Realizar trámites por home banking, conocer gente desde el sillón de casa, habitar un tiempo sin esperas porque “todo es ya”, pedir comida desde el celular en vez de ir a comprar, reunirse de manera virtual en vez de juntarse con otras personas... Y la lista sigue.
El tiempo que se impone puede llevar a un contacto muy acotado con los otros, e invita más a "hacer ya", que a pensar. Sin embargo, hay quienes no solamente se sustraen a este frenetismo, sino que también (¿o por eso mismo?) pueden reflexionar sobre lo que sucede, mientras sucede.
¿Qué nos propone, además de comodidad, el nuevo paradigma tecnológico? ¿Es posible sustraer al cuerpo de todas las operaciones que llevamos a cabo? ¿Es realmente deseable? ¿Cuál es el costo de la hiperconexión? ¿Estamos mejor que antes? Y si estamos peor ¿por qué pareciera que no podemos hacer nada al respecto?
El escritor, ensayista, doctor en letras, divulgador y docente universitario Martín Kohan, cuenta en su haber con varios libros en los que aborda la relación entre tecnología y experiencia.
Acaba de publicar “Argentinos, ¡a las cosas! (Seix Barral), “Lo que entiendo por Borges” (Ediciones Godot) y el libro de ficción “La separación” (Anagrama), en el que se narra una temporalidad que nada tiene que ver con el ritmo acelerado que nos impone una vida hiperconectada.
En una extensa conversación con Clarín, aborda no solamente el impacto que todo esto tiene en nuestra subjetividad y nuestros vínculos, sino que además propone, como primer paso, ajustar las palabras a las cosas, como una instancia que nos permita reconocer la escena que habitamos, para poder pensar, lo más libremente posible, qué de lo actual nos genera bienestar, y qué nos produce padecimiento.
—Crece la conciencia respecto al impacto del uso desmedido del teléfono celular y las redes sociales, y hasta se habla, incluso, de un punto de saturación. ¿Cómo observa esta tendencia una persona que en 2026 no usa smartphone?
—Una primera consideración que me parece necesaria: no tengo una tesitura de índole de “ideal de vida”, en el sentido de indicar lo que habría que hacer. Obviamente que cualquiera puede hacer lo que quiera, si no joroba a los demás.
Martín Kohan publicó recientemente 3 libros. Foto Victoria Gesualdi.
La señal que, creo, sí se vuelve significativa es que una gran cantidad de gente la está pasando mal. Si alguien me dijera: “estoy 24 horas metido en las redes y soy feliz”, yo no tengo ninguna objeción, aunque sea un tipo de vida que no me interesa, y que probablemente se trate de una persona con la que no tenga mucho que compartir. No me pronunciaría sobre algo que a otro lo hace feliz.
Alguien me podría decir a mí, “pero vos te vas a la cancha a las 2 de la tarde y volvés a las 9 de la noche” y yo digo “Sí, y soy muy feliz”. Pero acá me parece que el dato a tener en cuenta es que hay niveles de insatisfacción grandes.
Entonces ahí sí la pregunta pasa a ser ¿por qué estamos adoptando un modo de vida que no es inexorable, que no es ineludible? No es verdad que no se pueda trabajar sin estar todo el tiempo conectado. Pero si trae mortificación y no regocijo, si trae padecimiento y no disfrute, ahí se vuelve pertinente el planteo de ¿Por qué tenemos que vivir así?
—Parece difícil sustraerse del funcionamiento global, que presupone que uno está disponible y conectado...
—Sin duda las condiciones generales son esas. Después, hay que ver qué es lo que hacemos con esas condiciones. Tampoco es que las condiciones existentes sean inamovibles.
Creo que hay tantas cosas tan atractivas en estos cambios tecnológicos, que las que trajeron por arrastre se nos impusieron en una especie de inercia, descuidamos esto que vino como por arrastre, y se incorporó naturalizándose. Como si dijéramos que cuando nos dimos cuenta de que la estábamos pasando mal, ya era tarde..
Pero, en otro sentido, uno podría decir que no es tarde. Yo tengo un teléfono celular, está siempre encendido. O sea que si alguien me llama, yo atiendo. Y si alguien me manda un mensaje de texto, yo lo recibo. Y consulto mensajes de correo electrónico entre dos y tres veces por día. No me considero una persona que no esté comunicada, ni ermitaña, ni que si alguien necesita hacerme saber algo, no pueda. Yo creo que hay una diferencia con respecto a la conexión constante a internet.
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En algún momento escribí un libro sobre esto, porque me dedico a la literatura y tengo una tendencia a detenerme especialmente en lo que pasa con las palabras, sobre lo que me parece una trampa, o en lo que quedamos entrampados: ¿Por qué a eso es que vos tenés en la mano [N. De la R: señala el teléfono celular], que es claramente una computadora portátil, que tiene un teléfono, filmadora, reloj, grabadora, alarma; le llamamos teléfono, que es algo para lo que no lo usamos prácticamente nunca? Algo pasó entre el nombre y la función, entre el nombre y la cosa.
