29/07/2026 18:43
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El arte de vivir en las fisuras del presente

El arte de vivir en las fisuras del presente

Pensar exige, de vez en cuando, interrumpir el movimiento. No para desligarse del mundo, sino para volver a él con un juicio que la velocidad rara vez concede.

Hay desplazamientos que no dejan huella en los mapas porque no ocurren en el espacio, sino en el tiempo. Desajustes íntimos, casi imperceptibles, que no expulsan a nadie de una tierra, pero sí de la cadencia que debería sostener una vida.

En estos últimos años hemos visto aparecer, cada vez con más frecuencia, una figura que todavía no sabemos nombrar. Personas que participan de su época sin llegar a habitarla del todo, que acompañan a su generación sin sentirse verdaderamente parte de ella y que comprenden el mundo que les toca, pero no logran sintonizar su ritmo.

Ese fenómeno –ya no excepcional, aunque todavía silencioso– carece de nombre. Y quizás, justamente por eso, merezca uno. Me permito entonces proponer al lector un pequeño gesto de audacia semántica. Si lo que percibimos es un patrón, una sensibilidad compartida, una forma de extemporaneidad que se repite en distintas biografías sin necesidad de coordinarse entre sí, entonces vale la pena empezar a nombrarla.

Los “desetariados”. No son desclasados, ni disidentes, ni nostálgicos fuera de lugar. No buscan refugiarse en el pasado ni presentarse como adelantados al futuro. Son, más bien, quienes viven un desajuste entre su biografía y el tiempo social que debería servirles de hogar simbólico.

No terminan de reconocerse en los ritos, los entusiasmos, los ídolos ni las angustias predominantes de quienes nacieron junto a ellos. Un subconjunto invisible dentro de todas las generaciones. El desfasaje no es ideológico; es temporal.

Tampoco se trata de un fenómeno nuevo; siempre hubo quienes caminaron con un ritmo distinto, algo más lento, más atento, más ajeno a la urgencia colectiva. Pero en esta época, donde las etapas vitales se licuaron y la aceleración convirtió la vida común en una sucesión de sobresaltos, esta extemporaneidad está adquiriendo una presencia inédita.

Durante siglos, la edad funcionó como un guion relativamente estable: una secuencia que ordenaba expectativas, distribuía responsabilidades y marcaba un tránsito reconocible hacia la adultez y la vejez. Ese guión, sin embargo, comenzó a deshacerse.

Las etapas de la vida se superponen, se postergan, se invierten o simplemente dejan de ofrecer orientación. En ese escenario movedizo, la pertenencia generacional perdió buena parte de su capacidad para organizar la experiencia.

Los desetariados son un síntoma de esa transformación. Todo ocurre demasiado rápido o demasiado cerca como para metabolizarlo. La época premia el reflejo, las adhesiones instantáneas y los entusiasmos que nacen y mueren con la misma velocidad.

Ha convertido la reacción en una forma de prestigio. Y termina excluyendo, casi por naturaleza, ciertas formas de sensibilidad. Quienes no logran, o quizás no desean, vivir bajo ese compás terminan sintiéndose ajenos a su propio tiempo.

Son una suerte de extranjeros domésticos. Conocen el idioma y sus ritos, pero no terminan de adoptarlos del todo. Hablan la lengua de su generación, aunque por momentos ya no consiguen pensar en ella. No rechazan la época, aunque tampoco logran sentirse plenamente dentro de ella.

Casi como quien paga impuestos a un tiempo que no le concede ciudadanía. Pero están. Participan. Cumplen. Siempre desde una distancia leve que nada dramatiza y, sin embargo, lo explica todo. Es una percepción íntima, discreta, que no se elige ni se exhibe. Y justamente allí reside su fuerza.

Al no entregarse por completo a la euforia ni a la ansiedad del presente, conservan una distancia mínima desde la cual todavía resulta posible advertir lo que otros ya no perciben: las fisuras, los automatismos y las renuncias silenciosas de nuestra manera de habitar el tiempo. Esa distancia, obstinada pero tranquila, posee un valor propio.

En tiempos donde pertenecer suele confundirse con repetir, y donde opinar se volvió un reflejo antes que un acto de juicio, los desetariados recuerdan, casi sin proponérselo, que existe otra manera de habitar el mundo. Son quienes todavía se permiten la demora, la observación y el matiz.

No adhieren automáticamente ni celebran automáticamente. Conservan la posibilidad de pensar antes de asentir. Son quienes recuerdan que pensar exige, de vez en cuando, interrumpir el movimiento. No para desligarse del mundo, sino para volver a él con un juicio que la velocidad rara vez concede.

Los desetariados viven en el intersticio entre dos ritmos: el del presente que los reclama y el de la conciencia que pide tiempo para comprender. Ese lugar, incómodo y fértil, puede ser hoy el único desde el cual todavía resulta posible cuidar lo común.

Quizás, entonces, este neologismo no sea un capricho lingüístico, sino un intento de darle forma a una sensibilidad que ya existe entre nosotros. Y si los desetariados somos muchos más de los que imaginamos, acaso sea hora de darnos un nombre y empezar a comprender, desde allí, qué significa cuidar un tiempo que parece haber extraviado el suyo.

Vivir un poco a contratiempo tal vez sea la manera más honesta de habitar esta época. Acaso toda comprensión exige, de vez en cuando, no confundirse del todo con aquello que busca comprender. ¿Y si para recuperar la sincronía hiciera falta antes un instante de contratiempo? w

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