El presidente Trump insiste en que su poco afortunada decisión de ir a la guerra contra Irán tuvo como objetivo evitar que aquella siniestra teocracia obtenga un arma nuclear. Esta semana firmó un acuerdo que abre la puertas a que la acabe obteniendo la no mucho menos siniestra Arabia Saudí.
De momento el plan es que el reino árabe inicie el camino hacia el enriquecimiento de su propio combustible nuclear para uso civil. Pero de ahí a fabricar la bomba no es más que un paso. ¿Una nueva carrera armamentística nuclear a la vista? En un mundo en el que la fuerza se impone a ley hay muchos países dispuestos a caer en la tentación.
De la Copa del Mundo al fin del mundo, pues. Se entiende que este sea el objetivo que yace en el subconsciente trumpero. Su agudo narcisismo no le permite concebir de un mundo en el que él no esté. Tiene ochenta años: si su muerte coincide con el Armagedón, ¡mejor!
Trump está en ello, como vemos. Un par de días antes de dar la luz verde nuclear a los saudíes salió la noticia de que Trump quiere que Gianni Infantino sea el próximo secretario general de la ONU. Tras el Mundial, el presidente de la FIFA compite con Leandro Paredes para el título de figura más detestada del universo fútbol. Como jefe de la ONU Infantino sería garantía de discordia global, y casi tan absurdo como nombrar a Beniamin Netanyahu presidente de la Cruz Roja Internacional.
¡Si solo viviésemos en un mundo en el que la gente que manda estuviese a la altura de sus responsabilidades! Alguien que nos una en vez de dividirnos, alguien como Tom Cruise.
¿Oyeron su discurso en la ceremonia de apertura de la final de la Copa del Mundo? Fue un manifiesto a favor de la comprensión entre los pueblos y la paz mundial. Para los que no estaban prestando atención, acá va un extracto.
“El fútbol es una fuerza que une a las personas, convierte a extraños en amigos y nos recuerda todo aquello que tenemos en común,” declaró el famoso actor. “Celebremos un torneo que ha unido al mundo. Celebrémonos los unos a los otros. Esto es fútbol. Esto es unidad. Esto es grandeza.”
Lástima que acto seguido se disputó el partido menos grande de los casi cien años de historia de los Mundiales.
Hubo unidad, eso sí. Pero no como celebración del fútbol o del ser humano sino en contra de Argentina. No fue así en la final de Qatar en 2022, cuando los llamados “neutrales” festejaron el triunfo de los de Leo Messi contra Francia. Pero algo pasó en los siguientes cuatro años que alteró la balanza, quizá una contaminación moral planetaria ocasionada por la vuelta al poder de Trump, más la llegada de Milei.
Esta vez el once de España se encontró en el papel de representante del Resto del Mundo. Cuanto más avanzaba el partido más millones se sumaron a la causa de la Roja. Resulta que el estilo de juego motosierra no atrae la simpatía de homo sapiens. O, por decirlo de otra manera, el espíritu de Messi, el de 2022, convence; el de Leandro Paredes, el de la final del domingo pasado, repele. Y aquí quizá tengamos algo alentador a qué atenernos en los tiempos pesimistas que corren.
Siento reconocerlo siendo alguien que había sido hincha fiel de Argentina desde el primer Mundial que recuerdo, en 1966, lamentablemente una derrota en cuartos de final ante Inglaterra, país que siempre deseo que pierda en todos los deportes. Celebré la victoria merecida de Argentina contra los ingleses en la enésima revancha que vimos en este Mundial. Pero con dudas, de repente, en la antesala de la final, dudas sobre el juego tenebroso argentino que explotaron a la luz del día contra España.
Lo siento, sí, pero la verdad que parece que muchos argentinos se niegan a ver es que, lejos de una conspiración internacional contra aquella patria por la que juran en su himno “con gloria morir” (la que yo cantaba en mi colegio en Buenos Aires todas las mañanas durante cinco años), hubo una espontáneo rechazo a la selección argentina de parte de la enorme mayoría de los habitantes de la Tierra que siguieron el partido en televisión. Un rechazo al que yo – tras otra patada, otro empujón gratuito, otra simulación, otro intento de provocar a los jugadores españoles – me sumé. Todavía no me recupero del trauma, o al menos de la confusión existencial. Uno no cambia de tribu todos los días.
Argentina murió, pero sin gloria. Todos los comentaristas de televisión que no fueran argentinos así lo vieron. “Repugnante” es uno de los adjetivos más oídos sobre el despliegue argentino en lo que será con casi toda seguridad el último partido importante, contra rivales serios, que el pequeño coloso Messi disputará. Una tragedia. Pero no es que no sepa jugar bien esta selección argentina cuando quiere, o cuando el marcador lo exige. En el minuto 117 de la final dispararon por primera vez en todo el partido en la dirección general del arco español. En los tres o cuatro minutos restantes casi marcan. Pero – y me consta por los mensajes que recibí y los diarios internacionales que he leído – desde Estados Unidos, a Australia, a India, Alemania, Indonesia, Cabo Verde y hasta Ruanda, el temor de gran parte de la humanidad era que Argentina empatara y acabara ganando en penaltis.
¿Qué nos dice esto? Vuelvo a lo que dije hace un momento sobre la lectura alentadora de esta fea final. Que independientemente de nuestra cultura, raza, religión u orientación política lo que todos, o casi todos, tenemos en común es un fuerte sentido de la justicia. Una victoria argentina hubiera sido una injustica atroz. Y esa posibilidad al mundo le dolía. Quizá en ese sentimiento universal brilla la llama de la esperanza de que emergeremos de la oscuridad que esa selección argentina eligió escenificar, que sobreviviremos a Trump y compañía y que aspirar a esa grandeza de la que habló Tom Cruise no sea misión imposible.
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