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Argentina-Inglaterra: ¿Sólo un partido?

Argentina-Inglaterra: ¿Sólo un partido?

El fútbol no devuelve territorios ni repara tragedias. Pero a veces funciona como un lenguaje capaz de mantener vivo el vínculo con aquello que una comunidad considera significativ

El miércoles volverán a enfrentarse Argentina e Inglaterra en un Mundial. Desde hace días los medios repiten estadísticas, reconstruyen partidos anteriores, recuperan imágenes de goles memorables y entrevistan a viejas figuras. Como ocurre cada vez que aparece ese cruce en el horizonte, la conversación parece ir mucho más allá del fútbol.

Hace unos días escuché a un grupo de chicos discutir quién marcaría a los delanteros ingleses. Ninguno había nacido cuando Lionel Messi debutó en la selección mayor. Ninguno había visto jugar a Maradona. Mucho menos podían recordar la guerra de Malvinas. Sin embargo, cuando alguien mencionó el rival, la palabra apareció sola, como una pieza inevitable de la conversación: Malvinas.

Pocos países cargan sobre un partido de fútbol una densidad histórica semejante. No porque el deporte pueda reparar derrotas militares ni porque un resultado modifique el pasado. Tampoco porque los jugadores representen una continuidad directa con acontecimientos ocurridos décadas atrás. Y, sin embargo, cuando Argentina juega contra Inglaterra, algo de la historia vuelve a hacerse presente.

Quizás la explicación más sencilla sea que el fútbol funciona como uno de los lenguajes privilegiados de la memoria colectiva. Hay acontecimientos que sobreviven en los libros, en los documentos y en los archivos. Otros permanecen en las conversaciones familiares, en los relatos transmitidos de generación en generación. El partido de México 1986 pertenece a esa segunda categoría.

La guerra de Malvinas dejó marcas profundas en la sociedad argentina. Algunas visibles, otras silenciosas. Durante años los excombatientes lucharon para ser escuchados en un país que muchas veces prefirió olvidar. Las familias convivieron con ausencias, heridas y preguntas difíciles. La democracia debió construir una relación compleja con un conflicto que había sido conducido por una dictadura, pero que al mismo tiempo involucró a miles de jóvenes enviados a combatir.

Cuatro años después de la guerra, el Mundial de México ofreció una escena inesperada. Argentina e Inglaterra volvieron a encontrarse en una cancha. Ninguno de los protagonistas podía cambiar lo ocurrido en el Atlántico Sur. Sin embargo, millones de personas vivieron aquel partido como una oportunidad simbólica de enfrentamiento. Los goles de Maradona quedaron incorporados a una narración colectiva que todavía hoy conserva una fuerza extraordinaria.

Los historiadores solemos desconfiar de las explicaciones demasiado simples. La historia rara vez se organiza alrededor de héroes solitarios o de momentos capaces de resolver conflictos complejos. Pero también sabemos que las sociedades necesitan relatos. Necesitan imágenes capaces de condensar experiencias dispersas. En la memoria argentina, México 86 ocupa ese lugar.

Por eso cada nuevo cruce con Inglaterra reactiva algo más profundo que la expectativa deportiva. No se trata únicamente de ganar o perder. Se trata de la persistencia de una memoria. Una memoria que no permanece inmóvil. Cambia con el tiempo, incorpora nuevas preguntas y se transmite de maneras diferentes.

Quienes eran jóvenes durante la guerra recuerdan acontecimientos que para las generaciones más recientes forman parte de un pasado distante. Sin embargo, la transmisión continúa. A veces ocurre en la escuela. Otras en una sobremesa familiar. O frente a una pantalla, cuando un padre o una madre explican a sus hijos por qué ese partido parece distinto a todos los demás. Cuando las lágrimas vienen desde mucho antes.

El miércoles veremos el partido con mi familia, una costumbre que hemos construido con los años. Compartimos la espera, los comentarios antes de que empiece, las discusiones sobre la formación, los silencios cuando el juego se pone difícil. Mis hijos y sobrinos crecieron viendo fútbol en una casa donde, además, la palabra Malvinas aparece con frecuencia. No podría ser de otro modo. Hace casi treinta años que trabajo sobre la guerra, sus memorias, sus huellas, sus protagonistas.

Por eso conozco bastante bien las trampas que acompañan a un partido como este. Sé que un gol no modifica una disputa de soberanía. Sé que una victoria no devuelve las islas. Sé, sobre todo, que ningún resultado puede devolver a los muertos ni reparar las vidas quebradas por una guerra. La historia es demasiado compleja, y demasiado dolorosa, para quedar resumida en noventa minutos.

Es parte de mi oficio distinguir planos. Separar el acontecimiento histórico de sus representaciones. Analizar los usos políticos de la memoria. Observar cómo una sociedad construye símbolos, relatos y tradiciones. Durante años intenté comprender por qué Argentina e Inglaterra ocupan un lugar tan singular en nuestro imaginario futbolero. Y sin embargo, cuando llega el momento del partido, descubro que comprender no equivale a permanecer al margen.

No me interesa la idea de una revancha. Nunca me convenció. Las guerras no tienen revancha posible. Los muertos tampoco. Pero tampoco me convence la pretensión de observar todo desde una distancia aséptica, como si las emociones fueran un obstáculo para pensar. Las emociones también forman parte de la historia. Son uno de los materiales con los que las sociedades construyen sus recuerdos.

Quizás por eso estos partidos siguen convocando algo más que expectativa deportiva. Porque en ellos se cruzan dimensiones distintas de la experiencia. Por un lado, el conocimiento de que el fútbol no resuelve nada de lo esencial. Por otro, la certeza de que las comunidades humanas necesitan rituales para expresar aquello que no encuentra fácilmente otras formas de manifestarse.

A veces se habla de la memoria como si fuera una herramienta que pudiera utilizarse de manera completamente racional. Mi experiencia es otra. Los historiadores podemos estudiar los mecanismos de la memoria, reconstruir sus transformaciones, señalar sus silencios. Pero seguimos siendo parte de las sociedades que analizamos. También heredamos relatos. También nos emocionamos. También descubrimos que ciertos nombres, ciertas fechas o ciertos encuentros movilizan capas profundas de experiencia colectiva.

Por eso el miércoles me sentaré frente a la pantalla sabiendo dos cosas al mismo tiempo. Que se trata apenas de un partido de fútbol. Y que no es solamente un partido de fútbol. Entre esas dos afirmaciones existe una tensión que no necesita resolverse. Es la misma tensión que atraviesa buena parte de nuestra relación con el pasado.

Cuando el árbitro marque el comienzo, millones de personas estarán mirando lo mismo. Cada una verá un partido diferente. Algunos buscarán una alegría deportiva. Otros recordarán a Maradona. Otros volverán, aunque sea por un instante, a los días oscuros de 1982. Y muchos, quizá sin advertirlo, participarán de una conversación que lleva décadas atravesando la sociedad argentina.

Porque el fútbol no devuelve territorios ni repara tragedias. Pero a veces funciona como un lenguaje capaz de mantener vivo el vínculo con aquello que una comunidad considera significativo. Tal vez por eso Argentina e Inglaterra siguen despertando algo singular. No porque el pasado pueda jugar nuevamente el partido. Sino porque, durante noventa minutos, vuelve a sentarse en la tribuna junto a nosotros.

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