Y creo que no es exagerado decir que en ese desfasaje, lo pensamos como un teléfono, pero no es un teléfono.
Lo pensé en particular en relación a algunas discusiones sobre tecnología en las aulas, cuando el planteo, sobre todo por parte de los padres, era “necesitamos que nuestros hijos tengan el teléfono por si los tenemos que llamar”. Y yo decía “ahí está el equivoco, porque lo que tienen ahí consigo en la mochila o en la mano, no es un teléfono, es un televisor y están mirando imágenes”. Entonces ahí está el corrimiento.
¿Puede ser necesario que tengan un teléfono? Esa sería una discusión. Pero en realidad, lo que pasa, es otra cosa, que es que prenden la televisión y miran televisión en el aula durante la clase. Llamarlo teléfono es no advertir lo que en realidad sucede, que es que están mirando televisión. Y estamos de acuerdo en que no se puede mirar televisión en clase.
—Muchas veces, al abordar esta discusión, se entra en la dicotomía “uso individual versus restricciones”. ¿Qué pensás de esta tensión entre los usos, que podrían modularse a nivel subjetivo, y la posibilidad de que haya usos regulados, como pasó en su momento con el cigarrillo?
—Es extraordinario que traigas a colación otro elemento para no pensar que es una problemática específica. Tiene que ver con la manera en que pensamos la voluntad individual y la dimensión social, en cualquier aspecto. Yo mismo pensé que lo del cigarrillo no iba a funcionar.
Me parece una simplificación contraponer voluntad individual/condiciones sociales, porque sabemos que hay una interacción dinámica entre voluntad individual y condiciones sociales. Y por otro lado hay restricciones completamente admitidas, por ejemplo, los menores de 18 años no pueden entrar al casino, pero sí juegan ahí [N de la R: señala el teléfono celular].
Pero volviendo a lo anterior, ponerlo en esos términos es pensar que en las restricciones están los condicionamientos sociales y en la voluntad individual está la libertad. Y lo cierto es que la voluntad individual también está socialmente condicionada. Y los condicionamientos sociales pueden direccionar una voluntad, porque alguien puede decir “quiero fumar menos”.
En definitiva, es cierto y es necesario hacer la salvedad de que hay numerosos aspectos donde estamos mucho mejor, hay ventajas, hay beneficios (igual habría que ver cuántos y cuáles).
Y yo no quiero incurrir en un pesimismo intrínseco respecto a la tecnología, ya que como se ha dicho muchas veces, la tecnofobia y la tecnofilia en el fondo son simétricas, es una especie de posicionamiento a priori a favor o en contra, pero en realidad comparten un mismo rango: son posicionamientos a priori. El tecnófilo está dispuesto a avalar, el tecnófobo está dispuesto a rechazar. Y tanto en un caso como en otro la consideración específica de los usos específicos se desvanece.
Y en realidad hay que anteponer, revisar los usos. Porque las tecnologías generalmente no van a tener un carácter intrínseco.
Esto es así desde que Einstein descubre la energía atómica y después repudia que sea usada para las bombas atómicas, incluso desde mucho antes en realidad, diría ya que desde la pólvora, se discuten los usos.
Lo que me parece notorio si uno toma los últimos 20 años es que los usos perniciosos han ganado un espacio determinante. Hablando de las redes sociales, nada impide que, como en algún momento se prometió; sean un espacio abierto para un debate comunitario, plural, en el que todos participemos.
Los últimos avances tecnológicos fueron rápidos y profundos, reflexiona Kohan. Fotos Victoria Gesualdi.
Y si uno revisa las condiciones tecnológicas objetivas, efectivamente, esto es perfectamente posible y propicio: bienvenido sea que no solamente un puñado de personas tengan acceso a expresarse. Nada impediría elaborar ideas en Twitter, no tiene que ver con la brevedad del formato, el aforismo también es breve y los de Nietzsche son brillantes. No es un problema de la brevedad, es un problema del uso; hay un grado violencia, degradación, aplastamiento de ideas, que no se puede pensar, no se puede discutir...
En definitiva, ya estamos en condiciones de hacer la estimación de cómo las hemos estado usando en todos estos años y en muchísimos aspectos el saldo es muy negativo.
Y evidentemente tiene consecuencias políticas. Estamos todos muy acostumbrados a participar, así sea contemplativamente, (porque el contemplador participa de lo que contempla), en escenas de violencia.
—¿Hasta qué punto crees que somos conscientes de todo esto?
