23/07/2026 22:55
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Devoción por Lionel Scaloni en Pujato, el pueblo que no deja de abrazarlo: filas interminables, canciones y un ruego en continuado

Devoción por Lionel Scaloni en Pujato, el pueblo que no deja de abrazarlo: filas interminables, canciones y un ruego en continuado

Cientos de personas llegan todos los días para sacarse una foto con el técnico de la Selección Argentina. El canto que más se escucha frente a su casa es una súplica para que no de

Lo de Lionel Scaloni es extraordinario. Se recluyó en Pujato, donde su cara se repite en murales y carteles como si fuese un candidato en campaña y está en cada comentario. Cualquier cosa que se diga en esta ciudad santafesina tiene incorporado el apellido clave. Todos lo conocen; cada quien aporta un dato que puede ser útil, obvio o inventado. Un recuerdo condimentado o una anécdota que cuadra con el tipo de persona que Scaloni proyecta de sí. “Yo de joven anduve con él”, suelta una mujer mayor que el DT, que enseguida aturde con una carcajada. “No, mentira”, se confiesa y espera, como el resto, una foto con el ídolo.

Scaloni es una celebridad que intenta descansar con los suyos, pero se toma el tiempo para sus devotos, que no solamente son los vecinos que le dan forma a una población de poco más de 3.000 personas, sino también de localidades vecinas o provincias lejanas.

Foto: Marcelo Carroll

Todos quieren un recuerdo en imagen o un autógrafo y ninguno se va con las manos vacías. No es una exageración periodística: este jueves por la tarde estuvo dos horas en la puerta de la casa de sus padres hasta que culminaron los pedidos.

Ese fue el segundo turno; a media mañana ya había salido, igual que desde el primer día en que regresó del Mundial celebrado en Canadá, México y Estados Unidos. Él no quería, pero terminaron poniendo una valla en el frente de la casa. Si bien el público es sumamente respetuoso, la aglomeración se expandía más allá de la línea municipal. Todos gritan por Scaloni, pero solo uno es el que firma. Su hermano Mauro lo escuda y lo asiste tomando los teléfonos para inmortalizar el recuerdo. También va tomando las camisetas y banderas que se llevarán la firma estampada. Más tarde, la Policía se ocupa de la misma tarea para hacer más ágil el asunto.

El entrenador que entró en la historia de la Selección camina de punta a punta su propio frente, igual que en su perímetro durante los partidos, pero relajado. Atrás no están Pablo Aimar o Walter Samuel. Están su esposa, sus hijos, familiares y amigos cercanos. Posa, sonríe, agradece como si ese fuese su trabajo. Entre tanda y tanda de recuerdos al paso, este jueves también salió a pedalear. Lo acompañó su hermana Corina. Salieron entre el enjambre de gente que hace guardia permanentemente por si el DT vuelve a asomarse. El respeto popular es tan asombroso como la predisposición de Scaloni.

Foto: Marcelo Carroll

La consigna policial es de apenas dos efectivos. Tres por la tarde, con un refuerzo de la Dirección de Tránsito. En Pujato no se habla de otra cosa y el acontecimiento obliga a que la cuadra de la casa más famosa, sobre el boulevard de frondosos palos borrachos, además esté cerrada al tránsito. Es así de fácil saber dónde vive. Sobre ese mismo asfalto, alguna vez, hace mucho tiempo, Scaloni piloteaba una moto roja. “Iba para todos lados con esa moto”, revela una fuente que parece conocer muchos detalles de la persona sobre la que todos en el pueblo aseguran también conocer.

La directora actual de la escuela primaria que tuvo a Scaloni de guardapolvo blanco hasta el final de la década del 80 da fe de ese rodado. Antes de convertirse en directora, ella fue su profesora particular de Matemática cuando un Scaloni adolescente renunciaba a salir con amigos para intentar cumplir su sueño de futbolista y también tenía una materia, en tercer año del secundario, que le costaba más que el sacrificio con la pelota.

Foto: Marcelo Carroll

Binomios era el tema que tuvo que preparar para no llevarse la materia previa. “Claro que aprobó”, responde Sandra, la profesora, que asegura que en las conferencias de prensa todavía le encuentra los gestos que mostraba antes de responder por un binomio cuadrado perfecto. Eso sí, la secundaria la terminó en un pueblo vecino. Nadie dice por qué y todos guardan el secreto con una sonrisa pícara.

En la puerta de la casa, un conjunto de chamamé consigue la firma en la guitarra criolla y el acordeón, pero también que Scaloni haga una pausa en el corralito para escuchar un tema, que agradece antes de acudir a un nuevo requerimiento. Llegan veteranos de Malvinas y cantan el Himno. Scaloni también.

Foto: Marcelo Carroll

Del ventanal de entrada se distinguen familiares. Todos miran lo que pasa afuera y la gente se anima con un deseo: “Scaloni no se va, no se va, Scaloni no se va”. Scaloni escucha, pero no hace una mueca. Los chamameceros vuelven a la carga, pero esta vez con una versión mesopotámica de Muchachos. El ventanal principal se abre y el que sale es el padre de la criatura, don Scaloni, a quien se le iluminan los ojos con la música. El “Sca-lo-ni, Sca-lo-ni” es todo para él.

Foto: Marcelo Carroll

Cae la noche y el frío se hace notar. La casa nunca deja de tener gente en la puerta. El público se renueva, pero algunos se mantienen estoicos. Piden una tercera salida, tal vez porque saben que Scaloni tiene esa facilidad y eligen creer que lo tendrán otra vez, y cada vez que vuelva a Pujato. Y el DT de la Selección vuelve a salir. Un amor interminable para un hombre que no se olvida nunca de sus orígenes.

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