23/07/2026 20:51
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El partido que no termina

El partido que no termina

“La campaña antiargentina”, una consigna de triste memoria, regresa al debate público cincuenta años después, opacando lo bueno que nos mostró este Mundial.

Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, un testigo por antonomasia, describió un partido de fútbol entre los deportados y sus torturadores de las SS, con hurras y gritos que “aplauden, animan a los jugadores como si en lugar de a las puertas del infierno el partido se estuviera celebrando en el campo de un pueblo”.

Desde que intento entender nuestra tragedia pasada y reivindico mi derecho a la memoria y a la verdad en recuerdo de mis dos hermanos presos desaparecidos, arrojados al agua en los vuelos de la muerte de la ESMA, mis lecturas de estudio están dominadas por los testimonios directos y las reflexiones filosóficas y morales sobre lo que dejan los exterminios y los genocidios, como las de Giorgio Agamben de quien tomo la narración de Primo Levi, y su advertencia.

El filósofo italiano lejos de ver en ese partido de fútbol una pausa o un rasgo de humanidad nos señala que la verdadera atrocidad radica precisamente en que se juegue un partido de fútbol en medio de un “un horror infinito”, porque ese “partido no ha acabado nunca, es como si todavía durase, sin haberse interrumpido nunca que se repite en cada uno de nuestros estadios, en cada transmisión televisiva, en cada normalidad cotidiana”.

¿Se interrumpió para nosotros, los argentinos, el Mundial de fútbol de 1978, utilizado por la dictadura militar para que los gritos de gol y los hurras nacionalistas taparan los gritos de dolor de los torturados y acallaran las denuncias contra nuestro país, con la apelación emocional del “somos derechos y humanos”.

“La campaña antiargentina”, odiosa consigna que regresa al debate público cincuenta años después y lejos de recuperar para el fútbol su estricto carácter de competencia deportiva, nos recuerda, al menos para mi, al fatídico Mundial del 78, su significado y las denuncias contra Argentina. Vivía en Lisboa, y ya al despertar, al encender la radio, un locutor de la radio portuguesa Renascenca, cada media hora repetía, “que los gritos del gol no nos hagan olvidar los ayes de dolor de los torturados”.

Igualmente recuerdo los relatos de mi madre cuando permaneció horas en una larga fila en la Avenida de Mayo para denunciar ante la Comisión de la OEA las desapariciones de sus dos hijos menores, Néstor y Cristina, y recibieron el desprecio de los adolescentes que salieron a la calle en 1979 para festejar el triunfo de la selección juvenil de Argentina en Japón donde debutó internacionalmente Maradona.

Vestidos todavía con sus uniformes escolares, estimulados igualmente por el nacionalismo futbolero, vociferado desde los micrófonos de los relatores de fútbol contra la presencia de la Comisión, insultaban a las madres por “antiargentinas”.

Un partido que no se interrumpió, se siguió jugando años atrás cuando en noviembre del 2021 se le hizo un homenaje a Diego Maradona en la ESMA bajo otra consigna igualmente mentirosa, “Diego nos une”. Nada tengo contra los homenajes a Maradona que debieran realizarse en los estadios deportivos en lugar de un sitio de muerte asociado al fútbol del Mundial del 78 y el juvenil de Japón del 79.

Respeto y compadezco el dolor de sus hijos, la soledad y el abandono de su muerte, pero convertir a Maradona en un activista de los derechos humanos por sus fotografías al lado de las madres de la Plaza de Mayo, sus tatuajes del Che Guevara o su defensa de Fidel Castro, Chávez y Maduro ofenden la memoria de todos los que igualmente tenemos derecho a honrar a nuestros muertos con respeto y sobretodo silencio, como sucede en los campo santos, en los museos y en nuestros corazones.

Sin ser una aficionada al fútbol, esta vez, viví con intensidad y alegría cada uno de los partidos de la selección. Compartí con personas a las que mal conocía ese misterio de la pertenencia depositado en el juego. Sufrí y me alegré con cada gol. Me gustó ver en la calle ese sentimiento compartido, las personas amables.

Descubrí en los jóvenes a mi lado que para ellos el nacionalismo de la camiseta tenía otra connotación diferente a la de mis mundiales. Me deleité con los textos inteligentes, bien escritos, leídos a lo largo de todo este mes en las columnas de opinión sobre la selección argentina, un equipo alejado de la fanfarronería, resilientes y esforzados, liderados por un técnico respetado y un Messi cada vez más entrañable por su biografía, su actitud y su destreza.

Creí que efectivamente aquel partido se interrumpió con estos nuevos de la destreza, el equipo, el esfuerzo y la humildad. Me llené de esperanza con esa metáfora aleccionadora para ganar el Mundial que nos falta, el de la convivencia respetuosa, salir del lugar de la víctima, con líderes verdaderos, comprometidos antes con el bien de todos que con los privilegios y las corrupciones de unos pocos.

Pero Borges tenía razón , “la cárcel es infinita” y en mi auxilio acudo una vez más al filósofo italiano Agamben que nos advierte, si no llegamos a comprender ese partido de fútbol que se jugó en Auschwitz, ese partido no termina. Lo mismo que los partidos que se jugaron entre los presos desaparecidos en la ESMA y sus captores, tal cual se lee en algunos testimonios de los sobrevivientes, me temo que esos partidos se siguen jugando en los falsos homenajes, en el despavorido griterío de los algoritmos y el lloriqueo conspirativo de todos están contra nosotros “por envidia”, la odiosa consigna de la “campaña antiargentina”.

Sin reconocer nunca nuestras responsabilidades de no cumplir con las reglas, sin sentirnos ni peor ni mejor que los otros, no lograremos que esos partidos terminen, aprisionados al odio y a la venganza, sin que entendamos que la única argentinidad posible es la que sepamos construir sobre nuestras diferencias, con respeto y en silencio. Para nosotros. No para el como nos ven de los de afuera.

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