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La psicología dice que nombrar una emoción calma notablemente el sistema de alarma del cerebro; por eso, la generación criada con la consigna de "no te preocupes" sigue viviendo con alertas que nadie les enseñó a desactivar

La psicología dice que nombrar una emoción calma notablemente el sistema de alarma del cerebro; por eso, la generación criada con la consigna de "no te preocupes" sigue viviendo con alertas que nadie les enseñó a desactivar

Muchas personas aprendieron desde la infancia a minimizar lo que sentían. Hoy, la ciencia muestra que poner en palabras lo que se siente cambia la forma en que el cerebro responde

Hay días en que algo no termina de encajar. El cuerpo está tenso, la cabeza no deja de dar vueltas o aparece una sensación que cuesta poner en palabras. Si alguien pregunta qué pasa, la respuesta suele ser la misma: "No sé".

Hay quienes crecieron en un entorno donde expresar lo que sentían no era una costumbre. Frases como "no hagas un drama", "no llores" o "no es para tanto" terminaron convirtiéndose en una forma de enfrentar cualquier emoción incómoda.

Con los años, ese aprendizaje puede dejar una huella difícil de identificar. El cuerpo reacciona, la mente permanece en alerta y puede aparecer una incomodidad constante que no siempre resulta fácil de interpretar.

Ahora, distintas investigaciones comenzaron a revisar esa conducta desde otra perspectiva y detectaron que un hábito aparentemente sencillo podría tener un efecto mucho más profundo de lo que se creía.

Nombrar una emoción puede ayudar a que el cerebro salga del modo alarma

Aunque parezca un acto cotidiano, identificar con precisión una emoción activa mecanismos que van más allá del lenguaje.

Expresar con palabras activa el razonamiento y el control de las emociones. Foto: Shutterstock.

Una investigación dirigida por el neurocientífico Matthew Lieberman, de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), encontró que, cuando una persona expresa con palabras lo que está sintiendo, disminuye la actividad de la amígdala, una región del cerebro vinculada con la detección de amenazas, mientras aumenta la actividad de áreas de la corteza prefrontal relacionadas con el razonamiento y el control de las emociones.

Ese fenómeno, conocido como affect labeling o "etiquetado emocional", no hace desaparecer el problema ni evita sentir miedo, tristeza o enojo. Lo que parece hacer es ayudar al cerebro a dejar de reaccionar como si estuviera frente a un peligro inmediato.

Los especialistas explican que, cuando una emoción permanece sin identificar, el cerebro puede mantener la sensación de amenaza. En cambio, ponerle nombre ayuda a comprender mejor lo que ocurre y reduce esa percepción de peligro.

Años después, el mismo equipo quiso comprobar si ese efecto también aparecía fuera del laboratorio. En un estudio publicado en Psychological Science, observaron que las personas con miedo intenso a las arañas que describían en voz alta lo que sentían durante una terapia de exposición reducían más su respuesta al miedo que quienes usaban otras estrategias.

La amígdala funciona como una alarma diseñada para reaccionar con rapidez. Aunque este mecanismo fue esencial para la supervivencia humana, hoy también puede activarse frente a situaciones que no representan un riesgo físico, como una discusión, una mala noticia, un correo pendiente o un recuerdo desagradable. Por eso, aprender a regular esa respuesta resulta importante para manejar el estrés cotidiano.

La dificultad aparece cuando nadie enseñó ese lenguaje. Los psicólogos sostienen que el vocabulario emocional también se aprende. Cuando en la infancia las emociones se minimizan o no se nombran, reconocer lo que se siente en la adultez puede resultar más difícil. Frases como "hay que ser fuertes", "seguir adelante" o "no exageres" pueden transmitir la idea de que algunas emociones deben guardarse en lugar de identificarse.

La psicología sostiene que el vocabulario emocional también se aprende. Foto: Shutterstock.

En algunos casos, esa dificultad para identificar y describir las propias emociones se conoce como alexitimia. No significa sentir menos, sino tener más problemas para reconocer lo que ocurre internamente, algo que puede influir en la forma de enfrentar el estrés y las relaciones personales, como explica el diccionario médico del sitio de la Clínica Universidad de Navarra.

Las emociones que no encuentran palabras pueden manifestarse como irritabilidad, tensión muscular, problemas para dormir o una sensación constante de estar en alerta. En muchos casos, el cuerpo termina expresando aquello que la persona todavía no logra identificar con claridad.

La buena noticia es que esta capacidad no queda definida durante la infancia. Los investigadores sostienen que el vocabulario emocional puede desarrollarse a cualquier edad. Aprender a identificar lo que se siente no elimina los problemas, pero sí puede ayudar al cerebro a dejar de responder como si cada dificultad fuera una amenaza.

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