23/07/2026 18:14
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'Santa Mesa': la obra de teatro comunitario de Parque Patricios que "cura la nostalgia" y termina con un plato de fideos

'Santa Mesa': la obra de teatro comunitario de Parque Patricios que "cura la nostalgia" y termina con un plato de fideos

Cada domingo, la obra Santa mesa llena su sala combinando el teatro de objetos con un ritual único: sentarse a comer en comunidad para sanar el pasado. Agustina Ruiz Barrea encarna

“Los ritos son en al tiempo lo que la morada es en el espacio” escribió una vez Antoine de Saint Exupery. Así es que cada domingo al mediodía en Parque Patricios, una obra vuelve a revestir los almuerzos de fin de semana a su carácter convivial y sagrado, y una sala de teatro se vuelve casa. El unipersonal Santa Mesa, producida por Los Pompas, se estrenó en 2025 pero cada función se presenta a sala llena. Los espectadores salen conmovidos y es frecuente que vuelvan una segunda y hasta una tercera vez. Lo sienten, lo dicen en voz alta: “Acá hay familia”.

Santa Mesa (Los Pompas) Dirección: Manu Mansilla. Foto: Mariana Berger

En Santa mesa, Agustina Ruiz Barrea encarna a María Antonia y a partir del teatro de objetos nos cuenta su historia familiar. Realiza un buceo personal por su memoria que se reviste de carácter colectivo en más de un sentido. Por un lado, se enmarca en el derrotero nacional de flujos migratorios, crisis sucesivas, dictadura y despedidas, pero también en fenómenos contemporáneos como lo son la pérdida de espacios de convivencia intergeneracional.

Como en un juego, con toda la seriedad que los juegos requieren, la protagonista manipula platos, papeles y cubiertos para hacer aflorar personas y lugares. Con una habilidad de prestidigitadora, con los ojos de la infancia que despojan a las cosas de su función más pragmática, el mantel se convierte en mar, y una cafetera el escondite donde nos acurrucamos para maquillarnos con un pintalabios robado. En la obra el tiempo pasa, y hay una pregunta que sobrevuela con nostalgia: ¿Qué nos pasó?

Con dirección de Manu Mansilla, Santa mesa es teatro comunitario en su máxima expresión: al concluir se ofrece a los espectadores un almuerzo de pastas y tuco caseros (con opción sin TACC). El almuerzo abre la posibilidad de compartir experiencias comunes y resignificar la estela nostálgica que deja la obra. En la mesa se intercambian números y nacen amistades. “¿Cuánto de eso que vivimos podríamos recuperar?” “Voy a llamar a mi mamá, no sé si traerla porque ella siempre dice que extraña cómo era todo antes” “¿Es porque cambiaron los roles de género?” “ Yo vi en todo a mi abuela italiana”, “cuando más extraño a mi familia es cuando como mirando el teléfono”.

Lecturas de Walter Benjamin, de la filósofa catalana Marina Garcés Un mundo común y de Byung-Chul Han nutrieron la dramaturgia llevada a cabo por Agustina Ruiz Barrea y Manu Mansilla. Lograron una pieza que se planta frente a la pérdida de rituales imperante en nuestra sociedad y a la comida como mera necesidad fisiológica. La mesa, a pesar de que algún plato se quiebre, es como la patria: nos contiene. Sobre todo ello se explayó la acriz y dramaturga Agustina Ruiz Barrea.

–¿Cómo nace Santa mesa?

–Para mí, cocinar y sentarse en la mesa es un ritual existencial. Aprendí a pensar, a participar, a escuchar, en la mesa familiar de mi casa. Mi papá era un tipo muy formado y nos estimulaba, junto con mi mamá, a implementar la duda metódica cartesiana y nos dejaban sentarnos con los adultos. Creo que mucho de lo que soy hoy tiene que ver con ese lugar que ellos nos otorgaron. Me acuerdo mucho de mi papá preguntándome, a mis seis años, “¿y vos qué pensás de tal cosa?”

En cuanto a la obra, hay dos escenas fundantes. Primero que nada, la mesa que aparece es la mesa familiar. Cuando me fui a vivir con mi marido, mi papá nos la regaló diciendo “esta mesa pasó la historia de la familia, así que cuídenla”. Él murió hace 14 años más o menos, y fue muy fuerte su ausencia en las comidas, así que no paraba de pensar en que tenía que escribir sobre eso, que tenía que hacerle un homenaje a él y a mi vieja. Paralelamente, a la mesa se le fue rompiendo una pata, la otra pata, la arreglábamos y así sucesivamente… hasta que terminó fondeada en la terraza; mi marido impedía que la tiráramos porque sabía lo que significaba para mi papá y entonces pensé en llevarla al teatro, entendí que tenía que hacer la obra con ella.

Por otro lado, cuando mi viejo falleció, mi vieja, que por suerte está viva y siguió poniendo la mesa, me trajo la vajilla de loza inglesa que había traído mi bisabuela en barco. Y me dijo: “Ahora te toca poner la mesa a vos, y si los platos se rompen, se rompen”. Para mí, fue muy fuerte y así nació Santa Mesa.

Agustina Ruiz Barrea, protagonista y dramaturga de Santa Mesa (Los Pompas) Dirección: Manu Mansilla. Foto: Mariana Berger

–¿Y cómo apareció el almuerzo al final de la obra?

–Primero hicimos un ensayo general y entendimos que sin eso, la obra no funcionaría igual, porque el encuentro posterior es un ejercicio de memoria colectiva en el que se arma una especie de coro. Ahí los espectadores se transforman en narradores de sus propias historias, se encuentran con otros y se dan cuenta de que estamos todos inscritos dentro de una trama común. Eso a mí me conmueve. Para mí el teatro es un rito muy profundo en donde nos encontramos a celebrar la vida, a conmemorarla.

