Siempre que estuve en la casa de Jorge Mara en Buenos Aires salí de allí como si hubiera estado o en la escuela o en la universidad o en una clase a la que acudieran a la vez, por ejemplo, Jorge Luis Borges y Ricardo Piglia.
Este último estuvo, por cierto, en la casa de Mara una vez que tuve la suerte de estar por allí, escuchándolo. Era impresionante como hablaba aquel nombre propio de la cultura literaria de uno de los países más cultos del globo. Por encima de las voces de los otros, Piglia se elevaba con la autoridad de una enciclopedia y nos dejaba a todos callados y alegres, como si estuviéramos en el día en que se inventaron el cine y la escritura.
Escuchar allí a Piglia, ante un grupo de amigos que le discutían o le reían o le preguntaban, fue uno de los mayores placeres que ha tenido mi vida como lector, como periodista, y como ser humano. Otra vez lo escuché ante una multitud en México, donde hablaba como si estuviera recién llegado de un aprendizaje que acabara de llegarle, por ejemplo, de la voz de Borges o de su propia infancia.
Piglia vino a Madrid algunas veces, que yo supiera, y tuve ocasión de escucharle hablar con mucha gente delante, en la inauguración de la obra (y qué belleza) de Eduardo Stupía, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Quizá fue entonces o en otro momento, pero lo cierto es que lo veo también sentado ante mí en un sitio como el Café de Gijón de Madrid (que es como los cafés mejores de Buenos Aires), hablando de todo lo que le venía a su mente, a las de sus padres… y a la de Borges.
Recordarlo hoy es subrayar lo que me dijo Piglia: “Tengo recuerdos que de hecho son imágenes de las que muchas veces no tengo claro en que se han construido. He tratado de seguir ciertas repeticiones, por ejemplo, la línea de los libros que recuerdo. El primer recuerdo que tengo es el de mi abuelo leyendo y la sensación de asombro que me provocaba ver a un hombre tan abstraído en la biblioteca. Había muerto su mujer y él vivía con nosotros en esa época”.
Aquel muchacho tenía cuatro años, él miraba “y no sé muy bien qué hacer porque él estaba como ausente. Luego hay un corte. Yo me subo a la silla, bajo un libro azul de la estantería y me siento en el umbral de mi casa, una calle muy tranquila de la calle Vinón y la Estación. Cada media hora pasaba la gente que llegaba en tren a la capital y yo me siento ahí para hacerme ver leyendo, algo que he hecho toda mi vida: hacerme ver leyendo”.
Y ahí viene, en la voz de Ricardo Piglia, mirándome a los ojos mientras se oscurece el lugar en el que hablamos, la sombra que buscaba siempre, como escritor, como muchacho, como el niño que fue. Yo le había preguntado (eso hacía siempre, entonces) por la postal que le dijera su infancia, y él me dijo: “Veo una sombra que me dice que tengo el libro al revés y pienso: debe haber sido Borges porque a qué otro se le puede sostener esa precisión pedagógica. Ese ha sido el primer recuerdo. Un día le pregunté a mi padre cuál podría ser ese libro y mi padre, que era muy irónico, me dijo: ´Sería el libro azul del peronismo”. Y ahí se rio Piglia como aquel niño que siguió siendo.
En aquella ocasión, de la que sigue hablando en mi memoria, me contó que su infancia lo hizo el escritor que era. “El escritor interesado en los libros por qué si no ese primer recuerdo es esa escena un poco falsa y un poco afectada de lectura… Muchas veces recuerdo postales de lecturas de libros, me veo con un libro, regalado o comprado, a veces no recuerdo el contenido, pero tengo muy clara la sensación de que ese libro ha sido importante para mí, como si no me interesara tanto lo que hay detrás como la forma de la imagen”.
En aquel encuentro mexicano llevó también a Borges a Piglia se le vio leyendo en cuclillas, pegado al papel; le dije que entonces era como el lector desesperado, el que siempre, desde niño, estuvo despierto… Esa constituye una de sus mejores metáforas como lector, como escritor, como el ser que sería.
