14/07/2026 22:11
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Malvinas, un reclamo que no necesita fútbol, banderas ni camisetas

Malvinas, un reclamo que no necesita fútbol, banderas ni camisetas

El gobierno de Milei nunca se ha sentido cómodo ante el conflicto con el Reino Unido por las Malvinas. En su interior se observan incluso dos corrientes marcadas.

El fútbol y la geopolítica suelen cruzar sus caminos de manera inevitable. A las puertas de un nuevo enfrentamiento entre la Argentina e Inglaterra en el mundial de Estados Unidos, cierta efervescencia colectiva en torno a dos naciones con una historia muy conflictiva aflora como caja de resonancia. Al folclore futbolero se le concede formalidad política cuando la propia Federación Internacional del Futbol Asociado (FIFA) exigió que el reclamo por las Islas Malvinas no figure en ninguna bandera que puedan portar los espectadores argentinos que asistan al estadio en Atlanta. La ministra de Defensa, Alejandra Monteoliva, fue la encargada de comunicar la novedad.

En verdad, la entidad máxima del fútbol siempre intenta eludir compromisos de aquel tipo para que las diferencias entre ciudadanos de dos países no deriven en problemas insalvables. También es cierto que se trata sólo de una carta de nobles intenciones. Ahí queda. Se observó con perplejidad en este Mundial como Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, una de las tres sedes designadas, forzó a levantar la suspensión del goleador de la selección estadounidense (Folarin Baologun), para que pudiera disputar un partido eliminatorio contra Bélgica, que terminó siendo fatal (1-4). Gianni Infantino concedió la petición. También podría mencionarse como otro ejemplo de que la política se filtra en todos los pliegues el trato poco cortés que tuvo la selección de Irán en su breve paso por el Mundial.

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Cómo nació la histórica rivalidad entre Argentina e Inglaterra

La cuestión de Malvinas permanece siempre mucho más presente entre los argentinos que entre los ingleses. Porque se trata de un despojo más que centenario, de un reclamo que nuestro país lleva a todos los organismos internacionales y del profundo dolor que dejaron los muertos de una guerra que la dictadura militar le obsequió en bandeja a Margaret Thatcher. Eso sucedió en el epílogo de un régimen sangriento que se derrumbaba. Contó, así y todo, con un sorprendente respaldo popular.

El gobierno de Javier Milei nunca se ha sentido cómodo ante el conflicto por las Malvinas. En su interior se observan incluso dos corrientes marcadas. El Presidente hace de la reivindicación de la soberanía su carta de estrategia constante. Sin oratorias encendidas ni provocaciones. Victoria Villarruel, la vicepresidenta, acostumbra a tener en ese terreno una postura más tajante en la cual la evocación a los veteranos de la guerra ocupa con habitualidad la primera línea.

Aquella incomodidad de Milei tiene relación con ciertas apreciaciones que formuló como diputado, antes de convertirse en mandatario. Ha expresado su admiración como líder por la ex primer ministra Thatcher, responsable de la orden del hundimiento del Crucero General Belgrano en 1982. Cuando la Junta Militar no se puso de acuerdo sobre una propuesta de Paz impulsada por el ex presidente de Perú, Fernando Belaúnde Terry, que entusiasmaba incluso a Washington.

También se reprocha al líder libertario el silencio cuando el ex premier y entonces canciller, David Cameron, visitó las Malvinas en febrero de 2024. Otros tropiezos sobre el tema no parecieron producto de ninguna intencionalidad política. Podrían serlo por el desconocimiento de un conflicto delicado con raíces profundas. Milei afirmó en dos ocasiones a medios británicos que la soberanía es irrenunciable. Pero debería negociarse considerando los deseos de los habitantes de las Malvinas. Exactamente lo opuesto a la tradición diplomática argentina plasmada en la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional. En ese punto se subraya expresamente en respetar los intereses de los habitantes. Hablar de deseos podría habilitar la aplicación del principio de autodeterminación que no correspondería al tratarse de una población implantada en su momento por una potencia colonial.

Milei decidió anclar las relaciones exteriores de su gobierno en el alineamiento automático con Estados Unidos e Israel. Eso llevó implícito cierto enfriamiento en los vínculos con los países de la región. Que han sido siempre un soporte para los reclamos de las Malvinas. Recién en las próximas semanas el líder libertario volverá a incluir en su agenda al Cono Sur. Asistirá en Perú a la asunción de la nueva presidente, Keiko Fujimori. Hará lo propio en Colombia con la llegada de Abelardo de la Espriella que sustituirá a Gustavo Petro. Posee con ellos, cree, indudables coincidencias ideológicas. Siempre se guarda un resquicio para la disrupción. Pasará también por Brasil para saludar al candidato Flavio Bolsonaro, hijo de Jair que cumple en prisión una condena. Se trata de quien será en octubre rival de Luis Ignacio Da Silva, Lula, que se presentará a un nuevo período en el Planalto.

Milei decidió, desde que llegó al poder, ablandar la estrategia por Malvinas. Reivindica la soberanía irrenunciable, pero escudada en una confrontación de “baja intensidad”. La idea sería la reanudación de un diálogo bilateral con miras a forjar a futuro acuerdos económicos y comerciales amplios. Como Gran Bretaña supo ensayar con China por Hong Kong.

La Casa Rosada descansa en otra esperanza. Que en algún momento el alineamiento automático con Trump sirva de presión contra Londres. Causó furor, vale recordarlo, aquel “paper” que en el verano filtró el Pentágono en el cual se conjeturaba la posibilidad de que la Casa Blanca golpeara diplomáticamente a Londres quitándole el histórico respaldo que mantiene sobre sus posesiones imperiales de ultramar. Una suerte de desquite por su prescindencia con Irán. El Secretario de Estado, Marco Rubio, desinfló el entusiasmo cuando dijo que la postura histórica de su país no había cambiado.

Por esa razón –también por otras—el Gobierno viene manteniendo moderación en torno a la buenísima escalada de la selección en el Mundial. Los tuits celebratorios de Milei han hecho punta. También algunos de Patricia Bullrich. Pero el choque con Inglaterra sería de otra dimensión. Solo el diputado bonaerense, Nahuel Sotelo, que responde al joven asesor Santiago Caputo, emitió en las últimas horas un tuit “contra los usurpadores”. Sostuvo que el partido de hoy, contra Inglaterra, es el “más importante desde que estoy vivo”. Al parecer, por encima de aquella final contra Francia que concedió la tercera estrella a la selección.

Siempre constituye un error conceptual y riesgoso intentar equiparar una contienda deportiva con una causa nacional que permanece anclada en el derecho internacional, la política y la diplomacia. Pero el fútbol acostumbra a poder contra todo.

También resultaría temerario cobijarse debajo del paraguas de un triunfo deportivo para explotar en beneficio de un gobierno las irrefrenables emociones populares. Lo verificaron hace menos de cuatro años Alberto y Cristina Fernández luego de la fantástica conquista de Qatar.

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