31/07/2026 20:16
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Partidizar la política exterior, un mal negocio para Milei

Partidizar la política exterior, un mal negocio para Milei

La embajada argentina en Washington está más concurrida que nunca y sus diplomáticos disfrutan de su momento como "la chica más linda de la fiesta". Pero ninguna fiesta dura para s

En su más reciente incursión en la política interna de Estados Unidos, el presidente Javier Milei acusó al Partido Demócrata de denigrar a la selección argentina y de orquestar una campaña digital contra el país. La teoría conspirativa fue tan extravagante que pasó prácticamente inadvertida en Washington. Aun así, reforzó la impresión de que la relación entre Estados Unidos y la Argentina se ha convertido en una cuestión partidaria.

Eso es una mala noticia para la Argentina, especialmente si se considera la baja aprobación del presidente Donald Trump de cara a las elecciones legislativas de noviembre.

En el corto plazo, el malestar entre los legisladores demócratas podría traducirse en investigaciones sobre el rescate financiero de US$20.000 millones aprobado en octubre y reducir la probabilidad de un futuro auxilio financiero. A más largo plazo, un eventual presidente demócrata podría replantear de manera más amplia la estrecha relación que Milei y Trump han construido.

Sería una mala noticia para ambos países, dados los numerosos intereses que comparten. Afortunadamente, es un desenlace completamente evitable, siempre que Milei reconsidere el enfoque ideológico con el que ha encarado esta relación estratégica.

Históricamente, la Argentina rara vez ha sido un tema controvertido en Estados Unidos.

En la década de 1970, el legendario Andrew Lloyd Webber compuso la música del musical Evita. En los años noventa, la legendaria Madonna protagonizó la adaptación cinematográfica de Hollywood. Hoy, el legendario Lionel Messi llena estadios en todo el país cada vez que juega con el Inter Miami.

Uno de los restaurantes más de moda del barrio Georgetown, en la capital, es una parrilla dirigida por un bartender nacido en Buenos Aires, mientras que la popular heladería Dolcezza celebró este año su aniversario regalando porciones de un sabor de edición limitada inspirado en la chocotorta.

Presidentes de ambos partidos aprovecharon históricamente las oportunidades para fortalecer la relación bilateral. El republicano George H. W. Bush pronunció un discurso ante el Congreso argentino. Su sucesor, el demócrata Bill Clinton, organizó una cena de Estado en honor de Saúl Menem. Barack Obama, por su parte, bailó tango en lo que hoy es el Palacio Libertad.

El antecesor de Trump, Joe Biden, envió en 2024 a su secretario de Estado, Antony Blinken, a la Casa Rosada, aunque esa misma semana Milei viajaba a Estados Unidos para abrazarse con Trump en CPAC. Blinken habló entonces de una “oportunidad extraordinaria” para profundizar la relación bilateral, pese a las diferencias en varios temas como el aborto, el control de armas, el cambio climático y la igualdad de género.

Esa simpatía bipartidista no es sorprendente. Estados Unidos tiene mucho que ganar de una relación estrecha con la Argentina, incluido un acceso preferencial a sus abundantes reservas de litio y cobre. Las fértiles pampas argentinas y el boom de la producción de petróleo y gas ofrecen respuestas concretas a los desafíos globales de seguridad alimentaria y energética.

La Argentina también ocupa un lugar central en la competencia estratégica de Estados Unidos con China y Rusia. Por su tamaño y su influencia en Latinoamérica, sus alineamientos internacionales tienen una importancia tanto simbólica como práctica.

Los avances de China en los últimos años —incluido su control de una estación espacial en Neuquén y sus intentos de vender aviones de caza y tecnología nuclear a la Argentina, además de construir un puerto en Tierra del Fuego— despertaron inquietud en Washington. La oferta de Alberto Fernández de convertir a la Argentina en la “puerta de entrada” de Rusia en América Latina, anunciada apenas semanas antes de la invasión rusa a Ucrania, recordó a Estados Unidos que la Argentina sigue siendo un país bisagra en la competencia entre las grandes potencias.