Y me dijo: “Pero a la vez en Borges está el anhelo de salir de la biblioteca y de ir a la vida. Siempre está ese vaivén en el sentido de que estamos perdiendo algo, de que está pasando algo y que nosotros estamos escribiendo sin saber si vale o no la pena. En un momento fue la política el especio que justificaba cualquier abandono de esa pasión por los libros”.
Uno escribe, decía Piglia, porque antes leyó. “La lectura tiene la cualidad de un pensamiento que no puedes leer de otro modo y también tiene la cualidad de acallar los pensamientos propios, muy perturbadores tantas veces. Están con amigos, circulando, conversas, y esos pensamientos, muchas veces obsesivos y perturbadores, desaparecen”. La lectura, decía, controla ese tipo de temas…
Era como si lo escuchara ahora, porque ahora, además, escuché a Piglia contando lo que dijo de la vida, de la literatura, y naturalmente de Borges, ante la televisión pública de Argentina en el año 2013 del presente siglo. Hace unos meses se ha vuelto a publicar en España (Borges por Piglia. Eterna Cadencia), ese libro que parece otra vez la voz doble de Ricardo y de Jorge Luis hablando en tonos diferentes, y ambos interpretados por aquel que fue uno de los que mejor ha sabido interpretar la voz del autor del Aleph. Piglia hablando con Borges sin Borges pero con Borges siempre.
En la casa de Jorge Mara hablaba Piglia como le dio la gana, pero siempre lo hizo sabiendo que aquello que decía lo obtuvo de la sabiduría que le venía de lo que ya leyó o de lo que ya había escuchado, entre otros a Jorge Luis Borges. Aquella noche era como si Borges también le estuviera oyendo, con su bastón y su risa, imaginando quizá que él mismo estuviera diciendo lo que dijera su discípulo.
Ahora, tantos años después, y años de la muerte de ambos, de Ricardo y de Jorge Luis, leerlos juntos ha sido un placer que se mezcla en mi cabeza con el placer de haberlos escuchado por separado.
Ese Borges de todos nosotros vino por última vez a Madrid y quiso ver la única luz que sus ojos podían ver (decía él) en el mundo… Lo acompañé a ver esa luz que él situaba en el Hotel Palace de Madrid, lo llevé a cenar con mi hija chica, con un amigo y con mi mujer, por encargo de Javier Pradera, uno de los fundadores de El País, y su editor entonces. Borges quería (eso me dijo) Vichissois, y se la di de mi mano, y al día siguiente me pidió que le ayudara a colocar sus camisas, “para que respiren”. En una entrevista que le hice mientras él le cantaba a nuestra hija Borges me dijo: “Gracias al blanco ahora no estoy nunca en la oscuridad”.
Y me dijo también, cuando le hablé de la ceguera y de la soledad: “La ceguera está diluida por el recuerdo… Me gustaría tanto poder ojear un libro” (y dijo ojear y no hojear, esa dulce y dramática sutileza de la hache muda…) ‘Borges: qué joven está usted, qué luminoso su traje’. ”No sé de mi traje; todo me lo elige María [Kodama], hasta las corbatas. ¿Qué traje tengo?” ´Nada. Todo muy bien entonado. La corbata va muy entonada con el traje’. ”Me alegra que sea tan precisa”. ´Juega con ventaja. Esta usted muy joven`. “Dante dice nell mezzo del camí, del cammin di nostra vita…; yo creo que hay una triple edad, una termina en los 35 años. A los 35 años yo quería llegar a los 40. Quizá es que entonces ya era viejo. Pero, bueno, qué más da la edad. Mi padre murió en 1938, cuando se suicidó Lugones”.
Ahora he estado leyendo lo que Piglia escribió de él y que apareció en Borges por Piglia. Tengo dudas de que alguien quisiera tanto a Borges como lo quiso Piglia.
Ahora me siento como si volviera a hablar con Piglia aquellas noches que, con él, nos regaló Jorge Mara.
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