31/10/2026 19:52
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Billy Elliot, una maestra y una carta que esperó años en un cajón

Billy Elliot, una maestra y una carta que esperó años en un cajón

El musical del Teatro Ópera me hizo volver a la carta que me escribió mi maestra cuando tenía 11 años y que todavía conservo.

Hay espectáculos que terminan cuando baja el telón. Otros siguen un rato más y abren un cajón de la memoria que llevaba años cerrado. Eso me pasó con “Billy Elliot”.

En el escenario del Teatro Ópera hay cuarenta artistas. Bailarines, actores, cantantes. El musical funciona como un engranaje preciso para contar la historia de ese chico de once años que descubre que quiere bailar en un pueblo inglés donde los varones se calzan los guantes de boxeo y el destino parece venir escrito de fábrica. Afuera, los mineros enfrentan al gobierno de Margaret Thatcher con una huelga interminable. Adentro, Billy libra otra batalla: convencer a los demás -y a él mismo- de que su lugar está en la danza.

Cuando termina la función, no me voy pensando en Billy. Me voy pensando en su profesora, Mrs. Wilkinson.

Interpretada por Alejandra Perlusky, es de esos personajes que no buscan caer simpáticos. Es agria. Incorrecta. Corrige con brusquedad. Carga el peso de una vida que imaginó distinta. Da clases de danza en el gimnasio de una escuela de barrio con más resignación que entusiasmo. Hasta que un día descubre que entre los chicos de boxeo hay uno que baila como si hubiese nacido para eso. Entonces, la historia también empieza a cambiar para ella: vuelve a creer que enseñar todavía puede cambiarle el destino a alguien.

Hay docentes que transmiten una técnica. Y hay otros que, además, ayudan a que alguien se anime a ser quien es, incluso cuando todavía no sabe cómo explicarlo.

Salí del teatro pensando en mi señorita María. Yo también tenía once años.

Hace un tiempo encontré la carta que me escribió el último día de sexto grado. Sigue doblada en cuatro, guardada en el primer cajón del ropero, debajo de las medias y los pijamas. Hay recuerdos que eligen esconderse entre las cosas de todos los días para recordarnos, de vez en cuando, quiénes fuimos.

De puño y letra de la señorita María.

La carta está escrita con tinta azul sobre una hoja Rivadavia. Empieza con una frase que entonces sonó exagerada y hoy parece una premonición: “Aunque no vuelvas a encontrarme ni yo a encontrarte, acuérdate de mí como yo de ti”.

Después vienen los consejos. Que estudie un poco más para ganarle a la fiaca. Que no abandone nunca la lectura por el placer de leer. Y, al final, una posdata en mayúsculas, como si hubiera querido atravesar los años a los gritos: “NO DEBO DISTRAERME.”

Todavía la escucho.

Qué extraño el efecto de algunas maestras. Corrigen cuadernos. Reparten boletines. Se despiden un diciembre cualquiera. Y uno cree que quedaron allá, en la infancia. Hasta que una noche, una profesora de ficción abre la puerta y deja pasar a la de verdad.

Sobre el escenario había más de cuarenta artistas. Pero cuando se encendieron las luces salí del teatro acompañada por una sola: la mía.

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