21/07/2026 07:44
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"Tengo 73 años y ahora me doy cuenta de que la clave de la vida y la felicidad reside en tener bajas expectativas respecto a las cosas que están fuera de nuestro control y altas expectativas respecto a las que sí podemos controlar"

"Tengo 73 años y ahora me doy cuenta de que la clave de la vida y la felicidad reside en tener bajas expectativas respecto a las cosas que están fuera de nuestro control y altas expectativas respecto a las que sí podemos controlar"

Aprendió a dejar de frustrarse por lo que no podía cambiar.

Una espera de 45 minutos en el consultorio de un cardiólogo terminó convirtiéndose en una inesperada lección de vida. Mientras observaba a otro paciente desesperarse por el retraso de la consulta, comprendió que durante años había reaccionado exactamente igual frente a muchas situaciones que escapaban por completo a su control.

Esa escena terminó de consolidar una idea que hoy resume con claridad: "Tengo 73 años y ahora me doy cuenta de que la clave de la vida y la felicidad reside en tener bajas expectativas respecto a las cosas que están fuera de nuestro control y altas expectativas respecto a las que sí podemos controlar".

El error de esperar demasiado de lo que no depende de uno

Durante gran parte de su vida esperaba que las personas siempre cumplieran sus promesas, que las instituciones funcionaran como debían y que el esfuerzo fuera recompensado de manera proporcional.

Una reflexión sobre el poder de la actitud para alcanzar el bienestar. Foto: Pexels

Cuando esas expectativas no se cumplían, aparecían la frustración, el enojo o la sensación de que el mundo jugaba en su contra.

Al mismo tiempo, reconoce que era mucho más indulgente consigo mismo. Postergaba decisiones, flexibilizaba sus compromisos personales y encontraba excusas para no actuar con la misma exigencia que reclamaba a los demás. Con los años comprendió que había invertido el foco de sus expectativas.

Bajar las expectativas no significa resignarse: en qué exigirse

El autor aclara que hablar de bajas expectativas sobre aquello que no controlamos no implica adoptar una actitud pesimista ni conformista.

Por el contrario, considera que aceptar que el comportamiento de otras personas, la economía, el tránsito o los imprevistos escapan a nuestra voluntad permite dejar de gastar energía emocional en batallas imposibles.

Durante años creyó que el problema estaba en el comportamiento de los demás y no en sus propias expectativas. (Foto: IA Gemini).

Cuando dejó de esperar que todo saliera según sus planes, descubrió que los contratiempos seguían existiendo, pero ya no definían el resto de su día. La otra parte de la ecuación consiste en elevar las expectativas sobre las propias acciones.

Para él, la verdadera diferencia aparece cuando la disciplina, el compromiso y la responsabilidad se convierten en estándares personales. Cumplir la palabra dada, administrar mejor el tiempo o decidir cómo tratar a los demás son aspectos sobre los que sí existe margen de acción.

Con el paso del tiempo también comprendió que esa capacidad puede cambiar. A los 73 años reconoce que su energía ya no es la misma que décadas atrás, pero insiste en que siempre existen decisiones que siguen estando bajo control.

Una forma diferente de enfrentar los problemas

El aprendizaje también modificó su manera de atravesar los malos días. Ahora procura distinguir entre aquello que podía evitar y aquello que simplemente ocurrió sin depender de él. Si el error fue propio, intenta corregirlo; si no lo fue, evita convertir ese episodio en una explicación permanente de su realidad.

Hoy sostiene que aceptar los límites de lo que no depende de nosotros permite vivir con mayor serenidad.

Esa diferencia, asegura, le permitió reducir la frustración y concentrar su energía en aquello que realmente puede transformar.

Lejos de ser una invitación a conformarse, su filosofía propone aceptar los límites de lo que no depende de uno y asumir con mayor compromiso todo aquello que sí está en nuestras manos.

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