Es 1958 y el joven Enrique Macaya Márquez aterriza en Suecia para cubrir su primer Mundial. Cree estar viendo la extrema modernidad, pero habrá un día en que despierte con 91 años y el fútbol se haya vuelto biónico. Un deporte de chips, de cerebro de silicio, de redes neuronales de IA. Vendrá el tiempo en que se incorpore un aerosol evanescente, una pelota con sensor, giroscopio y acelerómetro, y cámaras de crioterapia para la recuperación muscular. Y que cada jugador tenga su avatar 3D, es decir, un gemelo digital para reconstrucción de jugadas milimétricas en tiempo real.
Todavía es demasiado pronto para imaginar todo esto en 1958, y para soñar remotamente con que un hombre que aún no nació, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, lo homenajee atónito por su 18° Mundial consecutivo. Vayamos por partes.
Ese Macaya cree que creció demasiado desde el canillita que pasó a cadete de Radio El Mundo a periodista, pero no dimensiona los saltos al vacío que dará entre dos siglos. Durante 24 años será la compañía de los argentinos los días con más tasa de intento de suicidio. Los domingos, por televisión, presentará una revolución llamada Telebeam, que más adelante quedará vetusta, frente a un sistema de videoarbitraje llamado VAR.
Macaya, de niño
Ahora que es 1958 Macaya analiza la pizarra de Guillermo Stábile y está presenciando el desastre argentino ante Checoslovaquia (1-6) tras una ausencia del país en una Copa del Mundo desde hace 24 años, pero un día todo mejorará. Tanto que será testigo de una, dos, tres estrellas, que llevarán la firma de César Luis Menotti, de Carlos Bilardo y de un tal Leonel Scaloni. En dos años nacerá un redentor deportivo llamado Maradona y en 29, alguien similar, mesiánico y potenciado, de apellido Messi.
Demasiada información, demasiado vértigo tecnológico, político y cultural para que imagine todo esto antes de la llegada del Hombre a la Luna. Será mejor que el muchacho Macaya se concentre en ir escalón por escalón desde Flores hasta Dallas, Miami y Kansas, donde en 68 años verá al juego partirse en cuatro por algo llamado “Pausas de hidratación”.
1958 y Macaya aún no conoce el concepto de tarjetas rojas y amarillas. Está viendo azorado una “máquina” llamada Pelé, pero todavía no puede imaginar la monstruosidad de otras máquinas que harán que los árbitros se apoyen en el veredicto final de las computadoras. Los partidos se verán al mismo tiempo en teléfonos personales del tamaño de una caja de cigarrillos y las cámaras en ultrahiperdefinición volarán en “platos voladores” llamados drones. Será otro idioma futbolístico y se sentirá un poco extranjero, pero Don Enrique no desistirá.
Joven Enrique Macaya Márquez, ahora que tiene poco más de 20 años, sepa que su vida no se medirá en Mundiales presenciados o décadas cumplidas, exigirá otra unidad de medida. En 2026 usted ya habrá atravesado varios mundos.
Todavia no hay comentarios aprobados.