—Pocas veces hubo cambios tan intensos y rápidos, casi todos los cambios llevaron más tiempo, o no fueron tan profundos. Cuando se inventó el automóvil, no ocurrió que en tres años todo el mundo tenía auto. Yo entro a un aula de 100 estudiantes, y hay 100 de estos celulares. No hubo tiempo entre la nueva tecnología y la incorporación al uso generalizado: no fue rápido, fue inmediato. Los cambios fueron muy profundos, con lo cual no es sorprendente en ese sentido que tengamos que revisar las condiciones un poco retroactivamente.
Volviendo al principio, alguien puede decir “Siempre me molestó tener que verme con la gente, qué bien que ahora no me veo con nadie”. Y yo no tendría objeciones para un planteo así. Porque hay gente a la que yo prefiero no ver y me viene bien. El problema es cuando produce malestar.
O sea, si es verdad lo que sociólogos están indicando que existe una tendencia al retraimiento y que crecen los niveles de angustia y no quiero usar la palabra más fuerte que es depresión.
—Sí, también ansiedad ¿Sos optimista respecto a que en algún momento esto revierta?
—Tengo días. Mi optimismo, cuando lo tengo, tiene que ver más que nada con que haya señales de hartazgo. Y no es que desestime las regulaciones porque insisto, si las admitimos para la entrada al casino no entiendo porque no deberíamos no regular el acceso a los casinos en internet. Pero me parece que la gran fuerza tiene que ver con asumir quienes la están pasando mal, que por lo visto son muchísimas personas, se dan cuenta de que la están pasando mal y que no tiene por qué ser así.
Porque obviamente la presión social y laboral existe. Pero mi expectativa está más vinculada a que haya malestar y que pueda haber una reacción a partir del malestar, que con las regulaciones. Aunque creo que hay regulaciones que pueden ser necesarias, como en todo.
Porque además no es que vamos a traer regulaciones nuevas, vuelvo a mi ejemplo trivial del ámbito educativo: ya no los dejábamos sacar el Olé y leerlo en clase, pero si lo leen en el celular ¿los dejamos? ¿Por qué, si ya había acuerdo respecto a esto?
Yo no tengo Whatsapp porque no tengo conexión a internet permanente, pero no conozco a nadie que me haya dicho "no sabes lo que te perdés”. En general me dicen “no sabés lo que te salvás, qué bueno, qué envidia”. Y a las personas que me han dicho eso les digo, “pero ¿por qué vos no podrías, si yo no tengo nada especial, no soy ni más lúcido, no estoy menos condicionado por cuestiones de trabajo?”
—Al vivir 100% conectados y pendientes de las redes, hay algo del orden de la temporalidad que se modifica. En uno de tus recientes (tres) libros, “La separación”, el protagonista hace un viaje en micro, y te detenés ahí, retratando ese viaje en el que no sucede mucho. ¿Fue una decisión narrar esos tiempos tan distintos al frenetismo que vivimos hoy?
—A mí me parece que sí, algo parecido hay en otros de mis libros, como Bahía Blanca, donde el personaje va a un locutorio a ver correos, que es cuando internet era algo a lo que había que entrar y por lo tanto de lo que se podía salir, que no es lo mismo que esté en tu vida todo el tiempo. Hoy habitás y respirás internet como quien respira aire.
También cuando escribí sobre el teléfono, las relaciones entre tecnología y experiencia, y no ya la experiencia en términos generales, tecnología y experiencia general, sino la tecnología y la experiencia de la relación con el otro y la comunicación con el otro.
—Los tiempos de un duelo, sobre lo que trata uno de los tres capítulos, también tienen un ritmo propio: no se puede apurar, no se puede hacer nada más que...
—Esperar. A mí me interesa mucho la relación con el tiempo, cuando escribí mi libro “El teléfono”, escribí sobre la actualidad y también escribí sobre textos de cuando el teléfono apareció, y ahí también apareció una temporalidad propia: la manera que se esperaba un llamado telefónico no se parece a otra forma de espera.
No es como esperabas el tren en el andén, no es la misma espera. Casi podríamos decir que se inventó una nueva ansiedad. Barthes escribe sobre eso en “Fragmentos de un discurso amoroso”, que es el que espera un llamado telefónico. Con el teléfono de línea, vos no podías salir, mirá si justo llamaba. Tampoco podías hablar por teléfono mientras esperabas, porque ocupabas la línea y no existía el aviso de que está tratando un llamado.
La ansiedad de la espera, los tiempos, efectivamente cambian con la tecnología. Y en la novela que yo escribí, sí hay una necesidad de acompasarse a los tiempos, que es algo que me interesa mucho.
—Hablando del efecto que producen las tecnologías, alguna vez te escuché decir que el verdadero cambio se dio cuando empezamos a tener cable, a hacer zapping teniendo disponible una infinidad de canales, lo que también configura otra manera de elegir...