Por último, si las estrategias de Milei en favor de Occidente y de la economía de mercado tienen éxito, podrían ser ejemplificadoras sobre el resto de América Latina, donde los gobiernos suelen privilegiar el no alineamiento en política exterior y alternan bruscamente entre la adhesión y el rechazo a la ortodoxia del Consenso de Washington, incluida la disciplina fiscal y la apertura comercial.

Sin embargo, desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, Milei ha redoblado sus esfuerzos por alienar al Partido Demócrata. En sus incontables viajes a Estados Unidos —desde Mar-a-Lago hasta la Casa Blanca— ha cultivado con entusiasmo su papel de aliado ideológico de Trump. Al mismo tiempo, corteja a los grandes donantes republicanos: le regaló una motosierra a Elon Musk y colmó de elogios a Peter Thiel en la Casa Rosada.

Sin lugar a dudas, Trump comparte parte de la responsabilidad.

Tanto él como su secretario del Tesoro, Scott Bessent, describen la relación entre Estados Unidos y la Argentina en términos marcadamente ideológicos. Trump ha definido a Milei como “MAGA all the way” y respaldó públicamente a La Libertad Avanza en las elecciones legislativas. Bessent, por su parte, utilizó el término “Peronist” como insulto contra un senador demócrata y presentó el préstamo a la Argentina como una herramienta para poner fin a “décadas de decadencia bajo el peronismo”.

Milei, desde luego, adopta un enfoque igualmente ideológico y poco convencional en otras relaciones diplomáticas de primer orden. Más recientemente, provocó una crisis con Brasil al hacer campaña en favor de Flávio Bolsonaro e insultar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Cuesta encontrarle ventajas a un enfrentamiento con Brasil, el principal socio comercial de la Argentina. En cambio, en la relación con Estados Unidos, la estrategia de Milei le ha dado resultados —hasta ahora. Gracias a su cercanía con Trump, obtuvo un acceso privilegiado a la Casa Blanca. Como consecuencia, Trump contribuyó a estabilizar la economía argentina en la antesala de las últimas elecciones legislativas, pese a que su política exterior de America First suele adoptar una definición limitada del interés nacional estadounidense. Es una apuesta comprensible: sostener la confianza en el peso y acceder a los mercados de deuda dependen hoy, en buena medida, de esa cercanía con Trump.

La embajada argentina en Dupont Circle está más concurrida que nunca y sus diplomáticos disfrutan de su momento como la chica más linda de la fiesta.

Pero ninguna fiesta dura para siempre.

Después de que Trump anunciara su intención de aumentar las compras de carne vacuna argentina, 54 legisladores demócratas denunciaron lo que calificaron como una “traición a los ganaderos estadounidenses”. Ahora, mientras el Partido Demócrata prepara su agenda ante la posibilidad de recuperar en noviembre la mayoría en alguna, o ambas, de las cámaras del Congreso, los ataques partidarios de Milei están colocando a la Argentina en la mira.

La creciente desconfianza de los demócratas también podría complicar iniciativas sensatas de la propia administración Trump para ampliar el apoyo a Milei, por ejemplo mediante el financiamiento de proyectos estratégicos a través de la Development Finance Corporation. Esa asistencia resulta especialmente importante porque la transformación económica impulsada por Milei todavía no ha logrado desencadenar una ola significativa de inversión privada, revertir el deterioro del mercado laboral ni elevar los ingresos reales.

Por ahora, toda la atención que Milei recibe desde Washington, la fama global que ha alcanzado en los círculos de la derecha radical y el avance de un mundo cada vez más multipolar pueden darle la impresión de que la Argentina se ha convertido en un socio indispensable para Estados Unidos.

No lo es.

Según la propia definición de la administración Trump, los intereses estratégicos de Estados Unidos en el hemisferio comienzan en el ecuador. En palabras de Elbridge Colby, el estratega del Pentágono detrás de la “Doctrina Donroe”, esa prioridad abarca Centroamérica, el Caribe, México y el norte de América del Sur.

Si Milei se adentra demasiado en la grieta estadounidense, corre el riesgo de devolver la relación entre ambos países al congelamiento que caracterizó buena parte de la era kirchnerista. Eso perjudicaría tanto a la Argentina como a Estados Unidos, independientemente de quién gobierne en Buenos Aires o en Washington.

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