26/07/2026 18:59
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La Selección, el fútbol y nuestra relación con lo sagrado

La Selección, el fútbol y nuestra relación con lo sagrado

Celebraciones de este tipo incluyen la alegría, el dolor, la incertidumbre, una suma de sensaciones compartidas.

A Jorge Valdano se le atribuye la frase, “el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”. Las paradojas constituyen uno de los ejercicios retóricos más lúcidos de la escritura. Y tal vez uno de los más ingeniosos. Dicho esto, observo que no estoy del todo seguro que la selección de fútbol argentina se incluya en esta frase.

La relación que los argentinos sostenemos con ella va más allá de una contienda deportiva para constituirse en lo más parecido a un mito, un mito que muy bien podría adquirir la condición de una verdad profunda, una verdad que le otorga el sentido de una realidad sacralizada, una necesidad presente en los pueblos desde los orígenes de la historia.

Se ha dicho que la “Selección” -escrito con mayúscula- es la exclusiva verdad que une a todos los argentinos más allá de clases sociales, creencias religiosas o políticas. Una nación, también se ha dicho, es un relato que nos une; un pasado común y un conjunto de certezas imaginarias que nos otorga la condición de argentinos.

En la vida cotidiana. lo que predomina son los conflictos, las divisiones, las rupturas, los intereses irreconciliables, pero a la hora de inicio de la celebración de un partido de fútbol de la Selección estos rigores desaparecen y una curiosa unanimidad nos domina.

La escena muy bien puede representarse con imágenes: los colores de una camiseta, los nombres de los ídolos, los festejos por las victorias, el luto por las derrotas. Todo parece estar permitido. Los creyentes de la “Selección” disimulan, justifican sus errores y enjugan lágrimas.

Curioso: un deporte practicado mayoritariamente por hombres, con sus exaltaciones de virilidad y sus manifestaciones de machismo, logra que sus feligreses compartan las lágrimas y hasta las consideren manifestaciones de virtud.

Dicho de un modo más secular: la selección” nos representa. De una manera misteriosa sentimos que expresa lo que somos y lo que desearíamos ser.

Nada más sorprendente que el paisaje de ciudades y pueblos al momento de expresar esa suerte de sesión o ritual que es el inicio de un partido. Las calles desiertas, la suspensión de todo aquello que constituye la vida de todos los días, el silencio absoluto interrumpido ocasionalmente por cánticos de festejos por un gol.

Esa sensación inequívoca de transitar por el territorio de lo sagrado en el que todos los argentinos, todos los que nos sentimos argentinos, vivamos donde vivamos, compartimos.

Sociedades seculares, sociedades consumistas, sociedades donde se afirma el individualismo más intenso, sociedades que se ufanan de la muerte de Dios o, en todo caso, han reducido la fe en Dios, o los dioses, a una sesión privada, de pronto parecen ser interpeladas por esta singular y tumultuosa realidad que, insisto, expresa algo más que el azar de un partido de fútbol y veintidós jugadores corriendo detrás de una pelota.

¿No estoy banalizando lo sagrado? En todo caso trato de interpretar su presencia en las actuales condiciones históricas. Trato de darle lugar a esta necesidad profunda de los pueblos, esta necesidad de creer en una verdad que va más allá de la lógica del mercado, el estado o el consumo.

Esta relación con lo sagrado suele descalificarse en nombre de las alienaciones colectivas. Es una posibilidad contrastada con la otra: la necesidad no de huir de la realidad sino de aferrarse a ella humanizándola. Celebraciones de este tipo incluyen la alegría, el dolor, la incertidumbre, una suma de sensaciones compartidas que de una manera “extraña” nos hacen sentir vivos. Como toda experiencia “sagrada”, el culto a la selección, sus manifestaciones más intensas, son breves pero persisten en estado latente.

Su presencia no depende del éxito, de una tanda publicitaria, de una aspiración inmediata de riqueza, poder o placer. Su presencia se constituye desde aquello que parece ser las necesidades íntimas de un pueblo. No es el becerro de oro o un objeto de inmediata manipulación política. Dispone de su propia autonomía, de sus íntimas exigencias.

Un religioso, un teólogo, un sacerdote, un pastor, es posible que no compartan estas afirmaciones, que las considere idolatrías, una calificación que curiosamente coincidiría con la que podría elaborar un riguroso marxista o un convencido ateo. “La selección, opio del pueblo”.

Todo es posible, pero la experiencia de la humanidad enseña que la definición de lo sagrado no está escrito de antemano, que son los pueblos con sus curiosos despliegues históricos los que van elaborando aquello que consideran sagrado, aquello que los trasciende, aquello que los constituye en su condición de tribu, pueblo, nación.

Para un sociólogo, el objeto sagrado adquiere entidad a través de procesos complejos pero se expresan en objetos concretos: una cruz, una imagen, un manto, una bandera, un himno, una selección de fútbol. Lo sagrado -se sabe- está asediado por la idolatría, las veneraciones, el fanatismo. Las fronteras entre la fe y la idolatría existen pero son difusas. Lo cierto en todos los casos es esta necesidad que parece estar presente a lo largo de la historia en conjurar la soledad, el miedo a la muerte, a través de lo humano y su sorprendente y desprolija subjetividad.

Las fronteras entre la fe y la idolatría existen pero son difusas. Lo cierto en todos los casos es esta necesidad que parece estar presente a lo largo de la historia en conjurar la soledad, el miedo a la muerte, a través de lo humano y su sorprendente y desprolija subjetividad.

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