Además, sentir el olor al tuco mientras estás viendo la obra hace que un sentido mueva a otro: el olfato mueve al gusto, que a su vez mueve memoria, fantasía y deseos. Se genera una relación muy linda con el público que no sé si tuve otra vez. Una vez una mujer me abrazó llorando, me agradeció y me dijo “Vivo sola, se murió mi vieja, mis hijos se fueron a vivir afuera. Estoy separada. Yo necesitaba sentir este olor y volver a vivir esto”.

Pienso en la soledad en la que nos han metido y por dónde empieza la revolución. Creo que es en estos microespacios que podemos empezar. Nos han convencido de que la política es algo de orden superestructural, pero sentarse en la mesa con otros y conversar es una acción política muy contundente. Hoy, parece que no hay tiempo para el encuentro, para percibirnos como comunes y me parece que el espectáculo propone eso: una suspensión del tiempo donde de repente comparto con otros.

Santa Mesa (Los Pompas) Dirección: Manu Mansilla. Foto: Mariana Berger

–¿Cuáles fueron los desafíos que tuvieron que afrontar para realizarla?

–Yo no soy titiritera, entonces para mí fue un desafío muy grande dar entidad a los objetos y descentrarme. Otorgarle ánima a la tetera, y que la importante no sea yo, sino la tetera, el tenedor, o el mortero. Además, son objetos y materiales muy frágiles, que si se caen se pueden hacer añicos. Eso es algo que me parece hermoso: el mundo vincular humano también es un territorio frágil, así como la mesa, que está en un momento de mucha vulnerabilidad.

Me parece que las mujeres hemos parido durante muchos años una micropolítica del cuidado que hizo posible parir una patria. De eso no se habla tanto y creo que, como dice Rita Segato, hay que restituir el mandato de masculinidad y hay que parir una patria desde la amorosidad y desde el cuidado. Por eso me parecía interesante meterme con ese mundo objetual.

–¿Cómo trabajaron la dramaturgia con Manuel Mansilla?

–Tuvimos una empatía creativa muy fuerte. Yo lo convoqué porque lo admiro mucho como titiritero e ideológicamente tenemos muchas cosas en común. Había visto El Mundo de Dondo, con Julia Sigliani, y Asfixia, un trabajo sobre el abuso y sobre la violencia de género que tiene una gran sutileza. Le conté mi idea y le fui mostrando objetos. Él me escuchó mucho, aceptó entrar en la aventura y estuvimos seis meses investigando.

Santa Mesa (Los Pompas) Dirección: Manu Mansilla. Foto: Mariana Berger

–Es un unipersonal, pero en la producción figuran Los Pompas ¿De qué manera es un proyecto colectivo?

–Decimos que es una producción Pompas, porque todo el equipo creativo de Pompas se puso a disposición del espectáculo y eso tiene muchísimo valor. Durante los ensayos, Manu se la pasaba trabajando en Galicia y entonces la asistente de dirección, Susana Badalamenti, se juntaba conmigo tres veces por semana a las 8 de la mañana, y me sostenía, porque es muy difícil ensayar sola; ella me acompañó mucho y fue muy importante para el armado del espectáculo.

Para lo es la propuesta estética, trabajamos con dos escenógrafas, Paola Tassioli y Lisa Gieco, que son dos bombas. Venían a los ensayos y propusieron objetos, su mirada fue muy importante. Además, nosotros no teníamos un mango entonces era como bueno, hubo que trabajar con lo que teníamos.

La música la hizo Esteban que es mi hermano y es el director de música de Los Pompas, él conoce mucho a esa mesa así que salió muy rápidamente la composición. Y Fernando Bucci, que es otro compañero, hizo todo ese arreglo sonoro que se escucha en un momento, a partir de algo que yo escribí y que grabamos con todo el grupo. El iluminador, Alejo De Falco, también propuso mucho y Mariana Berger hizo las fotos, todo el equipo laburó. Después, al momento del almuerzo, muchos compañeros forman parte de la ceremonia, también mis hijas y mi esposo y atienden como quien atiende a la familia.

Santa Mesa (Los Pompas) Dirección: Manu Mansilla. Foto: Mariana Berger

–¿Cómo definirías al grupo de Los Pompas y al teatro comunitario?

–Los Pompas es una organización cultural y territorial de Parque Patricios que tiene 24 años de existencia. Y el teatro comunitario es un género teatral muy propio de la Argentina, que trata de restituir al coro como protagonista de la escena. En el teatro griego, el coro era el gran protagonista hasta que apareció la figura del héroe y quedó relegado al lugar de acompañante del héroe. Acá, intentamos restituir ese nosotros y así preguntarnos qué sueños comunes tenemos, quiénes somos, qué queremos. Es un teatro intergeneracional donde conviven todas las edades, todas las diversidades sociales y culturales.

Buscamos contar historias situadas en el territorio, recuperar nuestras mitologías comunes. Por ejemplo, hace muchos años hacemos un espectáculo emblemático que habla del mito fundante de la diferencia entre el norte y el sur de la ciudad que se llama Lo que la peste nos dejó.

Además, no es casual que el teatro comunitario haya nacido en Buenos Aires, postdictadura, con una potencia que se multiplicó por todo el país y por Latinoamérica. También en el 2001, 2002, cuando surgimos nosotros. El teatro comunitario es la comunidad que se junta para ampliar horizontes y fantasear en común, para dar testimonio de que es en el encuentro con los otros donde los sueños se multiplican.

  • Las funciones son los domingos a las 12h.
  • n Pompas Club de artes, Av. Brasil 2640.
  • Precio: $35.000 almuerzo incluido, entradas por Algernativa teatral.

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