—A mí me resulta Iluminador remitirme a otro período de transformación tecnológica, para ver qué pasaba. Porque con el control remoto ocurrió algo, hablando de tecnología y cuerpo. Y me interesa incluso la cosa minúscula de la relación entre tecnología y cuerpo: leí que volvió a ganar protagonismo en la vida el dedo pulgar en detrimento del índice.
El teléfono de disco se marcaba con el índice, se tocaba el timbre de una casa con el índice, las cuentas en la calculadora se hacían con el índice, y el pulgar estaba subordinado al índice. A partir del control remoto se pasa al pulgar y con el teléfono celular también ganó protagonismo el pulgar.
¿Es mejor tener 90 canales que 4, que es lo que había cuando yo era chico? ¿Es mejor tener un botón, en vez de tener que levantarse para cambiar de canal? Hasta ahí uno puede decir, para que no sea una exposición tecnófoba, “bienvenidos los 90 canales y el control remoto”.
"La sobreoferta es paralizante", dice el escritor y docente, Martín Kohan. Fotos Victoria Gesualdi.
Pero, en algún momento empezó a ocurrir, como le pasaba a mi papá, que no podía parar de cambiar, incluso queriendo ver algo. Entonces, otra vez, si me dijeras “cómo disfruto de estar saltando 8 horas de canal en canal”, bueno, cada uno es feliz como le parece. Ahora, si querés ver algo y no podés...
—Pero entonces, si pensamos que tener tantas opciones nos lleva a no poder elegir, subyace la idea de que todo el tiempo pasado fue mejor, porque nos propiciaba la espera, poder relegar cosas...
—Si la gente se da cuenta de que se pasan 40 minutos y no alcanzan a elegir ninguna película porque tiene todas a disposición, o empieza y no le da tiempo...
Todo indica, pero esto más allá de mí, que la sobreoferta es paralizante. Entonces 90 canales es mejor que 4 porque podemos elegir más, pero si eso lleva a un punto donde no podemos elegir porque quedamos paralizados...
—Escuché especialistas decir que con las aplicaciones de citas pasa algo parecido: que no se quedan con ninguna opción porque opera la idea de que habrá algo mejor, o por ahí no se le da tiempo a un vínculo porque está la ilusión de la abundancia...
—Yo desconozco todo de ese mundo, pero leyendo el libro de mi mujer, que es Alexandra Kohan, “Y sin embargo el amor”, me lleva a pensar qué hay del amor bajo ese formato puesto en estos términos de “quiero a alguien que le guste ir a bares, que tenga entre 45 y 60, que le guste leer y el café de especialidad”. Y de repente viene alguien que cumple con todo, y no pasa nada. Y viene alguien que detesta el café de especialidad, que no le gusta leer, y se enamoran.
Entonces hay de por medio un paradigma de lo que se supone que tiene que ver con el enamorarse que está trayendo problemas, no soluciones, está trayendo malestar.
Hay por lo menos dos ámbitos de los que yo puedo hablar: el del amor y el de la educación, estoy enamorado y soy docente. Vuelvo a la cuestión del lenguaje, porque una frase muy -quizás demasiado- recurrente en la época, es “poner el cuerpo” . Y estamos traspasando al formato de sacar el cuerpo sin pensarlo lo suficiente creo yo, sin ver qué pasa exactamente con eso.
¿Cómo podría ser igual, estar todos en un mismo lugar, todos los cuerpos en el mismo espacio, que los cuerpos atomizados y separados, aislados unos de otros, en un Zoom? Y esto tanto en el ámbito educativo como en el amor ¿Como traspasar un escenario donde el cuerpo se sustrae?
—Parece muy tentadora la ilusión de que efectivamente puede ser lo mismo: sin moverte, sin poner el cuerpo, sin salir, sin el encuentro con el otro, sin tomarte dos colectivos. Todavía no sé si llegamos a pensar que también puede ser una falacia...
—Para mí hay una trampa. Y otra vez, para mí el termómetro es cómo le estamos pasando. ¿Mejoraron para bien? ¿La gente es más feliz en estos modos de vinculación? No, hay cada vez hay más padecimiento.
Por supuesto que viajar colgado en el colectivo una hora y media es muy desagradable. Pero al mismo tiempo, yo estoy convencido de que no es mejor quedarme en mi casa y cursar desde ahí.
En algún momento lo dije así en una clase: sí, es más cómodo quedarse en casa que viajar e ir a la facultad. También es más cómodo quedarse en cama que levantarse.También es más cómodo en pijama, que vestirse. También es más cómodo sin bañarse, que bañarse. Se llama depresión. La persona que no se levanta, se queda en pijama, no se baña, no sale de su casa, está más cerca de la depresión que de una plenitud.
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