Una mujer descubrió que gran parte de su autoestima dependía de sentirse indispensable para quienes la rodeaban. Cuando, por primera vez en mucho tiempo, nadie requirió su ayuda, entendió que había construido toda su identidad alrededor de ese papel y que necesitaba empezar a conocerse fuera de él.
La revelación no llegó después de una tragedia ni de una crisis personal. Ocurrió un martes cualquiera, cuando su esposo y su hija habían viajado para visitar a unos familiares, una amiga que solía consultarle cuestiones laborales estaba de vacaciones y en el trabajo no había problemas urgentes por resolver.
Su agenda quedó completamente vacía. Nadie la llamaba, nadie necesitaba un consejo y nadie esperaba que solucionara un conflicto. En lugar de disfrutar esa inesperada tranquilidad, comenzó a experimentar una sensación de vacío que no supo explicar en ese momento.
Un día que nadie requirió su ayuda, entendió que había construido su identidad alrededor del rol de vivir para los demás. Foto: Freepik
En un ensayo publicado por Get The Empire File, la autora recuerda que aquel silencio fue el punto de partida para entender un patrón que llevaba años repitiendo sin advertirlo. "Tengo 37 años y el año pasado me di cuenta de que he estado midiendo mi valía por lo útil que soy para los demás, y sinceramente no sé quién soy cuando pocas personas me necesitan", escribió.
“Entré en pánico de una forma muy silenciosa. No tuve una crisis ni un ataque de ansiedad. Simplemente sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies porque no sabía qué hacer conmigo misma cuando nadie necesitaba algo de mí”, reconoce.
Cuando ayudar deja de ser un gesto y se convierte en una necesidad
A partir de esa experiencia comenzó a buscar explicaciones y encontró respuestas en los estudios de la psicóloga Jennifer Crocker, de la Universidad de Michigan. Sus investigaciones sostienen que muchas personas construyen su autoestima sobre determinadas áreas de su vida, como el éxito profesional, la apariencia física o la aprobación de los demás.
En su caso, comprendió que toda su seguridad personal estaba apoyada en sentirse necesaria.
“Cada vez que alguien me pedía ayuda sentía que tenía valor. Si me decían que no habrían podido resolver un problema sin mí, durante unos minutos sentía que realmente importaba”, explica.
Tengo 37 años y el año pasado me di cuenta de que he estado midiendo mi valía por lo útil que soy para los demás, y sinceramente no sé quién soy cuando pocas personas me necesita. Foto: Freepik
El inconveniente aparece cuando esa fuente de reconocimiento desaparece. Si nadie necesita ayuda, también se desvanece la sensación de tener un lugar claro en la vida de los demás.
La autora también encontró sentido a su experiencia en investigaciones sobre el apego. Algunos especialistas sostienen que ciertos niños aprenden muy temprano que reciben más atención cuando cuidan, colaboran o resuelven problemas ajenos que cuando expresan sus propias necesidades.
Con el paso del tiempo, ese mecanismo termina convirtiéndose en una forma habitual de relacionarse. “Yo me ocupaba de todo y, sin decirlo en voz alta, esperaba que a cambio los demás siguieran necesitándome. Mientras eso ocurriera, sentía que tenía un lugar asegurado en sus vidas”, admite.
Descubrir quién es cuando nadie le pide nada
La reflexión también la llevó a reconocer otro patrón. Descansar le resultaba difícil porque asociaba el tiempo libre con dejar de ser útil. “Si no estaba haciendo algo por otra persona, sentía que no estaba justificando mi existencia”, afirma.
Esa necesidad permanente de ayudar condicionaba desde los proyectos laborales que aceptaba hasta los favores que nunca rechazaba. Casi todas sus decisiones pasaban por la misma pregunta inconsciente: ¿esto hará que alguien me necesite? Cuando logró identificar ese comportamiento apareció una duda todavía más profunda. “Si nadie necesitara nada de mí, ¿quién sería realmente?”, escribe.
La respuesta todavía está en construcción. Sin embargo, comenzó a dedicar tiempo a actividades que no dependen de la aprobación de otras personas. Sale a correr porque disfruta hacerlo, volvió a leer por placer y comparte momentos con su hija simplemente porque le gusta estar con ella, no porque necesite demostrar que es una buena madre.
Ante la pregunta de qué sería de ella si nadie la necesitara, comenzó a dedicar tiempo a actividades que no dependieran de la aprobación de otras personas. Foto: Freepik
Otra idea que la ayudó provino del budismo. Allí encontró una reflexión sobre el ego que la hizo revisar sus motivaciones.
“El ego no siempre se presenta como arrogancia. A veces se disfraza de generosidad. Esa voz que dice 'sin vos todo se derrumbaría' puede parecer amor, cuando en realidad es una forma de mantener el control”, sostiene.
Hoy continúa ayudando a quienes quiere, pero intenta hacerlo desde un lugar diferente. “Estoy aprendiendo a permanecer en una habitación sin tener una función específica, a conversar sin intentar resolver el problema de nadie y a aceptar que mi valor no depende de que alguien me necesite. Es incómodo, pero también es la primera vez que siento que estoy conociendo quién soy de verdad”, concluye.
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