Todos conocemos el panorama: la tarde duerme, los negocios cierran, y a medida que se pone el sol, un marasmo melancólico se apodera de la ciudad y de nuestras casas.
No hay nada que hacer, excepto aguardar el nuevo ciclo: es el adiós de la semana y a la vez el anticipo de otra. Es la ambigüedad de los domingos.
El escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald decía que los domingos no son un día, sino una pausa entre dos otros días: como si hubieran puesto la semana en pausa para fraguar una nueva, la vida en los domingos pierde volumen, se agazapa, y nos fuerza a la pregunta por lo esencial, por el propósito: ¿de qué sirvió la semana pasada? ¿para qué servirá la venidera? Preguntas que conducen irremediable e inútilmente a la tristeza.
Principio y fin
Es curioso que no exista en el mundo un criterio único respecto al lugar que ocupan los domingos en la semana. En el mundo árabe y judío sigue siendo el día inicial -y por lo tanto laborable- mientras que en casi todo Occidente es el cierre de la semana.
Se trata, en nuestro caso, de un aporte del mundo cristiano, que replica la idea de la resurrección del mesías la noche después del Sabbat, esto es, del sábado.
En el mundo romano, los días debían su nombre a un astro celeste -y a un dios- en específico: los lunes a la Luna (dies Lunae), los martes a Marte (dies Martis), los miércoles a Mercurio (dies Mercuri), jueves a Júpiter (dies Iovis), viernes a Venus (dies Veneris), sábado a Saturno (dies Saturni) y domingo al sol (dies Solis), que era precisamente el primero de la semana.
Esto cambió durante el reinado de Constantino -primer emperador cristiano de Roma- quien lo decretó día obligatorio de reposo. Su nombre actual, dies dominicus o “día del señor”, surgió en cambio a partir del Sínodo de Ladicea de 363, dado que los cristianos antiguos tenían como día litúrgico el primero de la semana -el domingo- día de la resurrección de Jesucristo.
Adiós y hola
Bar y amigos. Foto: ShutterStock
Lo cierto es que el domingo pasó a ser, desde entonces, el primer y al mismo tiempo último día de la semana. Una ambigüedad que aún conservamos hoy día, a juzgar por muchos calendarios en los que puede aparecer en cualquiera de estas dos posiciones.
Esto a pesar de que en 2004 se publicó el estándar ISO 8601 que, en pos de la unificación internacional del tiempo, hizo del lunes el primer día estricto de cada semana.
En Occidente, al menos, no hacen falta estándares para algo que de todas maneras sentimos. El domingo nos interpela, nos exige un rumbo: ese día hay quienes frecuentan la iglesia, quienes visitan a sus familias o simplemente duermen a intervalos separados por películas livianas en Netflix. De algún modo hay que despedir la semana que muere, o acoger a la venidera, o las dos cosas.
Por mi parte, prefiero seguir los pasos de un buen amigo y sumarme a sus propuestas de “antidomingo”: buscar algún barcito solitario en que escondernos y esperar, como si de cualquier otro día de la semana se tratase, a que el domingo pase y con él sus incongruencias, sus reflexiones, sus ambigüedades.
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