caribe”. Desde entonces, el alquiler de las Casas Coral representa su principal sustento (@casascoral_ig).
“En Panamá, el tiempo volvió a detenerse en el archipiélago de Guna Yala, donde aprendimos con los gunas a levantar chozas con hojas de palmera, a descubrir las cuevas de piedra y coral donde se esconden los pulpos y langostas, a vestirnos con molas bordadas de algodón y hacer shakiras de escamas, caracoles y canutillos”, dice Constanza.
La música forma parte de su vida a bordo y en tierra. Foto El Barco Amarillo
Y agrega: “La vida simple y las travesías cortas son dulces, pero les falta la sal: dicen que cuando los navegantes estamos en el mar solo pensamos en llegar a puerto, y que cuando estamos en puerto, solo deseamos volver a zarpar”.
Con la familia agrandada y la perrita que adoptaron en el viaje, decidieron también agrandar su casa-barco. El primer velero tenía 20 pies, el segundo 28, el tercero 35, y en Santa Lucía, una isla del Caribe, encontraron el Cambombia, un velero de 51 pies (15 metros) diseñado por el argentino Germán Frers.
Hacia el Pacífico
Con la nueva nave potente y funcional, y una tripulación que incluía una pareja de biólogos y una médica cirujana especialista en emergencias pediátricas, se animaron a cruzar el Canal de Panamá hacia el Pacífico: navegaron 4.500 millas (más de 8.300 km) hasta la Polinesia.
Navegaron 28 días sin escalas hasta la Polinesia Francesa. Foto El Barco Amarillo
Fueron 28 días y 27 noches sin escalas en el océano, a pura vela, una distancia equivalente a la quinta parte de la circunferencia terrestre a la altura del Ecuador.
“Estuvimos casi un mes rodeados de mar, de pescar atunes y dorados, de leer Julio Verne con Ulises y Renata, de amasar pan y hacer música, de tener miedo cuando las olas eran demasiado grandes y de sentir la esperanza que trae cada amanecer”, describe Coni.
Y Juan recuerda: “La navegación del Pacífico fue una fiesta. Nos propusimos eso, pasarla bien, comer rico, tocar la guitarra, escuchar música. Y de los 28 días que navegamos solo llovió el último, cuando estábamos llegando a la primera isla”.
Los chicos leen, escriben, dibujan y juegan en el barco. Foto El Barco Amarillo
Sobre la Polinesia, dice que solo habían estudiado las cartas náuticas, todo lo que tenía que ver con el viaje por el mar: “La Polinesia nos tiene encantados, el hecho de estar tan lejos de los continentes hace que sea un lugar muy diferente, auténtico, limpio... Es muy loco, pero toda la población, de todas las islas, que son cientos, es de 250 mil personas”.
Desde hace dos años, ellos viven en las islas de la Sociedad, donde los chicos van a la escuela descalzos y en francés, y reciben huéspedes para navegar entre Tahití, Moorea, Huahine, Raiatea y Bora Bora.
Durante el cruce del Pacífico y en la estancia en la Polinesia, Coni escribió Que sea eterno mientras dure, su tercer libro, que retrata cuando vuelven de Brasil a Argentina para barajar y dar de nuevo, compran un velero de mayor porte en el Caribe y deciden cruzar el Pacífico hacia destinos nuevos. Ya está disponible a través de las redes sociales (@el_barco_amarillo).
Constanza y Ulises, más chiquito. Foto El Barco Amarillo
Después de 4 años, volvieron a Buenos Aires y se quedarán por octubre y noviembre para ver a la familia y amigos, y actualizar documentos, visas y tarjetas.
“Los monstruos marinos se crean en tierra. Y en 8 años de vida en el mar, no nos encontramos con ninguno”, afirma Constanza, y cita un poema inspirado en La Odisea: “Ni a los lestrigones ni a los cíclopes ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti”.
Precisamente, a La Odisea le deben el nombre de su primer hijo y el haber encontrado en el mar, y en el viaje, su casa.
Todavia no hay comentarios aprobados.