Muchas personas comienzan a jugar por curiosidad, diversión o la ilusión de ganar dinero.
Sin embargo, en algunas el juego deja de ser un entretenimiento para transformarse, casi sin advertirlo, en una adicción sin sustancia -ludopatía- caracterizada por la incapacidad de controlar el impulso de jugar y de apostar en distintos juegos de azar.
Durante años se atribuyó a un problema de falta de voluntad, pero en la actualidad se admite que es un trastorno mucho más serio y complejo, en el que intervienen mecanismos cerebrales, psicológicos y sociales.
Comprender esa interacción permite entender por qué resulta tan difícil abandonar el juego, incluso, cuando las pérdidas económicas, familiares y emocionales son evidentes.
El sistema de recompensa cerebral está destinado a reforzar conductas útiles para la supervivencia: alimentarse, establecer vínculos o alcanzar metas.
En el impulso de apostar intervienen mecanismos cerebrales, psicológicos y sociales. / Foto Shutterstock.
El rol de la dopamina
Su principal mensajero es la dopamina y aunque suele asociársela con el placer, su función más importante es generar motivación y expectativa. Es decir, se libera no solo cuando se obtiene una recompensa, sino cuando se cree que está cerca de conseguirla. Eso pasa en la ludopatía.
Pero el cerebro nunca actúa separado de las vivencias psicológicas. Muchas personas no juegan únicamente para ganar dinero, sino para aliviar la ansiedad, combatir el aburrimiento, escapar de la soledad o dejar de pensar, aunque sea por un momento, en los problemas que abruman.
El juego ofrece una ilusión de esperanza y control que funciona como un alivio emocional transitorio.
Las máquinas tragamonedas explotan estos mecanismos con extraordinaria eficacia. No solo ofrecen premios ocasionales, sino que utilizan el llamado refuerzo de razón variable, y que es que las recompensas aparecen de manera impredecible.
Este patrón mantiene viva la expectativa de que el próximo intento será el ganador.
El juego ofrece una ilusión de esperanza y control. / Foto Shutterstock
A ello se suman los llamados “casi premios”, cuando, por ejemplo, dos símbolos coinciden y el tercero es diferente y aunque objetivamente se trata de una pérdida, el cerebro no siempre la interpreta así.
Estudios de neuroimagen muestran que estos “casi aciertos” se interpretan de manera semejante a una victoria. En lugar de registrar un fracaso, el cerebro recibe la sensación de que estuvo muy cerca y que vale la pena seguir intentando.
Un tratamiento abarcativo
Mientras tanto, la corteza prefrontal -responsable del juicio, la planificación y el control de los impulsos- pierde capacidad para frenar un sistema de recompensa cada vez más activado.
La persona puede comprender racionalmente que está perdiendo dinero, deteriorando sus relaciones, pero le resulta imposible dejar de jugar.
La ludopatía no puede ni debe entenderse únicamente desde la biología ni exclusivamente desde la psicología.
Es el resultado del encuentro entre un cerebro preparado para el placer de las recompensas, una mente que busca aliviar el sufrimiento y un entorno publicitario que explota deliberadamente ambas vulnerabilidades.
Por lo tanto, el tratamiento -psicoterapia y medicamentos adecuados- no apunta solo a dejar de apostar; implica comprender qué función emocional cumple el juego, corregir las creencias erróneas que lo sostienen, recibir ayuda farmacológica y reconstruir formas más saludables de obtener bienestar.
E.M.
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